Desde el punto de vista de Carter, no fue una sesión satisfactoria. Quizá fuera hora de que Maybelle regresara a la universidad.
El miércoles por la tarde se hallaba en la sala de conferencias de Phoebe leyendo la nota que le había dejado Mallory. Voy a comprar una maleta. Regresaré al hotel poco después de las ocho.
Bajo ningún concepto podía creer que Mallory pudiera hacer el amor con él con un placer tan evidente y al mismo tiempo ver a otro. Sin embargo, en la mano tenía prueba de lo contrario. Por segunda vez esa semana, había ido a alguna parte sin él. Le habría encantado haberla ayudado a elegir una maleta, pero no lo había invitado. Ergo, tenía una vida que no lo incluía a él, en la que posiblemente estaba incluido otro hombre. Si algo había aprendido con la práctica de la abogacía, era a ser lógico.
Estaba apretando los dientes, mordiéndose el labio y jugando con la pluma al mismo tiempo cuando un ligero ruido lo alertó del hecho de que no era la única persona en la sala. Giró y a su espalda vio a Phoebe.
Ella se había quitado la chaqueta y lucía una camiseta que no tenía espacio suficiente para sus pechos y que no terminaba por cubrirle la cinturilla de la falda muy corta. Además, lo miraba con ojos entornados.
«Sí, estoy metido en problemas».
– Hola, Phoebe -empleó el tono animado que usaba con las mujeres cuando intentaba comunicarles que no estaba interesado-. Ya me iba. Nos vemos por la…
Le bloqueaba el paso.
– No te vayas -su voz fue tan suave, que costaba creer que pertenecía a Phoebe la abogada-. Tengo una botella de un vino maravilloso en mi despacho. Ven a probarlo.
De pronto, se le ocurrió que, en un momento u otro, iba a tener que enfrentarse al problema, y bien podía ser allí mismo, cuando estaba un poco furioso con Mallory.
– De acuerdo -aceptó-. Gracias.
Al llegar, observó que ella había atenuado las luces. «Gran problema». Comenzó a abrir el vino, sin hablar, mirándolo mientras giraba el sacacorchos, tal como una serpiente podría hacer con un ratón. Pero ni Phoebe parecía una serpiente ni él se sentía como un ratón. Aunque sabía que lo que ella tenía en mente era devorarlo.
Se le ocurrió hablar de los más cercano.
– Ya casi estamos en Navidad -dijo-. ¿Qué quieres de la Navidad, Phoebe?
Lo miró con anhelo.
– A ti -susurró.
– ¿Cuál es tu segunda elección? -habló con tanta gentileza como fue capaz.
Lo miró fijamente, y él se sintió horrorizado al ver que sus ojos parecían brillantes.
– ¿Quieres decir lo que quiero realmente de la vida? -la voz le tembló.
Carter asintió tontamente, con un susto de muerte de que fuera a contárselo.
– Lo que quiero es que, por una vez, mi padre me diga que he llevado bien un caso -tartamudeó-. Todo esto… -con la mano abarcó el vino, la camiseta- fue idea suya. Yo no quería hacerlo de esta manera. No es la correcta y, además, cualquiera con dos ojos puede ver que estás enamorado de Mallory.
Carter le entregó el pañuelo del bolsillo del pecho y una de las tarjetas de Maybelle, luego permaneció allí un rato, palmeándole el hombro y preguntándose si tenía razón. ¿Amaba a Mallory?
Cada mañana Mallory se preguntaba cómo podía ser más perfecta la vida. El jueves al amanecer mientras reflexionaba sobre ello supo cómo podía ser más feliz. No soportaba que a veces Carter se fuera sin que ella supiera adónde iba. Claro que ella también lo hacía.
El día anterior por la tarde, se había escabullido del bufete de Phoebe mientras Carter juntaba algunas cosas, dejándole una nota en la que le decía que iba a comprar una maleta nueva y que lo vería en el hotel. Había comprado la maleta en diez minutos y luego tomado un taxi hasta la boutique en el Upper East Side, donde Maybelle y ella habían charlado y elegido dos vestidos de noche y dos chaquetas más.
– La variedad es la salsa de la vida -había dicho Maybelle.
