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El animal sacudió nuevamente la cabeza y perdió la presa, pero el brazo quedó colgando por un jirón de carne, con el hueso a la vista. La mano, inerte y bamboleante, era un pingajo aberrante. Theodor gritaba, en un tono tan agudo que casi parecía el de una mujer, y empezó a sacudirse como si estuviera siendo golpeado por furiosos rayos. El perro resbaló hacia atrás alcanzado por los embates, y su presa reculó tan rápido como pudo utilizando los codos.

Otra vez su atacante dirigió sus fauces hacia delante, ciego de excitación y mordiendo con saña en la zona que tenía más próxima: la entrepierna. Los dientes se hundieron en la tela del pantalón y más allá, ejerciendo una fuerte presión que hizo brotar la sangre rápidamente. Theodor se vio lanzado a las simas más profundas del suplicio y cayó hacia atrás, con la boca abierta pero muda, incapaz de proferir ya ningún sonido más.

Reza apareció entonces atraído por los gritos. Se encontró la brutal escena de bruces y no lo dudó un instante.

– Perro asqueroso -dijo mientras disparaba.

La bala le alcanzó en mitad de la cabeza y la desplazó como si la hubieran golpeado con un mazo perforando su cerebro animal de punta a punta. Su cuerpo se sacudió con un espasmo terrible y se desmadejó, cayendo contra el suelo con las patas extendidas. Así se quedó, inmóvil y muerto, con la boca enorme manchada de sangre.

Reza se acercó a Theodor, y vio el brazo desgarrado que colgaba hacia atrás. La entrepierna era lo peor. Una mancha oscura crecía en el pantalón con una rapidez inusitada. Chasqueó la lengua.

– Ayúdame -pidió Theodor, mirándole con ojos desorbitados. Respiraba por la boca dando bocanadas rápidas y cortas, como las de una parturienta alumbrando un hijo. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración.

Reza miró brevemente alrededor, para asegurarse que no había nadie más cerca.

– No hay nada que hacer, Theo, ya lo sabes -dijo al fin.

– Por… Dios, ayú… dame… -contestó Theodor, haciendo un esfuerzo hercúleo con cada sílaba.

– Si sólo fuera el brazo podría hacer un torniquete. Usaría una brasa para cauterizarlo. Duele, pero vivirías. Pero esa herida de ahí abajo, jamás podríamos contenerla.

– No, no, espera.

Entonces sacó una pistola del cinturón y le apuntó a la cabeza.

– No temas, no volverás de la muerte. Adiós, Theo.

– ¡NO!

El disparo crujió en mitad de la noche y la afanosa respiración se detuvo. Reza guardó de nuevo la pistola y preparó el fusil. En su cabeza, Theodor se desvaneció completamente; ahora era sólo algo fastidioso que tendría que contar a los demás cuando volvieran. Encendido. Apagado. Su cabeza estaba ocupada ya por otros asuntos urgentes: Los perros no tiran granadas. El Juego no había acabado.

* * *

– Entramos por aquí -explicó Gabriel, señalando el ventanuco.

Isabel examinó el ventanuco con cierta fascinación; apenas un tragaluz que podría haber pasado por insignificante y que ellos habían usado para adentrarse en aquel sótano umbroso que habría hecho temblar a cualquier niño que hubiera conocido, incluso antes de que el mundo se llenase de zombis. Midió a Alba con la mirada, y aunque menuda y delgada, se le antojó grande y heroica.

– Pero el Hombre Malo estaba allí -apuntó la niña.

Gabriel echó un vistazo a través de la ventana, pero el jardín estaba ahora vacío, la brecha tan solitaria como lo había estado al principio, y el ruido de los disparos había cesado.

– Parece que se ha ido -dijo Gabriel, inquieto por no saber dónde se encontraba ahora. Si abría la puerta de repente no tendrían ninguna oportunidad. No había manera de que pudieran salir por el tragaluz a tiempo; y si lo utilizaban para escabullirse hacia el jardín en ese momento, ¿quién decía que no estaría esperándoles tras el muro? Podrían encontrárselo de bruces en cualquier momento, ¿y entonces, se los llevaría a una habitación y los desnudaría también? Pero al llegar a ese punto se sintió asqueado y se esforzó por apartar aquellas imágenes de su mente.

