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– Continúe -dijo el teniente, ahora con cierta prudencia.

– ¡Claro! Yo colabora con su gobierno desde mes de Septiembre en instalaciones en Marbella sobre primero casos, porque H1N9 tenía base de otros virus anteriores que yo descubro en Noruega y también en Groenlandia. Mi trasladaron en Octubre a ereopucrto donde yo debía volar a Madrid para continuar trabajo pero entonces todo kaput, y desde entonces yo no puede tomar contacto. Yo puede dar nombre código de operación que a mí asignada para que usted comprueba, porque lo que señor Aranda ha comunicado a usted es mucho muy cierto, ¡que yo vi con ojos propios! Él puede realmente andar entre muertos.

– Eh… de acuerdo, señor… ¿cómo ha dicho que se llamaba?

– Profesor Jukkar Kanninen.

– ¿Jucar… Quenine?

– J-U-K-K-AR K-A-N-N-I-N-E-N.

– ¿Ha apuntado eso? -preguntó el teniente en voz baja, como si hablara a alguien más en la habitación. -Ok, lo tenemos. Por favor, no mencione su código de operación, ésta es una frecuencia abierta.

– ¡Muy bien!

– Teniente Romero -dijo Aranda entonces, acercándose al micrófono-. ¿Cómo está la cosa por allí, por qué no han venido todavía a Málaga?

– Eh… verán… todo ha sido más complicado de lo que parece. Esas cosas casi acaban con nosotros. Fue muy complicado organizarlo todo, el país estaba desmembrado, sin gobierno, sin altos mandos militares, sin comunicaciones, sin ayuda internacional por supuesto, porque el mundo estaba igual que nosotros. Ningún plan de contingencia sirvió, porque no había estructuras básicas que los hiciesen posibles. La protección civil estaba transferida a las comunidades cada una con sus medios y planes, por lo que hubo un caos horrible. Las poblaciones que resistieron mejor acabaron pasando hambruna y enfermedades. Las características del enemigo nos superaron: no se cansan, son difíciles de matar, nunca interrumpen un asedio. Fueron las Fuerzas Armadas y en particular nosotros, la UME con nuestras divisiones NBQ las que poco a poco retomamos el control, estableciendo un Plan de Recuperación por provincias allí donde ya había reductos más o menos importantes. ¿Ustedes no han tenido ninguna noticia de todo esto?

– No, ninguna -comentó Aranda.

– Bueno, larga historia en pocas palabras. Hace solamente un mes que llegamos a Granada. Por un tiempo nos concentramos en Madrid y conseguimos recuperarla. Fue el centro de operaciones de todo, y allí activamos la Sala de Crisis. Pero después, no sabemos muy bien qué pasó, seguramente intentaron poner en marcha la central nuclear de Trillo, en Guadalajara, ya sin personal cualificado y reventó. Todos los expertos dicen que eso no funciona así; las centrales nucleares no explotan como las bombas, son de fisión lenta, y la fisión lenta no reacciona de esa manera por lo que ya entonces se habló de un acto de sabotaje. No puedo imaginar que alguien quisiera hacer eso. Lo cierto es que la bola de fuego tuvo un radio de tres kilómetros, dejando un cráter de sesenta metros de profundidad -el equivalente a un edificio de veinte plantas- y el pulso térmico produjo quemaduras de tercer grado a todos los que se encontraban a una distancia de catorce kilómetros.

"Las primeras veinticuatro horas fueron cruciales por la lluvia radiactiva, que se extendió y fue arrastrada por el viento más de doscientos treinta kilómetros hacia el oeste, con una franja de veinte kilómetros. Ya sabemos los síntomas que produce esto, sed intensa, vómitos, fiebre… también manchas en la piel debidas a las hemorragias subcutáneas. Por último diarreas, pérdida de cabello y hemorragias intestinales. Y después la muerte. Lo perdimos todo.

– Eso es horrible -dijo Aranda con un hilo de voz. Su imaginación conjuró rápidamente zombis iridiscentes, brillando con una trémula aura blanquecina por efecto de la radiación, en las calles de un Madrid contaminado.

