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– Casi se nos escapa de las manos -dijo Susana entonces.

– ¿Quién podía prever esto? Su fuerza…

– Era como la de un zombi -terminó ella.

– Sí. Quizá lo era. O algo parecido. Nadie sigue estrangulando a alguien cuando ha perdido toda la mandíbula, ha sido escalofriante.

– No sé cómo ha funcionado este loco plan.

– Puse los ojos en blanco. Se lo tragó -dijo Moses, con un esbozo de media sonrisa dibujada en su cara.

– Está bien, basta de esto. Vámonos abajo, ¡vamos con los otros!

– S-sí -exclamó José, respirando hondamente.

Pero antes de bajar Moses miró hacia atrás al cadáver del sacerdote, que ahora parecía mirarle directamente a los ojos.

– Eso es por el Cojo, hijo de puta -dijo en voz baja, y desapareció por las escaleras.

* * *

Aranda casi había terminado de exterminar a los zombis cuando Susana, José y Moses aparecieron desde la parte de atrás por la misma abertura que utilizaran Reza y Dustin después de causar la espantosa destrucción de Carranque.

Apenas lo vio, Isabel corrió hacia él. Moses la esperó anegado en lágrimas con los brazos abiertos. Se abrazaron intensamente, y él buscó los labios de ella y los apretó con firmeza con los suyos, y así permanecieron unos instantes, olvidados incluso de respirar.

– ¡Estás viva! -exclamó Moses, sonriendo.

– ¡Tú también! -miró sus ropas desgarradas, sus brazos manchados y la venda en la pierna.

– Dios mío, ¿estás bien?

– Estoy bien, estoy bien, pero ¿dónde has estado? Tenía tanto miedo.

– Ya te lo contaré -dijo, y una sombra cruzó sus ojos, pero luego volvió a abrazarlo y a sentir su corpachón y otra vez experimentó una súbita alegría.

Después de un rato se encontraban todos reunidos. Los zombis habían sido expulsados de las pistas, uno a uno, y las verjas de la entrada aunque dobladas y arruinadas por efecto de la explosión, bloqueadas con grandes cascotes que arrastraron hasta allí. Habían recuperado parte de su hogar, aunque había sido destruido.

Isabel no contó su historia completa, tan solo la parte del rapto y de la valiente actuación de los niños. Por el momento, al menos, prefería guardársela para sí, pero entre los relatos que compartieron juntaron las piezas del puzzle que se había gestado a lo largo de la jornada. Habían sido solo veinticuatro horas, pero de las peores que habían vivido en toda su vida. La noticia de la caída de Uriguen y Dozer fue recibida con especial tristeza, y Susana volvió a sumirse en oscuros pensamientos, aunque no lloró; ya no le quedaban lágrimas.

Justo cuando Gabriel iba a hablarles del motivo que les había llevado a rescatar a Isabel, incluso temiendo que el extraño don de su hermana fuera recibido con suspicacia e incredulidad, escucharon un ruido extraño y lejano.

– ¿Qué es eso? -preguntó Aranda, incorporándose.

– Parece… -dijo Moses sentado junto a Isabel.

Pero no tuvo que decirlo.

Desde el este llegaban, inconfundibles en el cielo azul, dos helicópteros de color verde oscuro.

Hubo expresiones de asombro y gritos de franco júbilo. Moses e Isabel se abrazaron y Alba los miraba con la boca abierta, como si estuviera asistiendo a la mismísima cabalgata de gala de algún parque de atracciones de Disney. Sombra y José empezaron a dar saltos, sacudiendo los brazos para hacerse ver. Pero no hacía falta: los helicópteros viajaban directamente hacia ellos.

Levantando grandes polvaredas los aparatos comenzaron el descenso en mitad de las pistas, a unos veinte metros de donde ellos estaban. Se cubrieron los ojos con los brazos, aunque en las sombras que éstos proyectaban sobre sus caras despuntaban las sonrisas luminosas.

Los primeros en descender fueron dos hombres vestidos con los uniformes del Ejército equipados con subfusiles, que avanzaron unos metros y se quedaron a cada lado, protegiendo el perímetro del helicóptero. Después bajó otro hombre, que se dirigió resueltamente hacia ellos.