– Sois muy valientes, chicos -dijo Isabel, todavía siguiendo su propia línea de pensamientos. -Pero, ¿no hay nadie con vosotros, vuestros padres, alguien?

– Nuestros padres murieron -dijo Alba rápidamente, con total naturalidad. La ausencia de inflexión en la voz le sorprendió, pero al mismo tiempo se sintió aliviada; demostraba muy a las claras que la pequeña había superado la pérdida.

– Está bien -dijo Isabel con suavidad. -Ahora vamos a salir de aquí, ¿de acuerdo?

La pequeña asintió vigorosamente.

Se acercó entonces al ventanuco junto al muchacho, y echó un vistazo fuera.

– Nosotros abrimos ese agujero en el muro -comentó Gabriel, siempre en voz baja.

– ¿En serio? No está muy lejos, ¿crees que podríamos simplemente correr hasta allí?

– Puede ser -respondió Gabriel, encogiéndose de hombros- pero, no sé dónde está ese hombre.

– ¿Cuál de ellos era? -preguntó Isabel. -¿El calvo, o el de pelo blanco?

Gabriel pestañeó.

– ¿Dos hombres? -preguntó, frunciendo el ceño. -Creía que había solo uno.

Isabel iba a añadir que no solo eran dos, sino que pronto serían más. El doble, al menos. Pero luego pensó que el comentario, con probabilidad, solo serviría para insuflar temor en los niños, y eso no podía conducir a nada bueno. Eran extraordinariamente valientes, quizá incluso más que ella misma, pero lo que necesitaban ahora era un poco de positivismo. Lo sentía en sus entrañas, y lo veía en sus caras.

– Creo que podremos hacerlo, ¿eh? No parece que haya nadie cerca.

Gabriel asintió con reservas, intentando vislumbrar algo entre los árboles y más allá del muro. Si de algo se alegraba, al menos, era de que el Hombre Malo

¿los Hombres Malos?

había acabado con los muertos vivientes que debían pulular alrededor de la casa, entre las villas carretera abajo.

– Si llegamos hasta el muro solo tenemos que ir hacia la izquierda -explicó Gabriel- para volver al campo, allí podremos perdernos, será difícil encontrarnos.

– No -dijo Alba entonces. -Tenemos que ir hacia la playa, Gaby.

– ¿Hacia la playa? -preguntó Gabriel, sin comprender. Su pregunta sonó repentinamente aguda.

– ¿Para qué?

– Porque… yo la vi. La trajo el Hombre Malo por la playa en unas motos que pueden ir por el agua. Y por allí tenemos que volver, Gaby. Ella quiere volver.

– ¡Alba! -protestó Gabriel, olvidando por un momento hablar en voz baja -Dijimos que ibas a contármelo todo.

– Esperad -pidió Isabel, un tanto confusa. -¿Dónde estamos ahora?

– Cerca de Marbella, creo -apuntó Gabriel. -Al menos, deberíamos estar cerca, andamos muchos días desde Calahonda.

Isabel experimentó una súbita sensación de pánico. ¡Marbella! En un mundo de carreteras colapsadas y lleno de muertos vivientes, eso era tanto como decir la otra parte del mundo. De pronto se sintió muy lejos de casa, separada por unos interminables sesenta kilómetros del lugar donde estaban sus amigos y, sobre todo, Moses. Las preguntas acechaban su mente consciente en todo momento, ¿cómo la secuestraron, por qué nadie lo impidió?, y si alguien lo intentó, ¿seguiría vivo? Recordaba que el Escuadrón había partido esa mañana hacia el puerto, y ellos eran los únicos que podían usar las armas con garantías. Pero intentaba mantener esos angustiosos interrogantes apartados; no quería, todavía, enfrentarse a ellos. Solo quería regresar.