Dios era misericordioso; siempre perdonaba y siempre proveía.
Tras saltar por el balcón y caer pesadamente al suelo, se había puesto en pie creyendo que había subestimado el poder que Él había puesto en sus manos. Eran apenas seis metros de altura, pero el golpe fue tremendo, y por un momento una negrura infinita nubló su visión. Le costó un poco restaurar el equilibrio, y temió por un hueso roto o algo peor, pero después de unos instantes, estaba en marcha de nuevo, incólume. Elevó una plegaria, suplicando clemencia por haber dudado del don sobrenatural que le había sido concedido. ¿Quién era él para dudar de Su obra, de Su poder infinito?
Había tenido que saltar, sí. El segundo disparo en el pecho no le había hecho más que salir despedido hacia atrás; ni siquiera había sentido dolor. Pero las balas eran peligrosas. Demasiado bien sabía que un impacto directo en la cabeza acabaría para siempre con su Misión, lo que para él tenía cierto sentido. El alma, se decía, está cargada de sentimientos y sensaciones que se producen en el cerebro, botón de arranque de cualquier cosa que pueda sentirse. Sin el cerebro, el alma escapa hacia los cielos, libre ya de las ataduras terrenales.
Y aquella zorra tenía un arma.
Había prometido a su Señor esforzarse aún más, pero le pidió una nueva gracia. Le pidió que le proporcionara algo con lo que hacer frente a los impíos, como cuando puso en su camino explosivos para volar los túneles por los que las ratas escapaban, hacía ya bastante tiempo.
Desde entonces había buscado por todas partes, sin saber muy bien qué. Anduvo por las calles y husmeó en los locales comerciales, en el interior de las casas que encontró abiertas y hasta espió a través de los cristales de los vehículos abandonados, tan empolvados y grises que apenas se diferenciaban unos de otros.
La noche avanzaba rápido, demasiado rápido, y cuando el nuevo día empezó a clarear ligeramente la oscuridad del cielo, se desesperó. Fue justo entonces cuando lo vio, allí mismo, a su alcance. Era un policía que andaba erráticamente a su lado, con los huesos de las costillas asomando por una herida monstruosa. En su cintura, la culata de su pistola Glock reglamentaria asomaba en su cartuchera.
Se la arrebató con un movimiento rápido y la inspeccionó. No sabía mucho de armas, pero se las ingenió para separar el cargador en cuyo lateral había quince agujeros numerados a través de los cuales se podía ver una bala en cada uno. Probó a disparar al policía, y la pistola tronó con un centelleo fulgurante. El espectro se estremeció, sacudiendo la cabeza y abriendo la boca como respuesta al estímulo sonoro.
Aunque parecía hecha de plástico y daba la impresión de ser demasiado liviana para parecer real, resultaba perfecta. Catorce balas; más que suficientes para acabar con aquella putita y su amigo. Corrió entonces de vuelta al edificio y regresó al rellano del primer piso, sembrado con los cadáveres que los impíos habían eliminado.
Con extrema cautela, se asomó por el borde de la puerta y le bastó un segundo para reconocer la figura de uno de ellos, sentado en una butaca con un rifle entre las manos en línea recta con la puerta. Rápidamente, volvió a ocultarse. ¡Seguían allí! Contra todo pronóstico, seguían allí. Se cubrió la boca con una mano ahogando un inesperado brote de risa. Después, rodeó la isla central donde estaban ubicados los tres ascensores y se aprestó a esperar, con la pistola en la mano.
Dormid, ratas se dijo, el padre Isidro no duerme, no se cansa, no come, el padre Isidro puede esperar para siempre. Y cuando salgáis de vuestro agujero ¡el padre Isidro os dará caza!
Aquél iba a ser un buen día.
El amanecer.
A medida que el Sol empezaba a despuntar por el horizonte, entre nubes bajas de aspecto algodonoso, desgranaba destellos de un naranja coléricamente inflamado. Por fin, la esfera de un color bermellón rompió por encima, reduciendo la intensidad de su color hasta convertirse en un tono amarillo a medida que ascendía hacia el cielo. Las sombras eran largas pero sin sustancia, como los fantasmas de las que habrían de ser cuando el Sol estuviera más alto.
Isabel respiraba el fuerte olor del mar, embriagándose con su aroma penetrante, mientras conducía la moto de agua. Le parecía que el mar olía mucho más fuerte desde que el mundo se había acabado, pero eso le gustaba. Imaginaba que en unos años, podrían pescar piezas enormes con introducir la mano en la orilla, y ese respiro forzado a la naturaleza le parecía bien. Agradecía también el amanecer; limpiaba su alma y le traía un mensaje sutil que era solo para ella, y ese mensaje decía que después de la Oscuridad viene de nuevo la Luz.
Gabriel estaba subido a la moto, agarrado a ella con ambas manos. Ella tenía puesta una de las suyas sobre ellas, a modo de hebilla, y porque era agradable sentir su tacto suave bajo su palma cálida. En medio viajaba la pequeña Alba profundamente dormida y sujetada por ambos.
Eran las ocho y media de la mañana.
Llegaron a la playa de Huelin solo trece minutos más tarde. Isabel fue soltando el acelerador a medida que se acercaban a la orilla, y éste disminuyó su rugido hasta quedarse en un sonido crepitante y ronco. Cuando la moto topó con la arena y no pudo avanzar más, apagó el motor y agradeció el silencio de la playa y el murmullo suave de las olas.
Encontraron una tapa de alcantarilla mucho antes de lo que había previsto, todavía lejos de las figuras espectrales que se veían junto a los edificios entregados a sus erráticos paseos. Allí los túneles eran angostos y hediondos, y hubo que convencer a Alba con mil milongas para que entrara en ellos. Todavía somnolienta, accedió de mala gana entre protestas y sollozos.
Estaba muy oscuro, pero de tanto en cuanto una rejilla o una entrada de aguas a pie de acera les permitían avanzar un trecho a buen paso. Isabel tenía una excelente orientación, y caminaron un poco hacia el nordeste y luego hacia el norte. A medida que se acercaba a Carranque estaba más y más nerviosa, pues su corazón albergaba todavía una duda esencial sobre cómo pudieron secuestrarla en el mismo huerto. Su imaginación le traicionaba conjurando imágenes en las que Moses trataba de impedir el secuestro y era abatido por una rápida ráfaga de disparos. Lo veía bailar al son de las andanadas, y lo veía caer al suelo, ensangrentado, donde se estrellaba con un sonido acuoso.
Cuando acababan de pasar por un cruce de túneles de bastante anchura, se detuvo en seco. Alba se chocó con sus piernas.
– ¿Qué pasa? -preguntó la pequeña.
– Ssssh -dijo Isabel, imperativa, poniéndole una mano en la boca. Tenía la cabeza inclinada como para percibir mejor los sonidos. Creía haber oído algo, un ruido amortiguado que parecía venir de algún punto alrededor.
Entonces empezaron a escucharlo, un ruido todavía lejano pero que iba en crescendo aumentando su intensidad. Alba, a quien la oscuridad del túnel había tenido en vilo todo el tiempo, se agarró instintivamente a las piernas de Isabel. En seguida estuvo segura de qué se trataba: eran pasos, ¡pasos que se acercaban!
Su primera reacción fue pensar en zombis; espectros que recorrían los túneles inmundos, pálidos como la cera de una vela. Pero los pasos eran rápidos y uniformes no arrastrados y pesarosos, de modo que, en su interior, se permitió albergar un destello de esperanza. Su mente se volvió hacia el Escuadrón, habituados a rondar aquellos túneles inmundos.