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Era un camión de mudanzas. Amy clavó las uñas en el interior de su codo y lo arrastró de vuelta a la mohosa cruz que sostenía el muro.

– Gracias -dijo él mientras se frotaba con aire dubitativo el lugar en el que ella lo había sujetado-. Ha estado cerca.

– Ojala solo sea eso. -Sujetó su brazo con más suavidad mientras miraba a ambos lados, antes de conducirlo al otro lado de la calle, donde descansó un instante, prendida todavía de él-. ¿Por qué me miras de esa manera?

– Me estaba preguntando a qué te referías al decir eso.

– Puede que nada. Ahora no importa, ha pasado. Alejémonos de la carretera.

– ¿Adonde vamos?

– A cualquier lugar que no sea mi casa. No pienso volver allí, aún no, al menos. Puede que nunca lo haga -Amy encontró esta idea difícil de concebir, como si Nazarill no le estuviera concediendo espacio para pensar-. Ya sé. El puesto de libros. Ahora que he descubierto algo más podría preguntarle algunas cosas.

Rob caminó por Vista del Coto y levantó la Biblia.

– ¿Quieres decir sobre esto?

– Ábrelo y mira.

Lo hizo a la altura del Génesis. Examinó los márgenes con la mirada entornada, acercó el libro a su rostro y, después de haber vuelto la Biblia tres veces, la miró y pestañeó.

– No lo entiendo, Aim.

– Lo he escrito aquí, mira. -Sacó las páginas plegadas de su bolso y le mostró la primera de ellas-. Puedes leerlo, es mi letra.

Él abrió un poco los ojos, pero por lo demás no pareció demasiado aliviado.

– Será mejor que me siente si tengo que leer todo esto.

– Los pubs no están abiertos todavía, ¿verdad? -Amy estaba reflexionando sobre la escasez de lugares para salir que ofrecía Partington-. Tendremos que ir al salón de té que hay junto al mercado -dijo.

No era solo su proximidad a Nazarill lo que la desagradaba, era el propio Té para ti. La totalidad de las más intolerantes señoras de Partington se congregaba allí, y observaba el mercado con inagotable desaprobación prendida de rostros que parecían pañuelos de papel arrugados y alisados lo mejor posible, y luego cubiertos de talco, especialmente en las arrugas. Incluso a un desconocido de su generación lo hubieran hecho sentirse como un intruso. Mientras Amy ponía el pie en las enceradas tablas del suelo, cobró conciencia de su delgadez y del estado ruinoso de su pelo, y de cada gramo de metal que llevaba en la cara. La más joven de las dos camareras vestidas de lecheras parecía dispuesta a repeler a los invasores, pero Amy había reparado en una mesa para dos, vacía aunque sin recoger, en una esquina. Arrastró a Rob hacia ella a través de una congregación de severas cabezas tocadas con sombreros y un cloqueo de lenguas que le hizo pensar en un insecto saltando de una a otra mesa, emitiendo su llamada desde cada una de ellas.

– Puedes leer mientras esperamos -le dijo en voz alta.

Varios rostros se apartaron de ella como si los hubiera abofeteado y comenzaron a murmurar, para que ella los oyera: «¿No se dan cuenta de su aspecto?», «¿En qué estarán pensando sus padres?». Este último comentario la afectó en más de un sentido, así que se volvió hacia Rob.

– Ignóralas -dijo con los dientes apretados-. Tú solo lee.

– Eso intento. -Había limpiado un espacio entre las copas manchadas de carmín y los platos llenos de migas y mermelada, y estaba pasando páginas y volviendo la Biblia sobre el mantel rosa y blanco. Al ver que ella le ofrecía las páginas arrancadas de su cuaderno, se limitó a mirarlas.

– No las necesito. Empiezo a acostumbrarme.

– Estupendo -dijo Amy, que se lamentó de no haberse ahorrado un dolor de cabeza si él encontraba los márgenes más fáciles de leer de lo que le habían sido a ella. Miró a la camarera más joven, que apartó el rostro-. Cuando pueda, nos gustaría tomar dos cafés.

Por sí sola, la petición de café había merecido una mirada despectiva.

