Varios tenderos y otros tantos clientes estaban mirándolos. Los dependientes de una tienda de vídeos se asomaron al escaparate. Pickles observó al público, descolgó el transmisor de su cinturón y la apuntó con la antena.
– Haz el favor de marcharte. Estás molestando.
– ¿Qué te crees que me haces tú a mí? -Amy se recordó que ya hacía varios minutos que se había hartado de él y empezó a alejarse, deseando que la tensión no le envarara las piernas. Cuando vio que él la seguía, gritó-: Quédate ahí o le digo a todo el mundo lo que acabas de contarme. No te muevas.
Tuvo que volver a gritarle en más de una ocasión antes de llegar al Camino de la Poca Esperanza. Mientras se tomaba su tiempo para recorrer la corta calle, él se quedó al principio de la misma, con los pulgares encajados en el cinto. No se merecía otra voz, aunque conseguía que se sintiera como si la obligaran a regresar a Nazarill. Cruzó la verja de entrada y meneó la cabeza cuando las luces de seguridad aplastaron la fachada contra el crepúsculo que coronaba los cotos.
Su enfado con Shaun Pickles y Martie la acompañó por toda la planta baja y las escaleras. Cuando hubo cerrado su puerta de golpe, consiguió apartar de su cabeza al resto del edificio. Al otro lado de la ventana del salón, los puestos del mercado repicaban con un ruido lejano, como diminutas agujas. Amy puso un vídeo de Abnormal Smears para distraerse del silencio y se sentó a la mesa con un chispeante vaso de Zingo, mientras intentaba meter o sacar algunas ideas de su cabeza a fuerza de frotarse la frente. Todavía no había conseguido conjurar ni una sola palabra que escribir en su cuaderno cuando la cinta se calló durante el tiempo suficiente para darle una oportunidad al timbre del recibidor.
Echó un vistazo a la mirilla y abrió la puerta. Reconocía el rostro anguloso y amigable de la mujer, así como el cabello rubio que le caía sobre la blusa de seda blanca tanto como se extendía su minifalda sobre las medias de nailon negro. Le ofreció una sonrisa sin despegar los anchos labios, y la saludó con la mano sin separar el codo de su costillar.
– Amy, ¿verdad?
– Hola, señorita…
– Nada de señorita. Con Donna basta. Las dos somos jóvenes, ¿no?-Abrió mucho los ojos cuando los miembros de Abnormal Smears que cantaban dejaron de hacerlo para concentrarse en extraer más volumen de sus instrumentos-. ¿Vengo en mal momento? Solo quería hablar un rato.
– Solo estoy escuchando música antes de que vuelva mi padre.
– ¿Cuánto crees tú que tardará?
– Todavía un rato, conociéndolo. Le gusta charlar con sus clientes.
– Es un poco solitario, ¿verdad?
A Amy no se le había ocurrido; había asumido que la locuacidad formaba parte del trabajo.
– A lo mejor -repuso. No le apetecía planteárselo en esos momentos.
– Ya es mayorcito para conocerse y saber qué es lo que le conviene -quiso Donna que creyera. Amy supuso que así sería, si se paraba a pensarlo-. Te parece si hablamos un rato y dejas la música para luego. Conque la bajes un pelín basta.
– Claro.
Donna cerró la puerta y se quedó en el recibidor.
– Ya me había olvidado de todos estos ojos. Me parece que no me gustaría encontrármelos si me levanto en mitad de la noche para ir al baño. -Debió de darse cuenta de que a lo mejor Amy pensaba lo mismo, si no se le había ocurrido antes, porque se apresuró a cambiar de tema-. Supongo que desde que tu madre… Quiero decir, que no habrá habido otra.
– Me parece que no le importa.
– A mí sí que me importaría.
Podría haber añadido sin problemas que Amy pensaría de otro modo cuando fuese mayor. Amy apagó el televisor como recompensa por no haberlo dicho.
– No hace falta que quites… -protestó Donna-. Bueno, como quieras.
Amy sabía que la cortesía obligaba a aquellos disimulos cuando uno se hacía mayor, así que lo dejó correr. -¿Algo de beber?
– Si tú vas a tomar algo. Ah, que ya tienes un vaso. Entonces no, gracias. Aprovechemos para darle al pico ahora que podemos.
