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– Porque creo, desde tiempos que se remontan incluso a la facultad de Derecho, que eso es lo que realmente quería.

– Hiciste un buen trabajo ocultándolo -manifestó Carter con un gruñido intenso.

– Lo sé. Temía que me rechazaras. Todas las mujeres que conocía te deseaban. ¿Por qué ibas a elegirme a mí? -lo miró y sacó el valor para añadir-: Lo único que pretendía hacer aquí en Nueva York era, bueno, dejar de ocultarlo.

– Y, Carter -prosiguió Maybelle de forma inexorable, como si la tensión en la habitación no fuera casi explosiva-, ¿por qué te importaba a ti lo que pensara Mallory?

– Supongo que siempre ha sido un tema delicado que me viera como a un donjuán idiota que no podría haber acabado Derecho sin ella -musitó. Tenía la vista clavada en el suelo.

– ¿Por qué era un tema delicado? Vamos, Carter, ¿o voy a tener que sacar mi martillo neumático? -la voz de Maybelle se elevó.

– Porque… -comenzó como desesperado-. Porque me…

– Continúa, cariño -instó Maybelle-. Terminarás por conseguirlo.

– Porque me… gustaba.

– ¿Si? -Mallory sintió que la invadía una sensación extraña en la que se mezclaba el alivio, el deseo creciente y el afecto.

Por el rabillo del ojo, vio que Kevin se marchaba en silencio de la habitación. Pero se hallaba centrada en Carter, quien se movió incómodo en la silla.

– Sí -corroboró.

– Ojalá lo hubiera sabido -dijo ella-. Lo único que sabía… -la abochornó sentir que el llanto subía por su garganta- era que yo era la única mujer de la facultad de Derecho a la que nunca te insinuaste. Ni siquiera cuando pasamos la noche a solas en tu apartamento.

– Disculpadme.

Apenas oyeron el susurro de Maybelle.

– Quise besarte aquella noche -dijo, con el esbozo de una sonrisa, traviesa-, pero no pensé que quisieras que lo hiciera, aparte de que intentaba comportarme como uno de los chicos buenos.

Mallory se puso de pie, cansada de esa conversación lado a lado, cuando tenía que decir las cosas más importantes que diría en toda la vida. Nervioso, Carter la imitó.

– Carter -comenzó con gentileza-, si me hubieras besado aquella noche, habría hecho el amor contigo allí mismo, encima de Roe contra Wade.

Él pareció realmente desconcertado.

– ¿Lo habrías hecho?

– Probablemente, no -suspiró ella-. Probablemente, primero hubiera guardado Roe contra Wade en una carpeta con la etiqueta Roe contra Wade.

– Podría haberlo soportado -se acercó a ella y la rodeó con los brazos.

Sus bocas se encontraron, y a ninguno le importó quién había sido el primero en buscar al otro. Lo único que contaba era que se habían encontrado.

– Hablemos de un acuerdo -le dijo Carter a Phoebe cuando el lunes por la mañana la atraparon en su despacho.

– Vamos a ir a juicio.

– Phoebe, he investigado a fondo esta clase de demandas e ir a juicio es una apuesta arriesgada -comentó Mallory-. Aun cuando los demandantes ganan, a menudo no ganan lo suficiente como para quedar contentos.

– Un acuerdo es lo mejor para tus clientes y para ti -añadió Carter-. Fue la opinión del juez después de revisar las pruebas y leer las transcripciones de la estenógrafa hasta la fecha. Estabas presente. Tú misma lo oíste.

Phoebe apretó los labios.

– No lo entendéis. He de ir a juicio. Tengo que ganar. Tengo que demostrar… -miró hacia la pared que había detrás de Mallory y Carter, donde estaba el cuadro de su padre.

– No tienes que demostrarle nada a tu padre -indicó Mallory con suavidad.

– ¿Qué sabes sobre mi padre y sobre lo que yo tengo o no tengo…?

– Porque tengo una madre. ¿Has oído alguna vez hablar de Ellen Trent?

– Claro. Es como Martha Stewart, pero sin el encanto.

Mallory hizo una mueca interior.

– Eso es.

