Se inclinó gradualmente sobre el lado de la cama y dejó que su mano bajara hasta el suelo. Las yemas de sus dedos encontraron la redonda y húmeda boca sin dientes de una taza de café, antes de toparse con la superficie porosa y áspera de un objeto deformado. Era su bolso de tela. Lo tiró sobre el edredón y sacó la Biblia envuelta en las hojas arrancadas a su cuaderno. El libro cayó abierto por el Génesis, e inmediatamente se percató de lo que Rob no podía haber visto. Apenas había visto su letra hasta ayer, así que, ¿cómo podía juzgar la evidencia que ella le había mostrado? Pero mientras extendía las hojas de su cuaderno se dio cuenta de que, aunque la escritura de la Biblia no era la suya, la suya se volvía cada vez más parecida a aquella conforme la trascripción progresaba.
Se sintió como si el pasado que durante tanto tiempo había temido se hubiese arrastrado hasta su interior mientras ella estaba distraída por los acontecimientos de Nazarill. El dolor la obligó a bajar la cabeza y atrapó su mirada en las páginas, hasta que reparó en el lápiz alojado en la última y mayor de las cruces. Lo sacó y después de apoyar la última hoja de su cuaderno, casi vacía, sobre la contraportada de la Biblia, empezó a escribir su nombre.
Su firma había cambiado tanto a lo largo de los años que tuvo que esforzarse para recordar cómo se suponía que era. Finalmente pensó que recordaba cómo había decidido más recientemente que debía parecer. Sin embargo, cuando trató de reproducirla conscientemente, su mano se le puso rígida y, después de haber cubierto la hoja de papel con su nombre, ninguna de las docenas de firmas que había en ella se parecía demasiado a la suya. Además, ¿acaso no había cambiado su firma después de mudarse a Nazarill? No quería pensar en ello y no le gustaba el aspecto de las firmas; no había conseguido hacer ni una sola ese lo suficientemente pequeña como para tranquilizarse, y cada uno de los pares de es parecían estar espiándola. Arrugó las páginas y las guardó junto con el libro en su bolso, que tiró al suelo de una patada. No quería verlas más, y especialmente no quería que su padre las viera; solo pensaría que se estaba volviendo loca. Podía pensarlo todo cuanto quisiera una vez ella se hubiese convencido a sí misma de que no era así. Había una persona con la que podría hablar, y en cuanto su padre se marchara a la iglesia lo haría.
No estaría cómoda en su habitación hasta entonces. Salió a rastras de debajo del edredón y se levantó. Sentía que el efecto del paracetamol empezaba a disiparse, así que se tomó dos de las pastillas de Beth antes de dirigirse hasta la puerta y entreabrirla. Su padre musitaba algo para sus adentros, presumiblemente alguna plegaria, pero no estaba a la vista. Se escabulló hasta el baño y abrió los grifos de la bañera y el ventilador que era la única abertura en el muro exterior. El agua apenas había empezado a llenar la bañera de fibra de vidrio cuando el pomo de la puerta tembló y llamaron a la puerta con fuerza.
– Amy.
– Estoy dándome un baño. -Mejor abre la puerta por si necesitas ayuda. -Puede que no te hayas dado cuenta, pero yo ya me bañaba sola antes de que viniéramos aquí.
– Me refería a por si empeoras.
– Estoy bien. Tú déjame sola -dijo Amy, al tiempo que examinaba la puerta para asegurarse de que estaba cerrada. Una vez que la bañera estuvo llena hasta la altura de los grifos, como a ella le gustaba, cerró el agua y escuchó en la puerta. No fue capaz de localizar a su padre, así que regresó junto a la bañera y sumergió una mano en el agua. No se dio cuenta de que se había preparado para una sorpresa hasta que reconoció que estaba preparada para la posibilidad de que el agua estuviera helada. Estaba caliente, a una temperatura apenas soportable al primer contacto, de modo que se metió poco a poco en ella y cerró los ojos.
