Выбрать главу

Amy guardó silencio y permaneció inmóvil hasta llegar casi a la autopista, pero mientras el Austin aceleraba por el carril de entrada, estalló:

– ¿A quién te referías al decir que no iba a agotarte?

Él se situó tras la estela descolorida de un camión de gasolina, miró por el retrovisor y pasó al carril central. El acomodarse a la velocidad del tráfico que discurría delante y detrás de él pareció darle una oportunidad de reflexionar, porque entonces dijo:

– Me has exasperado. No estaba sugiriendo que hubieras agotado a nadie, solo que podrías haberlo hecho si tu situación fuera diferente.

– Estabas hablando de mi madre.

– Yo sí. Yo.

Al instante, Amy supo con qué había tropezado él.

– Le has hablado a la señorita Sadler de ella.

– Puede que hayamos intercambiado algunas palabras sobre el particular.

– ¿Sobre cómo la maté? -Amy tuvo que enfurecerse o hubiera roto a llorar-. ¿Sobre cómo le destrocé los nervios hasta que tuvo el accidente?

– Ya vuelves a imaginarte cosas horribles. Tú no eras así – en vez de añadir «entonces» en voz alta, dijo-: Si alguien le destrozó los nervios fue su madre.

– Nunca has dicho que no fuera culpa mía.

– No estás siendo razonable. Eso es solo autocompasión -pasó al carril lateral antes de volverse a mirarla con el ceño fruncido-. No habrás estado culpándote de ello todo este tiempo, ¿verdad?

– No todo el tiempo.

– De veras, no puedo imaginarme una razón por la que debieras hacerlo, así que por favor no lo hagas. Eso no puede ser bueno para tu estado mental. No creo que recuerdes a su madre, ¿verdad?

– Tampoco recuerdo a la tuya.

– Mis padres dejaron de hablarme cuando descubrieron que iba a casarme con Heather. Debo añadir que ambos éramos mucho mayores que tú. Su madre fue la razón de los problemas con mis padres. Tenía una historia detrás, ¿sabes?

– Oh, pensaba que no creías en la Historia.

– Tienes que saber esto. Es hora de que lo hagas -pasó al carril central tan abruptamente que ella pensó que el limpiaparabrisas había tomado el control de las ruedas-. Cuando fuiste lo bastante mayor como para viajar, ella y el padre de Heather se habían mudado al sur. Nos invitaban a menudo, pero siempre lográbamos encontrar alguna excusa para no ir.

– Tú nunca mientes. Tú no.

– Lo hicimos por tu bien, quizá deberías tenerlo en cuenta. Eso demuestra lo serio que era el problema para nosotros. Ella siempre estaba viendo cosas y oyendo cosas, pero cuando se estaban preparando para mudarse, todo empeoró. No se atrevía a salir de la casa hasta haber leído todos los horóscopos y consultado las hojas de té y haber echado las cartas. Y después de que se mudaran, todas las cartas que recibíamos de la madre Heather contenían alguna nueva historia. No dejaba la casa porque todo el mundo al que conocía sabía que ella podía ver el futuro y pretendía hablar con ella, y si no era eso, era ella pensando que podía prevenir el futuro que predecía cuando se mantenía lo bastante atenta. Heather fue a visitarla un par de veces, pero eso solo sirvió para angustiarlas a ambas, la madre tratando de convencerla de Dios sabe qué y poniéndose histérica cuando ella trataba de calmarla.

– Recuerdo haberme quedado sola algunas veces cuando era pequeña -dijo Amy, pero no tenía tiempo para la nostalgia-. ¿Qué tiene todo eso que ver conmigo?

– Desde mi punto de vista, el miedo la hizo perder el juicio por culpa de sus bobadas.

– Yo no tengo miedo.

– Puede que debieras tener un poco en algunos sentidos.

– Quieres decir de ti.

– Eso no me hace daño -sus ojos pestañearon mientras la señal de Partington emergía entre las profundidades grises del diluvio. Una vez que se hubo vuelto a incorporar al desfile del carril lateral, se volvió hacia ella todo el tiempo que pudo mantener la mirada apartada de las luces rojas que se extendían delante de él- ¿Es que no ves que estoy asustado por ti?

– Bueno, no lo estés. No hay necesidad.

