– Tú también te vas -dijo, con un tono de desesperación tan profunda que era casi resignación.
– En una gira de conciertos que me hacía mucha falta.
– ¿Cómo?
– Creo que es un pecado no ejercitar tus habilidades todo lo posible -dijo el violinista, que, después de estrecharle la mano al periodista, subió a su coche y se puso en marcha en medio de un estrépito de gravilla.
Amy vio cómo las luces de freno señalaban una puerta invisible antes de que el coche virara para incorporarse a Nazareth Row. Parte de su anhelo por ser comprendida debió de mostrarse en su mirada, porque Peter Sheen dijo: -Yo sigo aquí.
– ¿Puedo hablar contigo? -dijo Amy mientras aguzaba el oído en busca de cualquier sonido que traicionase la presencia de su padre.
– Yo diría que ibas a hacerlo.
– Sobre algo que quiero que publiques en tu periódico.
– Mis oídos están a la escucha -dijo el periodista, pero por una vez no pareció ansioso por sacar su bolígrafo-. Si se trata de una noticia, cuéntamelo.
– Es una historia que nadie conoce. Eso debe de ser una noticia, ¿no?
– ¿La historia de…?
– De aquí. Del lugar en el que vivimos.
– Ah, eso. Me temo que no me interesa, no me interesa en absoluto.
– Pero si no la has oído.
– He oído suficiente. Puede que fuera una noticia antes de que lo contaras en la radio, pero, por lo que a mi periódico se refiere, eso lo convierte en zona vedada. Y además, para ser honesto contigo, tu padre nos ha dejado muy claro a varios de los que vivimos en el edificio que no le complacería en absoluto que alguno de nosotros fuera, ¿qué palabra utilizó?, tu víctima.
Amy sintió que la sombra de Nazarill, pálida como era, tendía su gélido abrazo a rastras hacia ella. Se quedó mirando fijamente a Peter Sheen, que tuvo al fin la elegancia de apartar los ojos y girar sobre sus talones. Un fragmento de piedra chocó contra la fachada mientras ella se precipitaba hacia la puerta, y creyó que había alertado a Nazarill de su huida… como si, pensó alocada, necesitara que se lo dijeran.
Sintió que la casa se cernía amenazante a su espalda mientras corría bajo el cielo apagado hacia el Camino de la Poca Esperanza. La distancia cada vez más grande parecía incapaz de reducir su presencia. Amy se subió el cuello y lo cerró sobre su garganta para combatir el frío que estaba tratando de introducirse en ella por su nuca. Al llegar al mercado, varios de los dueños de los puestos se volvieron para mirarla, ninguno de ellos de manera
favorable. Pasó corriendo junto al puesto de libros, cuyo propietario estaba demasiado ocupado atendiendo a un cliente como para reparar en su presencia, y siguió por el Paseo del Mercado, donde la visión de la tapiada fachada de Hedz no Fedz se le antojó un nuevo triunfo de Nazarill. Hasta que tiró de las riendas de su imaginación, el pensamiento le hizo creer que el lugar era capaz de bajar el cielo hacia ella, de estrechar la de por
sí estrecha calle, o incluso de cerrar su extremo.
– Pelotas. Cojones. Basura. Mierda -empezó a repetir para convencerse de que llegaría a la calle principal.
La cruzó a la carrera, pasando bastante lejos de un camión que a pesar de todo tocó el claxon, y subió por la destartalada calle que llevaba a las casas que había sobre el muro limitado por una cruz. Su posición elevada solo sirvió para que Nazarill se irguiera y se enfrentase a ellas sobre el pequeño pueblo. Parecía estar prestándole su palidez a aquel cadáver que era el cielo, y Amy se la imaginó cerrando el firmamento a su alrededor como si fuera una taza sobre un insecto. Le dio la espalda, corrió por la vereda de la última casa y llamó al timbre.
Tuvo que volver a apretar el botón (apoyar su mano sobre él) antes de ver algún movimiento tras el cristal opaco que ocupaba la mayor parte de la mitad superior de la pesada puerta. Los colores que formaban el manchón de aquella cara eran demasiado brillantes y variados para pertenecer a Rob, y la apertura de la puerta confirmó que se trataba de su madre, una mujer de cabello cano vestida con una bata cuyos hombros acolchados subrayaban lo anguloso y ancho de su figura. La elevación del pasillo en comparación con la vereda le permitía mirar a Amy directamente a los ojos, si bien con cierta renuencia que resultaba visible.