– Sí lo fue -contestó Romero. -Así que una parte permaneció en Barcelona con la misión de expandirse hacia el oeste, y otra acometimos el Plan hacia el sur. En dos meses instalamos bases en Alicante, Murcia y Granada. En Valencia fracasamos, esa ciudad está completamente muerta. Desde aquí hemos sacado bastantes supervivientes de Jaén y Almería, y el Plan marcaba hacer vuelos de reconocimiento en Málaga y Córdoba en unos veinte días. Lamentablemente nuestros recursos son escasos, y en cada operación perdemos hombres.

– De cualquier forma teniente, es maravilloso escuchar que hay cosas en marcha a pesar de las malas noticias.

– Lo que usted nos ha contado hoy lo cambiaría todo ¿se da cuenta? -preguntó Romero, recuperando su ritmo lento.

– Me doy perfecta cuenta, por eso vine aquí tan pronto como tuve oportunidad. No es oro todo lo que reluce sin embargo, nuestro médico dice que existe la posibilidad de que Necrosum pueda acabar minando nuestro organismo, como parece que le está pasando al sacerdote. Sin embargo, no contamos con medios para hacer exámenes fiables.

– Entiendo, sin embargo es lo único bueno que he oído en todo este tiempo. Hay científicos en todo el mundo trabajando las veinticuatro horas, y lo único que han obtenido es el porqué, pero no cómo frenarlo.

– ¡Ellos averiguada porqué! -exclamó Jukkar, pero estaba demasiado alejado del micrófono para que el teniente Romero pudiera oírlo.

– ¿Y cómo está el resto del mundo, teniente? -preguntó Aranda vivamente interesado en todo lo que Romero estaba aportando.

– Todo está igual por lo que sabemos, con la notable excepción de los países nórdicos, el frío no les sienta bien a los muertos: se vuelven lentos y se congelan durante las noches. Las nevadas los dejan aletargados, tiesos como postes de electricidad. Pero cuando la temperatura aumenta, vuelven a la carga. Sin embargo, hasta el lugar más maravilloso del mundo deja de serlo cuando la gente se entera de su existencia. En los Estados Unidos, tan pronto observaron el fenómeno, la gente emigró masivamente al norte. Alaska, Canadá, se volvieron lugares masificados y hay serios problemas para abastecer a la población. Miles mueren diariamente. Han cerrado las fronteras, pero no pueden contener a la gente que arrastra sus pertenencias y familias. Por lo que hemos oído, hubo grandes matanzas de civiles.

– Siento oír eso -dijo Aranda, pensativo.

– De cualquier forma, ahora lo importante es sacarles a ustedes de allí.

Sombra escuchaba la historia con los ojos y la boca abiertos. Era como un serial radiofónico, el argumento delirante de una de esas películas catastrofistas que Hollywood producía con regularidad. La sensación que tenía era, por tanto, de estar inmerso en una historia surrealista que empezaba a escapársele. Su mundo era simple y pequeño, y así era como quería que fuera. Nunca había salido de España, nunca había pensado qué ocurriría en otras partes del mundo. Una cosa era vivir la propia experiencia personal, el día a día, y otra aprender que todo el planeta sufría los mismos problemas.

Estaba arañando la superficie de ese nuevo concepto que se abría en su mente cuando escuchó un ruido sordo. Se giró por instinto para encontrarse con la puerta de entrada que habían cerrado tras de sí. Un nuevo golpe la sacudió, y la hoja tembló en los goznes.

Levantó una mano para apoyarla sobre el hombro de Aranda, que seguía hablando animadamente con el teniente Romero.

– Juan -dijo. -Están… ¿Alguien está llamando a la puerta?

Aranda se giró para mirarle.

¡BUM, BUM!

El sonido era ahora más intenso. La puerta cimbreaba como si al otro lado, se estuviera levantando un temporal.

– No llaman a la puerta, Marcelo -dijo Juan con la boca repentinamente seca. Sombra buscó sus ojos.