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– ¿Qué hacía ella antes? -preguntó Moses después de dejar pasar un breve lapso de tiempo.

– Bueno. No estoy seguro. Creo que mencionó algo relacionado con… -dudó un instante- profesora deportiva, pero tendrás que preguntarle a ella.

Moses asintió.

– Quizá deba ponerme en forma -dijo entonces, cogiendo uno de los rifles y sopesándolo en las manos.

– Eso estaría bien -dijo Dozer, dándole una palmada en la espalda.

– Bueno, vamos a lo siguiente.

* * *

Lo siguiente les llevó directamente al tejado de uno de los edificios principales de Carranque, al que se accedía por una pequeña escalera de servicio. El sol del mediodía calentaba confortablemente, pero allí arriba el viento frío se acusaba con más intensidad y les congelaba las mejillas y las orejas.

La vista, sin embargo, representaba un cambio importante. Confería una cierta sensación de libertad, con una panorámica diáfana de los edificios circundantes que se erguían, silenciosos, cuan altos eran. Las ventanas oscuras sin embargo, eran como ojos ciegos, testigos mudos del inimaginable destino que la raza humana había sufrido.

Moses inspiró profundamente.

– Me gusta este sitio -dijo Dozer. Metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó una pequeña hoja plegada cuidadosamente sobre sí misma, un paquete de Benson & Hedges y un mechero. Encendió un cigarro, cubriéndolo con la mano para parar el viento.

– No sabía que fumaras -comentó Moses.

– Es un viejo vicio. Lo dejé un tiempo, pero es como dice la canción, un viejo amor al que se acaba volviendo. De todas formas, qué coño, ¿crees que en este mundo en el que vivimos ahora hay sitio para ancianos longevos? -rió con una mueca torcida que Moses no supo interpretar-, diría que no.

– No lo había pensado así…

– En fin -dijo, tras darle una intensa calada al cigarro. Desplegó la hoja con un rápido movimiento y se puso al lado de Moses para que pudiera verla. Contenía un esquema dibujado a mano, un mapa de la zona con un pequeño diagrama con notas. Se trataba de un registro de las actuaciones del Escuadrón en los edificios que rodeaban la ciudad deportiva, una actividad a la que se habían dedicado antes de que el doctor Rodríguez trabajara en la vacuna, como parte de un plan de ampliación del perímetro de seguridad. Utilizaban las alcantarillas para acercarse a los portales lo más posible, y los limpiaban de caminantes. Luego, los clausuraban.

– Veamos. Éste de ahí está limpio -dijo señalando un edificio cercano- y también aquellos dos de allí. Y luego, aquél, el grande, y los dos que están a su derecha. Y… eso es todo.

– ¡Fantástico! -comentó Moses, estudiando el plano. -¿Qué son estas notas? -dijo, examinando los símbolos laterales que Dozer había dibujado.

– Bueno, son cosas interesantes que hemos encontrado en las viviendas. Allí siguen. Éste símbolo es de medicinas, éste de agua cuando la encontrábamos en grandes cantidades. Ni te imaginas las cosas que guarda la gente.

– Entiendo, vaya si habéis estado ocupados.

Dozer sonrió, arrancando un fulgor incandescente a la punta del cigarrillo.

– ¿Cuál es tu plan, entonces? -preguntó, soltando una bocanada de humo dulce y sofocante.

Moses estudió el plano antes de contestar. Miraba alternativamente la hoja de papel y los bloques de viviendas que les rodeaban.

– Ese de ahí -dijo, señalando al más cercano. Era un edificio de ladrillo visto en forma de tríptico, con la parte central más alta. Las otras dos alas estaban giradas ligeramente hacia ella. -Ése es nuestro Álamo.

– ¿Álamo?

Moses le dio una sonora palmada en la espalda.

– ¡La batalla por la independencia de Texas, amigo! Seguro que viste la película de John Wayne al menos. Cuatro mil soldados del ejército mexicano contra una milicia de secesionistas texanos, en su mayoría colonos. Se atrincheraron en la misión de El Álamo, en lo que hoy es el estado de Texas, utilizando algunas casas de sus cercanías como los primeros bastiones en su defensa. Y eso, amigo mío, es lo que haremos nosotros.

Su sonrisa era ahora radiante, pero Dozer le miraba intentando todavía comprender.

– Vamos, piensa un poco. La última vez casi sucumbimos. Triunfamos, sí, pero de puro milagro. De hecho, creo que Dios puso unas cuantas Reinas Blancas en el tablero para compensar que el Rey Negro se había vuelto loco, ¿sabes lo que quiero decir?

– Nuestro sacerdote.

– Justo. La cosa acabó bien, pero también pudo haber salido… mal. Muy mal. Tú estabas en el hospital con las costillas trituradas, y seguro que te sentiste atrapado cuando esas cosas entraron allí.

– Oh, joder, sí -respondió brevemente. Se acordaba demasiado bien de aquellos momentos, fosilizados en su memoria como fotografías de gran nitidez.

– En el edificio principal fue igual. Estuvimos tan acorralados como tú. Tenías que haber visto a José disparando a los espectros en la escalera, sujetando un colchón para aguantar la horda de zombis.

– Oh tío -dijo Dozer, riendo de repente. -Joder, sí. Si vieras cómo nos lo contaba cuando reunió valor para hablar de ello.

– Sí, en el recuerdo todo mejora, pero aquella noche la escalera era la única vía hacía la salida. Si no hubiéramos conseguido llegar abajo, todo habría acabado.

Dozer percibió el tono serio del marroquí y recuperó la compostura, apurando elcigarro con una última inhalación.

– Así que -continuó Moses- ese edificio de ahí es nuestro plan de evacuación, nuestro Álamo, un refugio donde poder volver la mirada si todo se tuerce.

– Entiendo -exclamó Dozer, pensativo.

– Quiero que trabajemos en eso. Quiero que el camino vaya directamente desde aquí, a ese edificio, por las alcantarillas. Cuando tengamos eso, más adelante, podríamos habilitar una de las viviendas como almacén y tener allí víveres, agua y armas.

– Uh… -exclamó Dozer, pensativo-, ¿todo eso merecerá la pena?

– ¿Qué quieres decir?

Dozer apoyó ambas manos contra la barandilla y miró a la calle. Allí, los muertos caminaban errantes, omnipresentes, celosos guardianes sin saberlo de las vidas de algunos de los últimos supervivientes de Málaga.

– Pensaba en Aranda -contestó Dozer- en la vacuna, ya sabes. Dentro de poco, creo que todos podremos andar entre ellos sin riesgo. Bueno, quiero decir, ése es el plan, ¿no?

– Ése es el plan -contestó Moses.

Pero algo en su voz le dijo que él no creía en ello, y ese conocimiento minó su propia esperanza como un alto explosivo que estalla en los mismos cimientos de un poderoso edificio. La vieja perspectiva de vivir para siempre en una ciudad deportiva rodeados de cadáveres que han vuelto a la vida se le echó encima como un lobo hambriento y terrible.

– Está bien -dijo con cierto desánimo. -Echaré un vistazo con los chicos, a ver cómo podemos comunicar el alcantarillado con el portal.

Y como si fuera una especie de advertencia llegada de entre las calles de la misma ciudad, una súbita ráfaga de viento, inesperada y gélida, les arrancó un escalofrío.