– Amy. Pensé que podías ser tú.
– ¿Se ha levantado ya?
– No le he oído -la mirada de la madre de Rob no titubeó mientras alzaba su rostro de mandíbulas cuadradas-. Seré del todo honesta contigo, esto es un poco incómodo. Tu padre ha llamado para pedirnos que te enviáramos a casa.
– No lo harán, ¿verdad?
– Esto es algo entre tu padre y tú. No creo que debamos involucrarnos.
Esa respuesta no impresionó demasiado a Amy, pero la impasibilidad de la postura de la señora Hayward sí lo hizo. Se sintió paralizada por ella y por el peso del cielo que parecía extenderse desde Nazarill, y solo el sonido de una persiana al descorrerse le hizo levantar la cabeza. Rob había abierto la ventana de su dormitorio, por la que asomaba su torso, envuelto en un edredón.
– Eh, no sabía que hubieras venido.
– Algunas personas no querían que lo supieras -no podía impedir que su boca temblase, y la furia provocada por su incapacidad solo servía para agravarlo-. Bueno, pues estoy aquí y necesito hablar contigo.
– Estaré abajo en cinco minutos.
– No sé si yo estaré aquí -dijo Amy, y miró a la señora Hayward, que suspiró trabajosamente, haciendo que su bata se hinchase.
– Puede acompañarte a casa, Amy. Espéralo aquí si quieres. Perdona si te cierro la puerta, pero no quiero que entre frío – dijo, y lo hizo de inmediato.
Amy cruzó la calle para apoyarse sobre el muro y desafiar a Nazarill por encima de los apelotonados tejados. Al sentir un movimiento entre los codos pensó que los ladrillos iban a precipitarse sobre la calle, como si a su alrededor la solidez de las cosas estuviera siendo socavada, pero lo que estaba suelto era solo moho. Volvió la mirada hacia Nazarill hasta que las calles parecieron retorcerse, inclinarse convulsamente hacia la casa,
como si las estuviera atrayendo para reducir la distancia que mediaba entre ambas. No pudo observarlo durante demasiado tiempo, así que se ocupó dando patadas en el suelo y frotándose las manos hasta que Rob apareció corriendo.
– ¿Qué has estado haciendo? -dijo él.
Sus palabras sonaban tan acusatorias que al principio Amy no pudo decir nada. Pero dado que no podía estar acusándola de nada, pasó los brazos alrededor de él y del abrigo largo y negro que había comprado en Caridad Mundial y apretó su mejilla contra la de Rob, cálida al contacto. Su temperatura debió de sobresaltarlo; sus mejillas se encogieron, sus largas pestañas parpadearon. Mientras lo estrechaba entre sus brazos con todas sus fuerzas para que él respondiera al abrazo, vio que su madre los observaba, oculta tras las cortinas de la ventana delantera como si fuera un velo.
– Vámonos -le dijo mientras lo soltaba- y te lo contaré.
Llegaron al empinado camino de bajada antes de que ninguno de los dos volviera a hablar.
– Mi madre me lo ha contado más o menos -dijo Rob-. ¿Es por mi culpa? ¿No quiere que nos veamos más?
– No es por ti, Rob. Ni siquiera creo que te eche la culpa. No puede, no lo sabe todavía. No se lo he contado a nadie.
– Ajá.
– Cuando lo sepa no le va a gustar. Tiene que ver con Nazarill.
– Cuenta.
– Encontré un libro antiguo, una Biblia. Debe de haber estado en el lugar desde quién sabe cuándo -Amy se detuvo al pie de la cuesta-. Te lo voy a enseñar. Espera, mira.
– Lo haré cuando hayamos cruzado -dijo Rob al mismo tiempo que, mientras ella le tendía la Biblia, observaba con los ojos entornados la gastada cubierta. Puso un pie en la calle. Una mole pálida, como un pedazo desgajado de Nazarill, se abalanzó sobre él.