No es alguien llamando a la puerta. No es el vigilante, que viene a ver qué coño pasa. El vigilante pasea quizá por Calle Larios con un coágulo negro e hinchado bajo la lengua y el andar lento y azaroso de la vida más allá de la muerte. Son ellos, esas cosas, los zombis. La luz los despertó, y la radio los ha traído hasta aquí.
– ¿Hola? -preguntó el teniente a través de los altavoces.
– Eh… teniente… -dijo Aranda, dubitativo- creo que tenemos compañía.
– ¿A qué se refiere? Oh,¿se refiere a…?
¡BUM, BUM!
– No se retire, por favor -dijo Aranda, incorporándose de la silla.
Sombra preparó la ametralladora que llevaba colgada en su hombro, olvidada hasta ese momento, pero Juan levantó una mano en el acto indicándole que esperara.
¡BUM!
– ¡Marcelo! -dijo Jukkar. -¡Dispara través de la puerta!
– Pero -balbuceó Sombra-. ¿Y si…?
– ¡Dispara, Marcelo! -pidió Aranda.
– ¿Y si no son zombis? -gimió Sombra, pasando la mirada de uno a otro.
Aranda pestañeó. Así es como perdimos, así es como los zombis ganan la batalla.
– ¡Por el amor de Dios, Marcelo, son zombis!
¡BUM, BUM!
Sombra apretó el gatillo y una ráfaga de disparos voló en dirección a la puerta. Dos de ellos arrancaron la madera alrededor de los agujeros que las balas dejaron en la puerta, y otros dos fueron a parar a la pared donde una pequeña nube de yeso salió despedida al instante. Hubo un momento de intensa expectación durante el cual nadie dijo ni hizo nada, arropados por la estática que surgía de la emisora de radio. Por fin, la puerta volvió a sacudirse.
¡BUM, BUM!
– ¡Dispara más arriba, intenta calcular un disparo a la cabeza!
Pero ya no hubo tiempo para más. De pronto, la puerta se abrió violentamente, incapaz de resistir los formidables envites de los muertos. Eran al menos tres, dos hombres y una mujer; y tan pronto el paso estuvo libre se lanzaron hacia el interior. Sombra reaccionó en el acto apretando de nuevo el gatillo y dejando que la ametralladora escupiera una tormenta de balas. El sonido fue poderoso y terrible, y Jukkar, sin poder evitarlo, agachó la cabeza entre los hombros.
Las balas impactaron en los muertos, arrancando trozos de ropa y descarnándolos. Una fina lluvia de sangre brotó de cada una de las heridas. Se agitaron como sometidos a un baile demencial, sacudiendo los brazos alocadamente sin poder avanzar pero sin detenerse. La mandíbula de uno de ellos saltó por los aires, dejando expuesta una lengua atroz que se agitaba como un extraño gusano, tumefacto y violáceo. Otro perdió la mano, primero cuatro de los cinco dedos, después la palma entera desgarrada por los proyectiles que volaban zumbando por el aire.
Cuando la ráfaga cesó después de unos interminables segundos, Aranda se fijó en las caras de los zombis que parecían luchar por mantenerse en pie. La sangre los cubría casi completamente, y sus piernas resbalaban en el plasma inmundo y oscuro que se había creado en el suelo. El olor a hierro y óxido los abofeteó, espantoso, cerrándoles la garganta.
Dios mío. Dios mío, mira eso, están confusos, casi sorprendidos. ¿Qué pensarán, sentirán dolor? ¿Experimentarán también ellos el miedo al olvido eterno, a la muerte tras la muerte?
Pero cuando apenas había terminado de esbozar esos pensamientos, el primero de los espectros se lanzó hacia delante con las manos extendidas y se precipitó encima de Sombra. Éste cayó hacia atrás incapaz de soportar la tremenda embestida. El arma se disparó en su mano y describió una parábola que acabó desgajando la pintura y la escayola del techo, que cayó sobre ellos formando una nube blanca.
