Ahora era poco más que un agujero. Del suelo solo había sobrevivido lo suficiente para que Amy se sintiera capaz de llegar hasta la entrada. Tendría que pasar por todas las habitaciones que había temido, pero ahora estaba segura de que estaban desiertas. Se asomó a cada uno de los salones mientras pasaba delante de ellos. Los ennegrecidos ladrillos goteaban, presumiblemente agua de las mangueras que los bomberos debían de haber utilizado, pero si bien la vista que le ofrecía cada uno de los umbrales remedaba la de una celda, se trataba de celdas liberadas. Al igual que Amy estaba a punto de ser liberada, tan pronto como siguiera a su guía, que había atravesado con una cabriola desequilibrada la entrada ampollada donde hasta hace poco se encontraban las puertas de cristal. Asaltó desde el último pedazo de madera carbonizada el peldaño, y desde este la gravilla.
Era raro: no podía sentir las piedras bajo los pies, como tampoco recordaba haber sentido el suelo por el que había salido mientras abandonaba las ruinas. Descubrió que no deseaba bajar la mirada hacia sus pies. Su renuencia podría haberla preocupado más de no haber sentido que sus percepciones estaban siendo abrumadas por la sombra de Nazarill, una oscura y pétrea presencia que, aunque impalpable, parecía estar estirándose para mantenerla en su interior. Después de haber logrado huir del edificio, seguramente no tendría dificultades en escapar a su sombra como su guía, que acababa de doblar una esquina, aparentemente había hecho. Se lanzó hacia delante y sintió que la sombra se aferraba a ella como, una niebla que era más que una niebla, pues trataba de estirarse en pos de ella mientras llegaba a su linde junto a las enterradas raíces del roble. Entonces dio un paso y estuvo más allá, y sintió que la sombra regresaba al edificio. Por fin era libre, libre de Nazarill y de todo lo que representaba, pero, ¿adonde tenía que ir?
Más allá de las puertas, avistó el apagado brillo del mercado y las luces estáticas del resto de aquel pueblo que no le había prestado la menor ayuda. Más allá de todas ellas se encontraba la casa de Rob, invisiblemente oscura. Al final había tratado de ayudarla, pero ella no creía que pudiera acudir a él ya, y no solo porque la falta de luz en su ventana revelara que estaba dormido. Debía de ser por lo menos medianoche y, sin embargo, no se encontraba siquiera un poco cansada. ¿Qué más debía parecerle inusual? Algo que no era habitual a aquella hora de la noche, un rasgo de Nazarill. No se había vuelto para mirar el edificio, cuando pensó en cómo era posible que en aquella noche tan oscura proyectara la sombra que había visto. Giró sobre sí misma como un peso suspendido de una cuerda, y lo vio. Tras la mole, la cumbre de la colina estaba brillando.
Por un instante se imaginó que reflejaba la luz de la Luna, pero no había ninguna Luna en aquel cielo de ébano acuchillado. Además, la Luna jamás hubiera podido hacer que la Tierra brillara con tal intensidad. El césped y las flores silvestres, que habían crecido por todas partes aprovechando la ausencia del jardinero, parecían transformadas en perlas luminosas, y desde varios centenares de metros, de distancia podía distinguir cada hebra de hierba, cada hoja y cada pétalo. El espectáculo la hipnotizó, y antes de que fuera consciente de ello se estaba deslizando colina arriba hacia el gélido césped.
Se mantuvo a distancia de la ruina, que estaba rodeada por una franja de tierra ennegrecida, como si fuera un intento frustrado de extinguir el resplandor de la colina. La dejó atrás y la luz floreció en su interior para desalojar de allí a su sentido del yo. Ni siquiera estaba convencida de que estuviera viendo su propia sombra, tan débil y delgada era y, sin embargo, tenía miedo de dañar a las flores sobre las que estaba pasando; su más diminuto detalle era intrincado como un cristal.
– No necesitas ser -pensó. ¿O no fue ella la que lo pensó? Ya casi se encontraba en la cima y quería distinguir su sombra, por si la luz la disolvía. Bajó la mirada y no vio solo su sombra. Vio doce más, seis a cada lado, cada una tan marchita y malformada como la de ella. En el momento en que se hacían visibles, cada una de las dos más próximas le tendió una mano.
Parecía una falta de educación no aceptarlas, especialmente dado que no eran más incompletas que las de ella. Se dio cuenta de que el fuego sí la había alcanzado, después de todo. Al instante, las demás manos desaparecieron de su vista y se encontró prendida a sus invisibles compañeras, con la esencia de su yo en medio del perlado resplandor.
– Lo veremos todo salvo a nosotras mismas -dijo otra voz en su interior.
– Nos hemos rescatado las unas a las otras.
– Por fin volveremos a estar completas.
Todas aquellas voces suaves e íntimas, incluso las que todavía estaban por hablar, le parecían ya a Amy tan familiares como la suya propia. Pertenecían a sus verdaderas amigas, a las que siempre tendría.
– Elevémonos -sugirió otra de ellas, y en un instante se deslizaron hasta la cumbre de la colina.
El páramo que se extendía hasta el horizonte brilló bajo una luz de luna que ninguna Luna proyectaba, una luminiscencia que era tanto parte de Amy como del paisaje. Más allá del páramo había más misterios, y más allá de ellos el cielo y las estrellas y otras revelaciones cuya vastedad temió por un instante contemplar. El viento que recorría kilómetro tras kilómetro de brillante brezo era la secreta voz del páramo, y le pareció que le estaba prometiendo que ella y sus compañeras serían iguales a cualquier cosa que contemplaran; sintió que se le ofrecía una promesa; podría tardar una eternidad en cumplirse, pensó mientras empezaban sin esfuerzo a remontarse sobre el páramo, mientras se volvía consciente de que la percepción que estaba adquiriendo podía englobar dentro de sí hasta a la última de las criaturas vivientes que la rodeaban, cada detalle individual y la asombrosa totalidad de la que formaban parte, comenzando con el mundo. Más allá no se atrevía todavía a aventurarse, de modo que fijó la vista en el páramo que compartía con ellas su luz. Y mientras se recreaba en el comienzo de su travesía, sintió que era elevada con inmensa gentileza en brazos de las estrellas.
Nos liberará
El día antes de salir para la universidad, Rob terminó de hacer la maleta a última hora de la tarde, y entonces se preguntó si no se dejaba algo. Comprobó el montón de maletas y de cajas de cartón que llenaban su habitación, pero no eran la respuesta. La visión que había estado distrayendo su atención mientras hacía los preparativos lo atrajo a la ventana. Una procesión de camiones de la construcción estaba emergiendo de las puertas de Nazarill. El espectáculo hizo que se sintiera vacío, abandonado por el año que había pasado desde que conociera a Amy. En aquel precisó momento podría estar reunido con ella para decidir cuándo se verían una vez que él se hubiese establecido en su nuevo alojamiento. Tragó saliva con esfuerzo, se volvió hacia su habitación y allí se encontró con el póster que ella le había regalado.