– ¿Es tu madre?

– Sí.

– Si llegaras a un acuerdo en un caso cuando ella te había dicho que aguantaras hasta el juicio…

– Me repudiaría.

– Y no te importaría.

– Me importaría. Pero seguiría haciendo lo que sabía que estaba bien.

– De hecho -intervino Carter-, no tienes que trabajar con tu padre.

La tez cetrina de Phoebe palideció.

– Claro que no tengo que hacerlo. Trabajo con él porque…

– Trabajas con él porque te ha convencido de que jamás conseguirías un trabajo con alguien más.

– ¡No es así!

– No con tantas palabras.

– Supongo que sí -se derrumbó.

– Se equivoca -afirmó Carter-. Eres buena en tu trabajo. Eres muy buena -sonrió- Mira por lo que nos has hecho pasar.

– ¿De verdad crees…?

– Lo sé con certeza. Estaría más que encantado de escribir una carta de recomendación a mi empresa en tu nombre…

Mallory le dio una patada. Él la miró.

– … para un puesto que hay en la sucursal de Rendell & Renfro de San Francisco -continuó sin dejar de mirar a Mallory-. Tengo entendido que buscan a un par de abogados experimentados e incisivos.

Mallory contuvo el aliento durante el prolongado silencio. Al final, con una determinación férrea en sus ojos, Phoebe dijo:

– De acuerdo. ¿Cuál es vuestra oferta?

Carter le entregó varias hojas grapadas.

– Ése es un resumen de la oferta. El documento completo está siendo preparado en este mismo instante y lo tendrás a tu disposición esta tarde. Como puedes ver -continuó-, ofrecemos una compensación en la cantidad de los daños, duplicada. Vosotros recibís la mitad, los clientes la otra mitad.

Phoebe asintió, luego alzó la vista.

– ¿Qué es esto de una cinta de demostración?

– Estudiamos las transcripciones y observamos que la mayoría de tus clientes tiene aspiraciones al mundo del espectáculo. En realidad, tampoco es tan sorprendente en Nueva York.

Phoebe asintió.

– Sensuous le ofrece a cada cliente interesado la oportunidad de grabar una cinta de demostración. Será grabada y dirigida por profesionales, algo que el agente de Kevin pueda emplear para conseguirle audiciones, algo que la señora Ross pueda usar para conseguir un agente para la pequeña…

Mallory le proporcionó el nombre, que recordaba de los interrogatorios.

Él carraspeó.

– La pequeña Desiree -repitió con calma-. Pobrecilla.

Phoebe volvió a guardar silencio y a reanudar la lectura.

– Trasladaré esta oferta a mis clientes para ver qué piensan -les dedicó una ligera sonrisa-. Quizá tengáis algo más que celebrar cuando os vayáis a casa para Navidad.

– ¿Podemos tener nuestra propia Navidad esta noche? -preguntó Carter, mientras volvían andando al hotel.

Marchaban cansados pero victoriosos, aferrándose a la buena sensación de que se habían esforzado al máximo y todos habían ganado.

– No estoy para una gran celebración -afirmó Mallory, recalcándolo con un bostezo-, pero un poco de champán junto al árbol sería agradable. Es nuestra última noche en la suite -añadió con sincero pesar-. Mañana volvemos a Chicago. Lo primero que tengo que hacer es repasar el correo…

– Lo primero que tienes que hacer es pasar la noche en mi apartamento -corrigió Carter.

– De acuerdo. De ese modo no sentiré que haya podido recibir correo.

– Y no desordenaremos tu apartamento.

– Bien dicho.

– Luego pasamos la Navidad con mis padres -dijo Carter.

– Y la Nochevieja con los míos. Intenta no desordenar nada mientras estés en casa de mi madre -indicó-. Y recuerda que nada de zapatos en la casa, y después de ducharte, se supone que debes limpiar los azulejos.

– Me comportaré como un buen chico -prometió-. ¿No crees que tu madre se sentirá halagada de que haya leído su libro?

– Hasta que le digas lo que te pareció.

– ¡Jamás! ¿O sí? -protestó. ¿Llegaré a conocer al invisible Macon?