– Si no estuviera asustado por ti… -su mano izquierda avanzó con una sacudida hacia su rostro y subió la palanca del intermitente para indicar que estaba a punto de abandonar la autopista-. Ojala tu madre estuviera con nosotros -dijo, con voz apenas audible-. Ella podría haberse enfrentado mejor a todo esto.

– Entonces intenta ser como ella.

– Te crees que a ella podrías haberla toreado, ¿eh? Creo que no le hubiera quedado más remedio que estar de acuerdo conmigo -si se le había ocurrido ofrecer alguna concesión a Amy, era evidente que había cambiado de opinión. Entró en el carril de salida, tras el cual aguardaba más lluvia para asaltar el coche, y volvió a hablar consigo mismo-. Soy yo el que tiene que vivir con ello y me corresponde a mí ocuparme. Si me equivoco en mis decisiones, que Dios me perdone.

Amy se sintió como si el frío gélido de los páramos se hubiese prendido de sus empapadas ropas. Había asumido que los recuerdos de su padre sobre su abuela habían sido la fuente del miedo con el que estaba determinado a enfrentarla, pero ahora… Se estremeció y dijo, furiosa:

– ¿De qué estás hablando?

– De cosas que deberían haberse hecho hace tiempo.

El Austin aceleró por la cuesta de la carretera de Partington y Amy vio parpadear repetidamente las luces del mercado mientras los limpiaparabrisas segaban la lluvia. Parecía como si alguien estuviese tratando en vano de apagar un incendio bajo el pálido manchón que era Nazarill. La idea hizo que se sintiera enfebrecida, tan caliente como antes había estado fría.

– No me lo cuentes, entonces -dijo, casi con la indiferencia que quería aparentar-. Mira si me importa.

– Muy pronto lo verás. Si esto no logra curarte, solo Dios sabe lo que lo conseguirá.

Si se sentía tan incómodo como parecía, pensó Amy, quizá dejaría la amenaza en el aire, dispuesta para ser renovada cada vez que no aprobase su comportamiento. Ella no iba a hacer más preguntas, no fuera que demostrasen su propio nerviosismo. El coche se precipitó colina abajo entre los terraplenes inundados de la carretera, mientras los limpiaparabrisas se esforzaban por anegar la ciudad. Por supuesto, Partington no era más pequeña de lo habitual y, sin embargo, mientras se aproximaban a ella, Amy se sentía como si las calles se estuvieran cerrando. Cada vez que una nueva rociada de lluvia gris inundaba el cristal, podían verse menos casas al otro lado del limpiaparabrisas, y se imaginaba que la vista mostraba que la ciudad había menguado al tamaño que tuviera en el pasado. Al cruzar el coche el linde urbano, las farolas parecían menos luminosas y numerosas de lo habitual. Las calles estaban desiertas, al igual que las iluminadas riendas, salvo por sus empleados, que se volvían uno tras otro para presenciar el paso de su coche. Sus rostros eran tan borrosos, bolas de carne tras los cristales, que imaginó que todos sabían a qué estaba destinada; quizá incluso anhelaban que tal destino le fuera impuesto. Entonces el coche se detuvo junto a la colosal cruz empapada que reforzaba el muro junto a la calle de Rob. Amy estaba pensando en escapar, al mismo tiempo que se decía que su padre era incapaz de nada que pudiera asustarla tanto como para justificar su fuga, cuando el autobús de Sheffield que les había hecho parar se puso en marcha perezosamente y el coche giró por la Vista del Coto.

Las casas se deslizaban tras la lluvia en las ventanillas laterales. La calle se alejaba de Nazarill tan deprisa como ella era llevada hacia allí. Los edificios interrumpían el brillo del mercado, pero a pesar de que las luces de seguridad estaban apagadas por el momento, el edificio resplandecía con la palidez de algo que hubiera permanecido durante mucho tiempo en la oscuridad. A cada balanceo del limpiaparabrisas, la pálida mole oscilaba para volverse más grande y más sólida. Solo la verja se interponía entre ella y el destino que su padre le había preparado: la verja y las puertas que habían sido levantadas desde que había salido hacia el colegio aquella mañana. Solo que, sin duda, nadie podía haber trabajado a la intemperie en un día como aquel, y al darse cuenta de esto advirtió que no había tales puertas.