– Puede que nuestros derechos ya no sean los que eran pero, ¿no puede castigarla en casa por las noches hasta que vea usted un cambio?
– No veo por qué no.
– Entonces debería hacerlo, señor Priestley, antes de que sea demasiado tarde.
Esto le sonó a Oswald como una liberación a la que dio las gracias. Estaba dolorosamente tieso tras el pupitre y se había raspado la parte alta de los muslos con la tabla; entonces escuchó la voz de una chica que se alzaba en una discusión.
– ¿Es…?
– Creo que es muy posible que lo sea.
Era Amy preguntando algo. No había nada objetable en ello, pero la estridente agresividad de la voz que llegaba desde detrás de la pared lo consternó. Tardó pocos segundos en darse cuenta de que debía de haber levantado la mirada de su mesa.
– ¿Hay alguna otra salida que pueda utilizar?
– ¿Otra? -dijo la profesora, y luego, con cierta incredulidad-: Oh, ya veo.
– No quiero empezar dándole una excusa para enfadarse cuando llegue a casa.
La señora Kelly dejó que el silencio se prolongara durante un período de tiempo incómodamente largo. Por fin, dijo:
– Si pasa usted junto al despacho de la señorita Sadler podrá salir sin ser visto.
Oswald le dio las gracias con, esperaba, suficiente vigor para abarcar toda la charla, y salió al pasillo. Una ráfaga de viento lo ayudó a cerrar la puerta con algo más de fuerza de lo que había pretendido. Una vez se encontró en el pasillo reservado para el personal se sintió un poco menos asustado, pero se apresuró a dirigirse hacia la imponente puerta que había frente a la oficina de la señorita Sadler. Mientras se escabullía por el lado del colegio opuesto al de la clase de Amy, y junto a una sucesión de voces que llegaban desde detrás de los cristales, el viento no dejaba de azotarle el rostro.
Entró en el Austin dando un portazo y cerró la ventanilla por completo, para que no entrara el gélido viento. Tenía la impresión de que ya sabía todo cuanto necesitaba saber y solo necesitaba ordenarlo. Pero ningún pensamiento parecía capaz de ubicarse en su mente, y entonces una campana tañida al viento se hizo oír para anunciar el recreo de la tarde en el colegio. Se alejó tan rápidamente como le fue posible arrancar el coche.
Ya en la autopista, las ráfagas de viento hicieron lo que pudieron para sacarlo de cualquier carril que se hubiese empeñado en elegir. Al llegar a la salida se encontró con un vendaval que por algunos segundos pareció capaz de empujarlo hacia atrás. Siguió acosándolo y, más tarde, tendiéndole emboscadas, mientras se aferraba al volante y conducía por el páramo. Entonces Partington apareció frente a él y su pie vaciló en el acelerador.
El coche había sido golpeado por una ráfaga de viento tan fuerte que el parabrisas se estremeció, pero no era eso lo que había hecho que Oswald se sintiera inseguro de repente. Nazarill se había alzado sobre las amontonadas calles como si la ciudad la estuviera expulsando y, contra todo lo que creía, la visión le hizo preguntarse si no habría sido un error traer a Amy a vivir allí. Ahora que le había contado lo de sus antecedentes familiares, ¿cómo se sentiría si, a pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, acababa descubriendo que Nazarill había sido antaño un manicomio?
El coche dio una sacudida y casi se detuvo en seco. Agarró el cambio de marchas, lo movió violentamente por todas sus posiciones, describiendo una especie de cruz, y, después de meter primera, pisó el acelerador. Por el momento no parecía haber otra posibilidad que avanzar contra el inhóspito viento. No podía, sin más, sacar a Amy y a sí mismo de Nazarill, entre otras razones, y no la menos importante, porque eso supondría desdecirse de promesas que, cuanto menos, había hecho implícitamente al representante de Houseall. Pero, ¿acaso no era el bienestar de Amy más importante que cualquier otra cosa?