– No sois las únicas personas aquí, ¿sabes? -le dijo la camarera.

– Ya me he dado cuenta -replicó Amy mientras le prestaba más atención al perfil de la muchacha, que parecía haberse consagrado por completo a la producción de una nariz afilada-. Yo te conozco. ¿No eras monitora cuando yo estaba en segundo? Querías confiscarme un libro que había traído para enseñar cómo los encuadernaba mi madre, porque decías que debía de haberlo robado.

El silencio se había reunido alrededor de su voz, pero entonces escuchó un comentario que pareció flotar hasta allí sin provenir de ninguna de las mesas circundantes.

– Como si no lo hubiera hecho.

Amy podría haber reaccionado de manera que toda la clientela la hubiese oído, pero eso hubiera sido igual que ponerse a la altura de las actitudes más miserables de Partington; las mismas, pensó, que hubieran justificado que el manicomio continuara abierto y en funcionamiento. Antes de que pudiera decir nada, intervino la camarera.

– No lo hizo. Parecía muy caro, esa fue la causa del error.

En tono de apoyo para el comentario ofensivo, una mujer con un sombrero tan blanco como el mármol y decorado con borlas perladas dijo:

– Quizá podrías servirnos nuestros pasteles.

Amy ofreció a la camarera una sonrisa alentadora y miró a Rob para comprobar si el incidente lo había distraído, pero él parecía ajeno a todo ello; estaba dando vueltas a la Biblia y escudriñando sus márgenes con el ceño fruncido, ya no por la preocupación sino por algo que parecía una cierta incomodidad. La mirada de Amy voló hacia el mercado mientras la puerta se permitía un modesto tintineo. Su cuerpo se estremeció e hizo temblar la porcelana que descansaba sobre la mesa. En el umbral se encontraban su padre y Shaun Pickles.

Pickles la vio primero y señaló. Su rostro lampiño parecía aún más lleno de granos que de costumbre, sin duda a causa del ansia de justicia.

– Sabía que la había visto entrar aquí, señor Priestley. Esperaré, ¿le parece? -dijo, y miró a Rob con severidad-. No quiero que haya problemas.

– No creo que los haya. Todavía sigue siendo mi hija -dijo el padre de Amy mientras caminaba entre las mesas-. Ven conmigo, Amy. Te han dicho que tenías que venir a casa.

– No es una buena casa.

– Aunque tu amigo te anime a decir tonterías, te ruego que no lo hagas conmigo -dijo, volviéndose hacia Rob-. ¿Te han dicho tus padres que acompañaras a mi hija?

– Algo parecido.

– No lo creo -dijo el padre de Amy con aire triunfante; su mirada se posó sobre la Biblia. Su rostro pareció marchitarse y Amy vio cómo se enrojecían sus ojos-. ¿Qué haces con eso?

– Lo leo -admitió Rob en voz baja.

– Entonces no tenía que preocuparme por dónde estaba ella. Ya veo que esta es una reunión de lectura de la Biblia -dijo el padre de Amy en voz alta, dirigiéndose al guardia de la puerta. Entonces, renunciando a la ironía y a un poco más de su autocontrol, se volvió hacia ella-. ¿Es que no te da vergüenza mostrar esto en público? Si mutilar la palabra de Dios no es todavía un crimen, debería serlo. Antes de que nos dejes solos, quizá podrías decirme cuál es tu participación en todo esto. Esta última frase estaba dirigida a Rob, que respondió: -Es la primera vez que lo veo. Aim lo ha traído para enseñármelo.

– Que es como decir que podía confiar en que la perdonarías y la animarías.

– Tú no lo has leído -dijo Amy-. Rob sí. Él te lo dirá, ¿verdad Rob? Te contará lo que dice sobre ese lugar.

– Que Dios te perdone, y a mí por permitir que te extravíes. Ya he leído más que suficiente de tus enloquecidas e impías bobadas.

– Ni siquiera le has echado un vitazo, pero Rob…

– Pude leerlo ayer, cuando lo olvidaste en medio de tus demás posesiones. Vi cómo habías mancillado la Biblia que me hiciste creer que guardabas por el bien de tu alma.