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Se irguió. Pensaba llevarse consigo el árbol de navidad, eso lo tenía claro. ¿Podría transportarlo a pie? Parecía un gran esfuerzo. ¿Y sólo por ahorrarse tres días de vivir con la presencia silenciosa y acusadora de Carter?

Su vista se posó en el libro de Ellen Trent y recordó lo que Maybelle había dicho de tener el corazón encerrado hasta haber limpiado la casa. Era hora de abandonar el sistema de Ellen Trent y hacer espacio para la vida. Se levantó con expresión sombría, tomó el libro con dos dedos y lo tiró a la papelera.

Pero el verdadero problema era que Carter había tenido razón. Había planeado seducirlo. Lo que él desconocía era que lo había hecho porque lo amaba.

Se asomó y oyó el ruido de la ducha en la habitación de él. Bajó a desayunar y por la ventana pudo ver que la tormenta había pasado y que en ese momento sólo nevaba. Con un torrente de pensamientos recorriéndole la cabeza, rompió una de sus reglas básicas, jamás usar un teléfono móvil en público, y llamó al despacho de Maybelle.

– No tiene mucho sentido volver a verla -le informó a Richard-, pero me gustaría ir esta tarde a liquidar las cuestiones económicas. ¿Voy a mi hora habitual, a las cuatro?

– Oh, cielos -musitó Richard-. Pensó que no querrías volver a verla y le dio al presidente una cita doble para poder ahondar más en la mejora de su comunicación verbal. ¿Podrías venir a las seis?

– Claro. ¿Por qué no? -en su vida no iba a suceder nada más. Primero iría de compras, luego a ver a Maybelle.

Carter oyó el sonido de una aspiradora y aceleró el proceso de vestirse. Al terminar, asomó con cautela la cabeza. Al no ver a Mallory por ninguna parte del salón, salió más confiado.

– Puede limpiar mi habitación -le indicó a la camarera, que en ese momento sacaba la aspiradora de la habitación de Mallory. Después de despedirse con un gesto de la mano, salió de la suite.

La camarera había dejado una bolsa para la basura justo más allá de la puerta. En lo alto había un libro. Giró la cabeza para leer el título. Viaje Eficiente, de Ellen Trent. ¿Trent? ¿Pariente de Mallory?

Lo recogió. Había caído tan bajo como para robar de la basura. Dentro había una nota que comenzaba: Queridísima hija-. ¿Ellen Trent era la madre de Mallory?

Se llevó el libro y salió a la nieve, en busca de una de esas librerías con cafetería donde podría sentarse a beber un café y a comer algo tan poco saludable como un bollo. Tenía que leer.

– ¿Richard?

– Sí, señor Wright. Aunque supongo que ahora puedo llamarlo señor Compton.

– Claro, claro -dijo Carter-. Llámeme lo que quiera. Sólo quería confirmar mi cita de las tres de la tarde para hoy.

– Oh, cielos -dijo Richard-. Pensó que estaría demasiado enfadado con ella y no querría volver a verla, por lo que le dio al presidente una cita doble para poder ahondar más…

– ¿El presidente?

– No el nuestro -explicó Richard-. Otro presidente. En cualquier caso, no puede verlo a las tres, pero podría a las seis.

– Perfecto. Allí estaré. Téngame preparada la factura, ¿de acuerdo?

Se levantó del sitio del que apenas se había movido desde que la cafetería había abierto aquella mañana. Sólo se había incorporado para rellenar la bandeja con sándwiches y bebidas y comprar un par de libros más de Ellen Trent. Se sentía bizco de leer con celeridad y mareado por una sobredosis de carbohidratos.

Y abrumado por lo que había aprendido. Ya sabía lo que le sucedía a Mallory. Su madre estaba loca, ésa era la explicación. Lo de comprobar las fechas de caducidad de todo en la casa antes de salir de viaje… de hecho, la llamaría psicótica. Nada de colada sucia. ¿Desde cuándo no se tenía una colada que no estuviera sucia?

Experimentaba una simpatía nueva hacia Mallory por haber crecido con una madre loca que le había enseñado a ser un autómata en vez de una mujer cálida.