Amy se hizo un ovillo en un sillón y Donna se sentó en el de enfrente, exponiendo aún más muslo con un susurro de minifalda contra nailon. Sentada, parecía menos segura de cómo proceder.
– En fin -comenzó, solo para continuar con una sonrisa por la que podría escurrirse ninguna palabra. Al cabo de algunos segundos, continuó-: No sé si habrás oído que algunos de nosotros hemos hablado con tu padre.
– ¿Cuándo? ¿De qué? -inquirió Amy, antes de suspirar, resignada-. Ah.
– Ese ha sido tu minuto de gloria, desde luego.
– ¿Quién ha dicho eso?
– Al señor Shrift se le ocurrió que podría atraer un tipo de turismo indeseable. Verás, a mí cualquier turista me parece indeseable, si viene a curiosear en nuestros asuntos. El señor Greenberg, yo diría que estaba enfadado porque, según él, tú no deberías hablar de ese tipo de cosas que mencionaste por la radio, porque lo único que consiguen es que la gente se olvide de las desgracias reales del mundo. Los fantasmas, según sus propias palabras, son una forma de idealizar la historia. El señor Sheen, no lo dijo, pero creo que lo que más le irritaba era que no hubieses acudido a él en primer lugar si creías que había algo que contar.
– A lo mejor lo hago cuando averigüe más. Aquella noche me dio el impulso de salir por la radio.
– Oí cómo le prometía a tu padre que no tocaría el tema ahora. Dijo que la noticia era agua pasada, si es que era noticia en absoluto.
– ¿Y qué dijiste tú?
– ¿A él? A tu padre, no tanto como me hubiese gustado. Dave, ya conoces a mi marido, le dijo que tienes mucha imaginación porque solo eres una chiquilla y, es cierto, ¿no?, bastante solitaria.
– Casi todos mis amigos viven en Sheffield. No me gusta la gente del colegio que vive por aquí.
– Seguro que estás deseando cumplir los años necesarios para sacarte el carné de conducir. En cualquier caso, hablando de… no te importará hablar de ello, ¿no? Como ya lo has hecho… Tu padre dijo que eras muy pequeña.
– Para él, lo sigo siendo.
– Tendrías que oír a mi madre, algunas veces. Tenías la mitad de años que ahora, ¿verdad? ¿Por qué no lo has sacado antes a relucir?
– Se me había olvidado, pero eso no significa que no ocurriera. Incluso él se acuerda de aquel día.
– Si pudiste olvidar una cosa así, quiere decir que debió de ser traumático. Te… bueno, da igual.
– No te calles ahora.
– Solo me estaba preguntando si estás segura de que te acuerdas de todo.
– Supongo. Me parece que sí -dijo Amy. Sus dudas aumentaban en proporción a lo segura que afirmaba estar-. ¿Por qué te interesas tanto? Sabes que hay algo, ¿verdad? ¿Tú también lo has visto?
– No, no. Nada. Estoy convencida de que no hay nada sólido aquí, nada que se pudiera fotografiar, por decirlo así. En ocasiones, creo que algunos lugares te hacen ver lo que ocurrió en ellos, o sentir las sensaciones de aquel momento. Es solo que la gente debería ser capaz de eliminar esas sensaciones al vivir en un sitio y ser felices en él, ¿no te parece?
– Depende de lo que ocurriera. -Ahora que Donna le pedía confirmación, Amy era incapaz de proporcionársela-. ¿Qué es lo que has sentido?
– Cuando medimos… He estado intentando pensar en la impresión que me dio. Como si fuera más viejo de lo que parecía, pero más antiguo que eso habría sido antes de que levantaran este sitio como es ahora, añadiría. No sé si…
– Lo que no se sabe también es importante.
– No sé si a veces me ha dado la impresión de que algo así de antiguo, no sé si decir que habita aquí es la frase adecuada.
– ¿Dónde?
– Abajo, abajo del todo. Aquí no sientes nada, ¿verdad?
– Todavía no -respondió Amy, antes de arrepentirse de haberlo dicho. A Donna le había costado comunicar sus impresiones, estaba claro, pero no pudo evitar preguntarse si esa sería toda la verdad. Bastaban por el momento, dado que eran mucho menos reconfortantes de lo que le hubiese gustado a Amy. Se apresuró a añadir-: ¿Sabes lo que era antes este sitio?