Aranda no perdió el tiempo: se acercó al espectro y lo cogió por las axilas intentando mantenerlo alejado de Marcelo. No era una tarea fácil, era como sujetar un odre de vino que pierde líquido por una desmesurada cantidad de agujeros. Estaba empapado en sangre y resbalaba cuando se agitaba; el olor era repulsivo, metálico, penetrante. Detrás de él Jukkar había cogido la silla y la sujetaba con ambas manos preparado para resistir el ataque de la mujer que venía detrás, bamboleándose con paso errático. Una cascada de sangre corría por la mandíbula y el cuello, manchando su camisa blanca de ejecutiva.
Sombra, de alguna manera, había interpuesto el fusil ametrallador entre él y el zombi, lo que impedía que sus dentelladas lo alcanzaran; tenía el rostro arrugado y mostraba los dientes, esforzándose por mantener el mismo nivel de resistencia en todo momento.
Aranda se giró, nervioso por controlar al tercer zombi. Si dos de ellos iban a por Jukkar a la vez se vería completamente superado. Al volverse, vio al cadáver caer pesadamente sobre el suelo, de bruces, y allí se quedó. Ni siquiera adelantó los brazos para amortiguar la caída. Estaba muerto; una de las balas había entrado limpiamente por encima de la ceja izquierda y le había atravesado el cerebro.
Mientras tanto, la mujer estaba ya encima del finlandés. Jukkar tenía dibujada en su rostro una expresión sublime de horror, pero conseguía mover la silla de forma que sus patas mantenían al monstruo apartado. En un momento dado, el espectro cogió una de esas patas con fuerza y tiró hacia sí; la silla escapó con violencia de las manos del profesor y fue lanzada a la otra punta de la habitación. La mujer chilló, y el grito brotó burbujeante y denso, como si el aire tuviera que pasar por entre espesos cuajarones de sangre.
Jukkar soltó un alarido de pánico: fue un grito agudo y estridente. En los altavoces, el teniente Romero, que lo escuchaba casi todo exclamó algo con la voz sobrecogida, pero nadie lo escuchó.
Juan, determinado a ayudar al doctor soltó al espectro de repente y Sombra sintió sobre sus brazos todo el peso y la fuerza monumentales del zombi. Era como si pesase cien kilos, y a cada segundo que pasaba, la presión parecía redoblarse. Gritó, quizá para hacer acopio de toda su energía, y consiguió contraer las piernas para interponerlas entre él y su enemigo. Quería empujarlo hacia atrás para disponer de tiempo para apuntar, pero sus brazos estaban trabados con fuerza y sólo consiguió levantarlo en el aire. Al estirar las piernas, el zombi voló por encima de él y cayó con estrépito sobre la mesa donde reposaban los micrófonos detrás de su cabeza. El tablero de madera se venció, derrumbándose sobre los ordenadores que emitieron un par de pitidos antes de quedar aplastados. También la estructura metálica donde estaban ancladas las pantallas se vino abajo, y éstas cayeron encima del espectro en medio de una explosión de chispas y fogonazos formando una algarabía tremenda. El zombi se puso tenso, con los brazos extendidos y los dientes apretados; el blanco de sus ojos daba la sensación de refulgir con luz propia, y el aire se incendió con el olor a quemado, a goma arrastrada por la carretera. Después hubo un intenso chispazo en algún lugar de la pared y un par de cables salieron despedidos, como látigos ennegrecidos, para quedar colgando, fláccidos, fuera de la canaleta que los protegía.
El zombi se relajó y se quedó inmóvil, destartalado. Un humo blanco y denso resbaló de sus ropas y empezó a elevarse, perezoso, en el aire. El cortocircuito le había frito el cerebro.
En el lado opuesto, Aranda sujetaba a la mujer con ambos brazos. Ésta se debatía con tremenda violencia luchando por escapar de la presa que la atenazaba. Juan respiraba con extrema rapidez, por la boca, jadeante.
Sombra se incorporó empapado en sangre y se miró las manos manchadas. Era sangre, pensaba con febril excitación, sangre de esas cosas infectadas. Juan tuvo que llamarlo a gritos para recuperarlo de su estado de shock.