– Me ha parecido que yo escucha algo -dijo Jukkar despacio. -Si yo pudiera hacer sonido en alto.
Pulsó un interruptor en la consola y la habitación se llenó de un ruido arrastrado, cortado a intervalos regulares por pequeños episodios de silencio. En ocasiones, el sonido se asemejaba al que produce un tren cuando se arrastra por la vía muerta en una estación antes de detenerse; en otras, les llegaba el estrépito tumultuoso propio de los televisores analógicos sin señal. Y de pronto, en mitad de la confusión, escucharon algo.
– … ita… lante… vor…
– Dios mío -soltó Aranda, llevándose la mano a la boca.
Jukkar pulsó un par de botones en el escáner.
– Quizá demasiada potencia -dijo.
Escucharon de nuevo, intentando buscar patrones reconocibles entre el ruido blanco de la estática.
– ¿Hola, hola? -repetía Jukkar.
Y justo cuando comenzaban a dudar de si realmente habían escuchado algo legible, los altavoces crepitaron por última vez antes de emitir una frase:
– Estación sin identificar, repita por favor.
Aranda fue el primero en levantar los brazos en señal de victoria con la boca formando una O perfecta, y Sombra soltó una eufórica exclamación de alegría. Mientras se abrazaban brevemente movidos por el alivio y la sensación de triunfo, Jukkar batió palmas visiblemente alterado; el sudor perlaba su frente y sus mejillas refulgían con un rojo violáceo.
– ¡Hola! -dijo Jukkar, acercándose el micrófono un poco más-. ¡Nosotros le escucha!
Hubo unos segundos de silencio que parecieron alargarse y extenderse en el tiempo. Aranda parecía una versión en piedra de sí mismo, con los músculos de la mandíbula tensos por la presión que ejercía con los dientes.
– Le escucho, ¡le escucho, estación sin identificar! -dijo la voz por los altavoces. Sonaba enlatada, demasiado metálica y embutida en una cacofonía de ruido blanco, pero era una voz humana después de todo, y el brillo de la ilusión se asomaba en los ojos de todos.
Jukkar tartamudeó algo en finlandés; sus manos temblaban alrededor del micrófono. Por fin, se levantó de la silla mirando a Aranda.
– Usted habla mejor el español -dijo.
Aranda se lanzó sobre la silla.
– ¡Le escuchamos perfectamente!
– Dios mío -dijo la voz-. ¿Desde dónde transmite?
– ¡Málaga, estamos en Málaga! ¿Dónde está usted?
– ¡Málaga! -contestó con manifiesta sorpresa-. No habíamos conseguido hablar con nadie de Málaga todavía. Éste es el Campamento Orestes, en Granada. Transmitimos desde la Alhambra.
– ¡La Alhambra de Granada! -exclamó Sombra.
– ¿Es un campamento civil? -preguntó Aranda.
– No, es militar -un instante de crujidos y altibajos en la calidad de la transmisión. -Forma parte de la Unidad Militar de Emergencias pero contamos con varios cientos de civiles aquí, ¿ustedes cómo están?
– ¡Cientos de civiles! -dijo Aranda perplejo, pronunciando con cuidado cada sílaba. Aunque siempre lo había sospechado, saber que aún quedaban tantas vidas humanas en alguna parte le insufló una inesperada alegría.
– Bien, estamos bien, somos una treintena de supervivientes, pero ¡empezábamos a pensar que éramos los únicos!
– Es estupendo oír eso, escuche, creo que debería alertar a mi superior de que están ustedes al habla, ¿entiende?
– Sí, nos hacemos cargo. Hágalo.
– Mantengo la frecuencia. No se retiren, por favor.
Brotó un breve chisporroteo y desapareció. Juan se echó hacia atrás en el respaldo de la silla, suspirando largamente.
– ¡Cientos de personas! -dijo Jukkar, moviendo la cabeza pensativamente.
– Es una pasada -acordó Sombra. -Ojalá tuviera un cigarro, ¡la ocasión lo merece!
– Granada, quién lo iba a decir -comentó Aranda-, pero me parece un excelente lugar para establecer un refugio.