Habitualmente le gustaba abandonarse y flotar en el baño. Cuando era pequeña solía imaginar que se encontraba en un mar bañado por el sol, de camino a una isla mágica. Sin embargo, ahora sentía que corría el peligro de alejarse de alguna manera demasiado si perdía la noción de sí misma. De tanto en cuanto, una ráfaga de aire chocaba contra el ventilador, que respondía con un sonido semejante al de unas garras arañando para entrar. Por supuesto, el agua se estaba enfriando, pero en más de una ocasión emergió de un sueño, incómoda y sobresaltada, por lo helada que de pronto estaba. En cada ocasión vaciaba un poco la bañera y reemplazaba su contenido con agua caliente, un proceso que no se había vuelto automático, pero sí obsesivo, cuando su padre volvió a llamar a la puerta.
– ¿Sigues ahí dentro, Amy? ¿Piensas estar mucho más?
Era una pregunta perfectamente familiar, pero en esta ocasión había una desconocida frialdad en su voz.
– ¿Por qué? -preguntó.
– Porque casi es la hora de ir a la iglesia.
El que hubieran pasado tantas horas sin que ella se diera cuenta resultó una sorpresa, pero, de alguna manera, le dio la bienvenida.
– Ve tú -le dijo-. Yo me voy a quedar.
– Me gustaría entrar si no es demasiado inconveniente.
Posiblemente fue su tentativa de sarcasmo lo que hizo que pareciera como si estuviera leyendo un viejo guión, como si estuviera interpretándose a sí mismo. Amy salió de la bañera, llenando de agua el abombado linóleo, y se envolvió en una
toalla antes de descorrer el cerrojo.
Si su padre hubiera estado un poco más cerca, su impasible rostro hubiera estado pegado a la puerta. Apenas dejaba espacio para que ella saliera; de hecho, sintió que la toalla empezaba a deslizarse mientras lo rozaba al pasar, y por un instante pensó que él la había agarrado. Estaba huyendo hacia su habitación cuando se dio cuenta de que no la había seguido, sino que estaba mirando fijamente el baño.
– ¿Has terminado de bañarte? -preguntó él.
– No lo sé. ¿Por qué?
– Sugiero que dejemos correr el agua. No creo que disfrutases de un baño frío.
Ella no pudo evitar temblar al oír sus palabras. Escuchó cómo profería el desagüe un sonido sofocado, seguido al cabo de un instante por un cacareo que tardó bastante en disiparse. Para entonces él ya había salido del cuarto de baño, y enseguida llamó a su puerta.
– Ya que te encuentras mal, es mejor que te quedes en casa -dijo.
– Si tú lo dices.
Él musitó unas pocas palabras, se alejó y continuó hablando a quienquiera que se estuviera dirigiendo. La puerta del pasillo se abrió y se cerró y Amy descubrió que seguía escuchando. Cuando dejó de oír ruidos se asomó por su puerta al pasillo, que estaba vacío. Después de dejar la toalla en el cuarto de baño, se puso una camiseta limpia, luego quitó el teléfono de su nicho y se lo llevó a habitación principal, llamando mientras lo hacía.
– ¿Información telefónica? -dijo una mujer casi al instante-. ¿Qué apellido, por favor?
Amy se lo dijo, así como una inicial probable y la ciudad. Poco después, una grabación compuesta de muestras de una voz femenina le dio el número. Lo marcó y esperó, escuchando los pitidos en la oscuridad. Parecía bastante más lejos que el otro extremo de Partington… como si lo estuviera escuchando en un pasillo tan alargado y tan estrecho que tuvo que frotarse la frente para quitarse la idea de la cabeza. Estaba pensando cómo transmitir su mensaje cuando un hombre dijo rápidamente:
– Estaré en un minuto. Deja que responda primero. ¿Sí?
– ¿El señor Roscommon?
– Soy uno de ellos, pero lo siento, si está vendiendo algo, ahora mismo no es buen momento.
– No vendo nada. Yo…
– Espere un instante -dijo el hombre, que se retiró para responder a una pregunta musitada-. Eso es precisamente lo que pretendo averiguar si tú me lo permites, padre. ¿Sí? ¿Quién es entonces?