La carretera descendió bruscamente y luego ascendió para entrar en la ciudad, que blandió la señal del límite de velocidad frente al coche. Las primeras casas no solo interrumpieron su visión de Nazarill, sino también, se diría, su capacidad de tomar una decisión. Giró el Austin en Vista del Coto, donde una teja de una casa yacía hecha añicos en mitad de la calzada. Justo en el mismo momento en que una de sus ruedas destrozaba un fragmento de teja, Nazarill reapareció al final de la avenida. Al instante supo, sin la menor duda, que había estado equivocado.
El parabrisas volvió a trepidar mientras el coche emergía en Nazareth Row, pero la verja de Nazarill permaneció firme. Ya no había un roble para inclinarse y sacudirse y agitar sus ramas; quizá era por eso por lo que la propiedad parecía tan inmóvil. Cuando entró en el camino de grava, el viento menguó como si el edificio lo hubiese aspirado. Una vez encontró su lugar en el estacionamiento, una nueva brisa le levantó la capucha mientras lo empujaba al otro lado de la esquina. Deslizó la llave en la cerradura y se refugió en Nazarill.
Allí lo esperaban la calidez, el silencio y una luz tan suave como el brillo de las velas en una iglesia, para aliviar cualquier duda que pudiera albergar. Aquel era su hogar y el de Amy, y solo necesitaba encontrar la manera de conseguir que ella se sintiera como él. Las plegarias podrían ayudar, y comenzó a murmurar para sus adentros al mismo tiempo que subía las escaleras. Mientras se dirigía hacia su puerta no se encontró con nadie que lo interrumpiera. Tras ella, los grandes ojos de las fotografías enmarcadas parecían asombrados por su deseo de ser guiado por el buen camino. Dejó las luces apagadas y caminó entre las habitaciones a oscuras, hasta que por fin cayó de rodillas al pie de la cama.
– Por favor, ayúdame a mantenerla aquí. Sé que es el mejor lugar para ella. Pensé que tal vez no lo fuera, pero ahora veo que estaba confundido. Bastaría con que ella la lo viera como nosotros sabemos que es. Por favor, dime lo que debo hacer.
Sintió la piedra fría bajo la calidez de Nazarill. Juntos, sugerían una vida sostenida en equilibrio. Creyó que podía sentir la verdad, reuniéndose como la oscuridad; pronto resultaría clara para él. Pero todavía había un residuo de luz en la oscuridad y él seguía rezando, soñoliento y paciente, cuando sonó el teléfono.
Hundió los codos en el colchón para ponerse en pie y corrió hasta el aparato.
– Priestley. -Papá.
– Sí, Amy. ¿Qué quieres? -dijo Oswald, e inmediatamente lo supo.
– Una de mis amigas quiere que me quede en su casa esta noche para que podamos hacer los deberes juntas.
No solo había estado él en lo cierto, sino que creyó detectar la mentira en su intento por parecer despreocupada. Apretó el receptor con fuerza. El plástico era tan delgado como la muñeca de Amy cuando la había llevado a Nazarill.
– No creo que sea buena idea. Dile a tu amiga que venga a casa contigo.
– Pero vive aquí, en Sheffield.
– Razón de más para no quedarte con ella -al escuchar el crujido del plástico, Oswald relajó su mano. No era necesario mostrarse violento, solo firme-. Vuelve a casa ya, por favor. La cena te estará esperando, y yo también -dijo, y le colgó.
15. El susurro del pasado
A mitad de la primera clase de aquella tarde, la profesora de Inglés dijo:
– ¿Señorita Priestley?
La mirada de Amy estaba posada sobre los pensamientos que había escrito al respecto de las ilusiones en Macbeth, una daga, el fantasma de Bancquo y la sangre en las manos de, como ella lo había llamado, el Señor Big Mac. Su atención había estado dividida entre algún lugar situado entre la pizarra y la imagen similarmente aplanada de la cabellera de Carolyn Henderson, amontonada para exponer su pecosa nuca en el pupitre de enfrente.
– ¿Sí, señorita Burd? -dijo Amy.
– ¿Puedo serle de alguna ayuda?
Había alzado la cabeza lo suficiente como para partir por la mitad su barbilla, y abrió la boca hasta que fue casi tan redonda como su cara, todo lo cual significaba que la pregunta no era solo una oferta, sino más bien la amenaza de una reprimenda.