– ¿Ha dicho algo del campamento Orestes? Sin duda debe haber otros -dijo Sombra.
– Sin duda, pero ¿por qué nunca vinieron a por nosotros?
– Bueno, eso puedes preguntarles.
Esperaron durante quince minutos, hablando animadamente sobre las posibilidades que se les presentaban. El ruido de la estática era fuerte, pero lo mantuvieron a ese volumen para poder captar las voces cuando regresaran. Era tan alto, de hecho, que ninguno prestó atención a los otros ruidos que se producían en otros puntos del edificio: gruñidos agrestes, inhumanos, un ocasional portazo en la lejanía, un golpe sordo que parecía nacer de los mismos pilares del edificio y reverberar por toda la estructura.
– Hola, ¿buenas noches? -dijo una voz de repente. La voz era más pausada que la anterior, madura y casi aguardentosa. Era de madrugada y Aranda supuso que había sido sacado de la cama, en mitad de un profundo sueño.
– ¡Buenas noches, le escuchamos! -dijo Aranda inmediatamente, recuperando su posición de alerta en la silla.
– Sí, le recibimos perfectamente, ¿eh? A ver, soy el teniente Claudio Romero y transmitimos desde la base Orestes, que está emplazada en este momento en la Alhambra de Granada, ahora zona militar protegida y punto tres del Plan de Recuperación en Andalucía. ¿Desde dónde emiten ustedes?
– Buenas noches teniente, transmitimos desde los estudios de Canal Sur en las afueras de Málaga, pero estamos aquí de paso, yo y dos compañeros.
Se escuchó un fuerte carraspeo.
– Por los clavos de Cristo, ¿de paso, dice?
Sombra, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada para interpretar bien las palabras, rió brevemente.
– Verá teniente, nuestro campamento está en Málaga, en la Ciudad Deportiva de Carranque, y ahora estamos a unos… -calculó a ojo-… doce kilómetros de distancia. Hemos venido para intentar emitir por radio.
– No podrán -dijo Romero con sequedad- no hay repetidores que funcionen en toda la provincia.
– Eh, bien, pero no lo sabíamos.
– Me tiene usted confundido -confesó el teniente a continuación-. ¿Cómo es la situación allí, cómo han podido recorrer doce kilómetros entre los zombis?
Aranda suspiró. Como ocurrió en el aeropuerto, una diminuta pero estridente voz en su interior le chilló: ¡Cuidado! pero un instante después decidió, casi de forma inconsciente, que no iba a seguir su sexto sentido esta vez. Lo había conseguido, lo tenía ahí delante; era lo que buscaban. La voz había cabalgado sobre las ondas electromagnéticas de la Tierra, rebotado en la ionosfera y permitido el milagro de la comunicación humana, y ahora los reductos civilizados que subsistían sabían al fin de su existencia. Y con lo que llevaba dentro, con la cepa controlada de Necrosum, ¿no sería posible comenzar verdaderamente la reconquista? Si los científicos y gente cualificada como Jukkar lo examinaban, ¿podrían finalmente determinar si estaba en peligro, o no, y comenzar a inocular a otros seres humanos; retomaría el hombre poco a poco las ciudades, el control de las cosas?
Entonces, tras disipar el relámpago de duda, relató por tercera vez en el día la historia que iniciara el doctor Rodríguez con sus investigaciones. Cuando terminó, hubo un lapso de silencio.
– ¿Sigue usted ahí, teniente? -preguntó al fin.
– Sí, seguimos aquí -dijo Romero. -Es un poco difícil de entender lo que usted ha explicado.
– Sí.
Pero Jukkar, que había estado jugando con sus propias manos todo ese tiempo, se adelantó un par de pasos y se inclinó sobre el micrófono.
– Buenas noches, teniente. Me llama profesor Jukkar Kanninen y soy experto en Epidemiología e Investigación Clínica por mi Universidad de Helsinki, ¿usted escucha bien?
– Buenas noches, profesor -contestó Romero tras una nueva pausa-, yo le escucho perfectamente.
– Yo me alegra. Yo debo decir a esto, yo investigado mucho sobre el virus H1N9 que luego nossotra llamamos Necrosum, ¿usted conoce?