Y mientras ella se había mostrado todo lo considerada que podía con los sentimientos de Carter, el martes por la noche él había dicho: «Tengo que hacer un recado. Te veré a las ocho».
Lo había dicho como si no le debiera una explicación, y, desde luego, así era. Era su fama de seductor lo que le preocupaba. Quizá sólo la viera como otra de sus mujeres, mientras que para ella…
En ese momento, dormía de cara a ella, y tuvo que reconocerse que, si ya no le hubiera dado parte de su corazón, no se habría mostrado tan decidida a practicar el sexo con él.
Pero Carter jamás había dicho que la amara ni indicado de ninguna manera que se sintiera comprometido con la relación que mantenían. Debía aceptar la posibilidad de que quizá nunca lo hiciera.
«Salvo por eso», pensó con tristeza; «todo es perfecto».
– Hola -dijo él con la voz ronca del que acaba de despertarse.
Esbozó una sonrisa lenta, cálida y del todo irresistible.
Las delicias de primera hora de la mañana hicieron que resultara del todo incomprensible que aquella noche dijera con indiferencia:
– Le dije a un tipo que conocí en la universidad que quedaría con él para tomar una copa. No te importa que me vaya un rato, ¿verdad?
La verdad era que le importaba mucho. Mientras se distraía con algunas cosas en su escritorio, tratando de permanecer ocupada durante su ausencia, sonó el teléfono. Era Bill Decker, quien después de intercambiar unas palabras amenas con ella, dijo que quería hablar con Carter.
No sabía por qué necesitaría decirle algo a él que no pudiera compartir también con ella, pero no quería sonar celosa o competitiva, de modo que repuso:
– En este momento no se encuentra aquí, Bill. Con franqueza, no sé dónde está, pero…
La risita de Bill la interrumpió.
– Creo que lo adivino.
– ¿Dónde? -espetó.
– De acuerdo, seré franco contigo. No iba a hacerlo, ya que pensaba que podía avergonzar a Carter, pero le he estado hablando de Phoebe Angel.
– ¿Oh? -en esa ocasión logró suavizar su voz-. ¿Qué pasa con Phoebe?
Más risitas. Deseó que se atragantara y que no hubiera nadie cerca que supiera hacerle la maniobra de Heimlich.
– En una conversación que tuve con ella -continuó cuando consideró que ya había reído bastante-, quedó claro que estaba interesada en él. A Carter le sugerí que le prestara un poco de atención.
– Cuando regrese de prestarle atención -indicó, sintiéndose muy fría por dentro- le diré que te llame.
Permaneció quieta lo que le pareció una hora entera. Luego supo lo que tenía que hacer. Debía ir a ver a Maybelle. Sabría que se trataba de una emergencia. Le encontraría un hueco en su agenda. Se puso el abrigo y las botas y salió a la noche.
– Has hecho bien, cariño -Maybelle le dijo a Carter después de que éste le describiera su encuentro con Phoebe-. Eres un buen hombre y has realizado un acto amable. Seguiste los dictados de tu propia conciencia sin hacerle más daño del que debías. Y… -resaltó eso apuntándole con una uña dorada -averiguaste lo que ella más deseaba en el mundo.
Le sorprendió lo bien que lo hacía sentir el cumplido de Maybelle.
– Y he estado pensando en lo de los deseos de los demandantes.
– Se agradecen todas las ideas.
– Creo que esta es buena. Podríais producir un programa con gente verde y que aparecieran todos tus testigos, es decir, si están dispuestos a alcanzar un acuerdo. Aunque en realidad no es tan buena idea. Hablé con alguien del mundo del cine que conozco y rechazó de pleno la idea. Según él, el concepto, no lo entusiasmó.
La mente de Carter iba a toda velocidad.
– No, esa idea era excesiva -confirmó despacio-, pero creo que has podido darme una que quizá funcione.
El resto de la sesión no fue tan productivo. Maybelle parecía decidida a hacerlo reconocer que estaba enamorado de Mallory y, más aún, a revelarle su amor a ella y comprobar qué tenía que decir ella al respecto. Pero no tenía intención de volverse vulnerable ante Mallory hasta que tuviera la certeza de que la respuesta de ella sería: «Yo también te amo».