Juan ya sabía quién era; lo había intuido desde el mismo momento que vio los helicópteros, al fin y al cabo, fue él mismo quien le reveló su posición.

– Buenos días -saludó el hombre al acercarse, levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido de las hélices, que no se habían detenido-. ¿Están ustedes bien?

Hubo síes y comentarios mezclados; todos querían hablar a la vez presas de la excitación.

– Muy bien. ¿Alguno de ustedes es Juan Aranda? -preguntó.

– Soy yo -dijo Aranda, acercándose más a él. -Usted debe ser el teniente Romero.

– ¡En efecto! ¿Cómo está usted? Es un placer verle por fin.

– ¡Han venido!

– Sí, hemos venido. Cuando la comunicación se cortó, temimos lo peor. -Echó un vistazo furtivo a las ruinas humeantes que quedaban tras el grupo de supervivientes. -No demasiado tarde, espero.

– No es culpa suya -dijo Aranda, mudando su expresión a una más grave. -Hemos tenido algunos problemas. Nosotros somos los únicos que quedamos.

– Entiendo -dijo el teniente. -Lo siento. Me dijo usted que eran unos treinta.

– Sí. Pero…

– ¿El sacerdote que me comentó, está vivo?

– No, ¡ha muerto! -dijo José.

– Oh. Eso es fastidioso. Teníamos un gran interés en él.

Sacó una pequeña libreta que tenía en el bolsillo de la camisa y, tras consultarla brevemente recorrió al grupo con la vista. Reparó en Jukkar inmediatamente.

– ¡Usted es Jukkar! -dijo.

– ¡Sí, sí, yo soy! -dijo Jukkar, adelantándose y saludando con la mano.

– Perfecto. Investigamos su nombre, los científicos que tenemos están deseando que se reúna usted con ellos.

– ¡Sí, yo encantada de colaboración! -exclamó torpemente, súbitamente ruborizado.

– Perfecto -contestó el teniente, visiblemente complacido-. Hemos traído dos helicópteros, ¿están listos para venir con nosotros?

– Estamos listos, teniente -dijo Aranda, sonriendo.

Otra vez compartieron abrazos y gritos de alegría, y uno tras otro fueron subiendo al helicóptero, con los cabellos tremolando enloquecidos por el fuerte viento que despedían las hélices.

En un momento dado, el teniente cogió a Aranda del brazo.

– ¡Tengo instrucciones de que usted venga en mi helicóptero, conmigo! -dijo entonces a voz en grito. El ruido de las aspas y el motor de los helicópteros era ensordecedor.

– ¿Ah? ¡Está bien…! -contestó Aranda, acompañando al teniente.

José fue el último en subir.

– ¡Tengan cuidado y abróchense bien los cinturones!

Los helicópteros eran de transporte de tropas, y la parte de atrás estaba abierta sin puertas.

Cuando despegaron, todos sonreían y se miraban con gestos felices, pero cuando los helicópteros viraron para girar tuvieron los restos de Carranque a la vista y la sonrisa se congeló en sus rostros. Nadie dijo nada, pero todos se despidieron de los compañeros caídos. Era lo que habían esperado tanto tiempo, y era terriblemente injusto que tras vivir escalofriantes episodios de supervivencia individual y resistir durante tres meses, les hubiesen rescatado un día después de perecer.

José había dejado su mochila en el suelo, a sus pies, pero con tan mala fortuna que al escorar el helicóptero, la mochila resbaló por su superficie y se precipitó al vacío.

En plena caída, la mochila se abrió desparramando su contenido. Entre los diversos objetos que parecían revolotear en el aire, el Diario del Capitán Diez cayó volteándose sobre sí mismo hasta chocar contra el suelo de la pista donde rebotó contra el suelo hasta tres veces y se quedó abierto, junto a uno de los cadáveres de los zombis. Una suave brisa se levantó de pronto e hizo pasar las páginas perezosamente, hasta que perdió fuerza y se paró.