También había comprendido otra cosa. Mallory se había convertido en una mujer cálida. Incluso había abandonado casi todas las rutinas con que le habían lavado el cerebro con el fin de hacer el amor con él. Habían comido en la cama, ensuciado la habitación… sí, había comprado esa ropa sexy para atraparlo, pero también había cambiado de otras formas.

¿Era posible que realmente le importara, o su conducta sólo era un acto de rebelión hacia su madre loca, siendo él una excusa conveniente para dejar atrás todas sus inhibiciones?

Era lo que pretendía hablar con Maybelle. Le sobraba tiempo. Demasiado. Al este vislumbró Bloomingdale's y recordó el vestido que había visto desde las escaleras mecánicas la primera vez que fueron a los grandes almacenes a comprar calcetines. Cuando de pronto había tenido ganas de besarla. Cuando su vida había cambiado para siempre.

Aceleró el paso.

Mallory tenía la mano en la nueva aldaba de Maybelle cuando oyó pisadas en la acera. Giró y vio a Carter, titubeante.

Sin intercambiar una palabra, él se volvió y emprendió la marcha hacia el este mientras ella bajaba a la acera y se dirigía hacia el oeste. Maybelle logró frenarla en la esquina, y al regresar, Mallory vio que Richard empujaba a Carter hacia la mansión.

– Vosotros dos -reprendió Maybelle-, os vais a sentar y vais a hablar, os guste o no. Kevin -gritó-, ¡abre la puerta antes de que se larguen!

Mallory se dejó guiar hacia el despacho de Maybelle. Carter parecía lo bastante furioso como para querer ocuparse de los otros dos hombres a puñetazos, pero siendo civilizado, se dejó guiar también. Delante de la mesa de Maybelle, una mesa nueva y muy conservadora, había dos sillones, y cuando les hicieron sentarse a ambos, Maybelle también se sentó, flanqueada por Richard y Kevin, quienes estaban plantados con las manos a la espalda, parecidos a guardaespaldas.

Como mínimo, era una escena impresionante.

– ¿Qué está haciendo aquí Kevin? -preguntó Carter.

– Siento que fui yo quien empezó todo esto al darle la tarjeta a Mallory.

– Fui yo quien inició todo esto al convencer a Mallory de que se pusiera ropa sexy en vez de decirle que dejara que su interior se manifestara en su exterior -replicó Maybelle-. Le envié ese árbol con la esperanza de que si la emocionaba un poco…

– ¿Tú enviaste el árbol? -preguntaron los dos al unísono.

Se miraron unos instantes y con rapidez apartaron la vista.

– Bueno, yo sólo inicié lo del café -indicó Richard-, y es lo que voy a hacer de nuevo.

– De hecho, quien lo empezó fue Bill -comentó Mallory- al asignarme al caso, pero la culpa no la tiene él. La tengo yo -suspiró y retorció las manos-. Yo lo inicié al decidir atrapar a Carter, hacer que me viera como una mujer, porque…

– Yo lo empecé -afirmó Carter con brusquedad.

Mallory giró el sillón para mirarlo fijamente.

– Yo le pedí a Bill que te asignara al caso.

Desde la distancia les llegó el sonido del molinillo de café, pero en la habitación sólo se oyó el jadeó asombrado de Mallory.

– ¿Por qué? -preguntó al final.

La mirada de sus ojos estaba llena de dolor.

– Para empezar, porque confiaba en ti. Pero el otro motivo, bueno, es que quería demostrarte que había crecido. Demostrarte que era un buen abogado. No, un gran abogado. Un hombre al que podías respetar.

– Pero yo siempre te he respetado -susurro Mallory-. Todos esos años pasados, te respeté por no rendirte. Siempre fuiste tan inteligente, inteligente de formas que yo no lo era. Pero nadie esperaba nunca buenas notas de ti, de modo que jamás aprendiste a estudiar. En realidad, eso es lo único que hice por ti, mostrarte que podías tener éxito.

– Vaya -comentó Maybelle-. Hace un minuto. Mallory iba a comentar por qué quería que la vieras como una mujer. ¿Por qué?

Bajo la mirada intensa de Maybelle, Mallory supo que había llegado el momento de la verdad.