¡Disparos! Eran las ratas sin duda alguna. Enseñó los dientes perfectos. Los sonidos le llegaron en rápida sucesión.
Corrió hacia la terraza y se asomó al pequeño balcón mirando alrededor con enfervorizada ansia. Los vio rápidamente, un hombre y una mujer que abandonaban las alcantarillas y disparaban contra sus ejércitos. Las alcantarillas, se dijo mordiéndose la lengua sin sentir dolor. ¿Sus tretas no tendrían fin?
Apuntó con cuidado, empuñando el arma con ambas manos. Su pulso era excelente, gracias a Dios por los pequeños favores, así que se aseguró de tenerlos centrados en la mirilla y apretó el gatillo.
Fue Susana la que percibió el impacto en el suelo. Produjo un ruido crujiente e hizo saltar pequeños trozos de pavimento. No tuvo ninguna duda; si algo había visto en los últimos meses eran disparos de bala contra todo tipo de superficies.
Retrocedió un par de pasos, pasándose una manga por los ojos para enjuagar las lágrimas.
– ¡José! -llamó, pero éste seguía nublado por el arrebato de ira, gritando y disparando sin tregua.
– ¡JOSÉ!
José se volvió encendido de cólera. Sus ojos estaban enrojecidos y reflejaban una tensión inconmensurable. Susana no recordaba haberle visto nunca esa expresión.
– ¡Nos están disparando!
De pronto se escuchó un disparo lejano y José retrocedió dos pasos, como si le hubieran empujado. Susana gritó creyéndole alcanzado, pero José recuperó el equilibrio y se llevó la mano al hombro.
– ¿Qué cojo…? -dijo examinándose el brazo. La tela se había rasgado y la sangre empezaba a mancharla. Instintivamente arrancó el trozo de la camiseta para examinarla, pero descubrió que era superficial, apenas un rasguño; el disparo le había pasado rozando.
– ¡Allí! -exclamó entonces Susana que mientras tanto había estado buscando alrededor. José miró en la dirección que señalaba, y allí, asomado a uno de los balcones del edificio más cercano vio una figura conocida con ambas manos apoyadas contra la barandilla. Del interior de la vivienda salía una pequeña cantidad de humo oscuro.
– Dios mío -dijo Susana-. ¡Es Isidro!
– ¡Ese hijo de puta! -bramó José dejando que algunas partículas de saliva escaparan de su boca. Sin perder un segundo le apuntó con el rifle y disparó. Un único tiro, pero le alcanzó en mitad del pecho. El golpe fue tremendo, y el padre Isidro trastabilló hacia atrás con los brazos extendidos, y se estrelló contra el cristal de la vidriera desapareciendo de su vista.
– ¡Le has dado! -dijo Susana con entusiasmo.
– ¡Sí! -dijo José. -En pleno pecho, si sobrevive a eso me como un cargador.
– Es el Álamo, ¿cómo no lo pensamos antes?
– Sí ¡es verdad, quizá quede alguien en el edificio!
– No lo creo, con ese cabrón allí -dijo Susana funesta.
– ¿Crees que ha sido él quien…?
– Quién si no -dijo Susana mirando ahora a los zombis que se le acercaban desde todas direcciones, tan rápidos como cada uno podía. -Pero movámonos, esos mierdas están ya casi encima.
José asintió.
– Al Álamo -dijo. -¡Por el parking!
Descendieron de nuevo a las alcantarillas y avanzaron a la carrera por los túneles hacia los sótanos del edificio. Estaba oscuro como boca de lobo, pero habían aprendido a orientarse gracias a sus incursiones por los edificios aledaños y no tardaron en llegar a su destino. Desde allí, cruzaron por el corredor y pasaron junto a la escalera cegada por los escombros en dirección a la brecha. Susana dio un respingo; tan solo aquella mañana esa misma escalera era parte de su hogar, y ahora estaba sepultada por toneladas de piedras y retorcidos hierros.
Desde ese punto extremaron las precauciones. Ninguno lo dijo, pero se sentían cojos y tuertos sin el grupo completo, y a pesar de la intensidad de los momentos que vivían una sombra de tristeza cruzó sus corazones. Para Susana, era como haber perdido los hermanos que nunca tuvo, y parte de su vida por añadidura. Tuvo que reinventarse a sí misma cuando la Pandemia comenzó, porque su otro yo, ahora lejano, no hubiera sobrevivido tal como era. Todo eso se lo dieron ellos, José, pero también Uriguen y Dozer. Ahora el camino que le quedara por recorrer, fuera mucho o poco, jamás sería el mismo.
En el parking había zombis como habían temido, pero no tantos como la primera vez. Alguien había retirado la furgoneta que el propio José había cruzado sobre la rampa de acceso. Trabajaron en equipo cubriéndose el uno al otro sin decir palabra. Solo los restallidos de los rifles y los gruñidos de los muertos rompían la lúgubre quietud de aquella tumba anónima que una vez fue parte de sus vidas.
Avanzaron hasta la furgoneta y José volvió a colocarla en su sitio haciéndole avanzar de nuevo los tres metros que faltaban para que topara con la pared.
– Vamos, arriba -dijo José al bajar de la cabina- y reza, por Dios, reza por que quede alguien.
Acabar con los espectros que deambulaban por el portal fue sencillo: los pasillos y la escalera eran estrechos y los encaraban de uno en uno. En la mayoría de los casos, empleaban una única bala que entraba limpiamente en sus cabezas y las hacían sacudirse como macabras maracas. En poco tiempo, se encontraban ya en el primer piso. Olía a humo, como casi todo, pero allí el olor era más intenso.
– Mira -dijo Susana en voz baja. -Esa puerta.
José miró en la dirección que le indicaba y le hizo un gesto para que esperase levantando su puño cerrado. Dentro había zombis, y también los restos aún humeantes de un aparatoso incendio. El techo y las paredes estaban negros por el hollín, y José pensó con el corazón encogido, que aquél no era el escenario donde encontraría a sus compañeros.
Hizo tres disparos, y los zombis cayeron pesadamente al suelo. Después, avanzó despacio por el recibidor en dirección al salón. No bien había entrado en él con el rifle por delante, cuando un golpe fuerte e inesperado en el cañón del arma le hizo soltarla. Acto seguido, una figura alta y delgada saltó desde su izquierda hasta ponerse delante. Su corazón se aceleró, sobresaltado. Demasiado tarde reconoció al padre Isidro en aquel rostro ceniciento, una calavera humana con los cabellos blancos pegados a la frente y despeinados en varias direcciones. Sus ojos blancos, que creía característicos de los muertos vivientes, parecían irradiar luz propia.
– ¡Jod…!
Pero no pudo decir más. Recibió un puñetazo en plena mandíbula y cayó hacia atrás cegado por un dolor intenso que le hizo perder momentáneamente la visión.
Susana estaba detrás, al otro lado de la puerta, de manera que quedaba enfrentada con el padre Isidro en línea recta. Estaba estupefacta: el sacerdote estaba erguido sobre sus piernas, con su sotana sucia y raída, y ambos brazos extendidos hacia abajo, con los puños cerrados en actitud desafiante. Además, acababa de asestarle a José un golpe sensacional. Era imposible, ella misma lo había visto caer hacia atrás por el impacto.
Se aprestó a disparar con el rifle pero el padre Isidro se giró con la rapidez de una centella. Casi había conseguido escabullirse cuando su disparo le alcanzó en el brazo antes de desaparecer de su vista. Avanzó por encima de los restos del incendio y se agachó junto a José para tenderle una mano, sin dejar de apuntar a la entrada del salón.
– ¿Estás bien?
– Coño -soltó José, pasándose una mano por la mandíbula. Su ojo derecho era un charco sanguinolento-. Casi me tumba.
– Es él, Isidro -repuso Susana vigilando también su espalda. Era muy consciente que la zona no estaba limpia del todo, y que los zombis podían aún sorprenderlos.