Resultó un poco más complicado de lo que pensaban. El edificio estaba justo enfrente de la ciudad deportiva cruzando la calle, pero en el subsuelo se había construido un enorme parking público que cubría los cuatro carriles y cortaba todo el alcantarillado por esa zona. Los accesos al parking desde la calle se encontraban justo en la misma avenida donde Carranque tenía sus puertas, así que el número de espectros que se encontraban allí en todo momento era suficiente para desquiciar a cualquiera. Estaban a punto de escoger otro edificio, más lejano pero con un acceso más directo, cuando Moses tuvo una idea.
– Utilizaremos el explosivo plástico -dijo al grupo.
– ¡Guaaau! -aulló Uriguen, aplaudiendo. -¡Así se habla, amigo!
– Espera, espera -protestó José-. ¿Explosivo plástico dónde, qué me he perdido?
– Eso… es interesante -dijo Susana, pensativa.
Moses le dedicó una sonrisa.
– Me sigues, ¿eh? He estado haciendo cálculos. Fui al sótano, al extremo más occidental y conté mis pasos hasta la superficie. Recorrí esa misma distancia desde la superficie hasta la verja, y me faltaron unos diez pasos para llegar al mismo punto, ¿sabéis lo que quiere decir?
– ¿Que cuentas con el culo? -dijo Uriguen, divertido. José le arrojó el envase de las galletas que había estado comiendo.
– Que el sótano llega más allá de la verja, imbécil -dijo.
– Claro -dijo Moses- pero allí está el garaje, ergo, sospecho que la pared de nuestro sótano da directamente al parking público, pared con pared.
– Oh joder, Mo -dijo Dozer, recostándose sobre su silla.
– ¿Alguien tiene experiencia con explosivos?
Todos se miraron, pero ninguno respondió, lo que naturalmente constituía una respuesta de por sí.
– Probaremos primero con una cantidad mínima, a ver qué pasa. Según los resultados que obtengamos, ampliaremos la cantidad de explosivo.
– Espera, espera… -se apresuró a decir Dozer -eso es… quiero decir, el explosivo plástico es de los más potentes que hay. Es mucho, mucho más potente que el TNT. Vaya, quiero decir que se diseñó en la Segunda Guerra Mundial con la expresa finalidad de volar puentes y edificios.
– Probaremos una cantidad mínima -le tranquilizó Moses- y si eso hace una pequeña brecha, aplicaremos ahí una cantidad similar.
El plan les pareció razonable, y dado que Aranda estaba ocupado preparando su partida, el grupo se puso a la tarea sin más dilación. El explosivo con el que contaban era del tipo C4, aunque no se indicaba en ningún sitio. El paquete, que venía envuelto en un nailon negro, era de un color blanco y se asemejaba más a la arcilla para modelar, aunque no tenía olor. Junto con éste había una especie de carrete con lo que supusieron era algún tipo de mecha, una especie de cobre recubierto de plástico amarillo y terminado en una cápsula de aluminio. También había un pequeño aparato de color negro con un par de aberturas en su parte inferior.
– Imagino que esta parte se mete en el explosivo y se activa por corriente eléctrica, a distancia -dijo Dozer, examinando el paquete.
– Tiene sentido, la corriente se transmite por los conductores hasta iniciar la carga primaria.
– ¿Y ese cacharro negro? -quiso saber Uriguen.
– El detonante, sí, seguro. Metemos el cable por aquí y se genera la chispa que detona la carga -contestó Dozer, dando vueltas al pequeño dispositivo en su mano grande y nudosa.
– ¿Seguro que es una buena idea? -preguntó Susana, a la que todo ese asunto, ahora que tenía el explosivo a la vista, hacía que le zumbaran los oídos. Pero ya habían comenzado a abrir el paquete, rodeados de un súbito y ominoso silencio.
– Hay un problema -comentó entonces José, examinando los fulminantes de aluminio. -Solo tenemos dos de éstos.
Moses dejó escapar una exclamación.
– Dos oportunidades, entonces -dijo.
– No podemos arriesgarnos, de todas maneras -dijo Susana- tendremos que continuar con el plan de usar sólo un poco. Esto cada vez me gusta menos -confesó.
– Siempre podremos terminar de agrandar el hueco con una machota, ¿no, pecholobo? -exclamó Uriguen, dándole una palmada en la espalda a José.
– Bueno ¿cómo lo llevamos, es inestable?
– No, no, este explosivo se hizo para la guerra. Ni siquiera una bala podría detonarlo. Joder, ¿crees que lo tendríamos aquí en un armario en caso contrario?
– No lo sé -dijo Uriguen con una media sonrisa. -Estaba acordándome de un episodio de Perdidos, donde el explosivo le explota en la mano a un tío y esparce trozos minúsculos de su cuerpo en todas direcciones.
Dozer soltó un bufido.
– Qué burro eres -dijo-. Eso era dinamita, y además había sudado nitroglicerina, lo que la hacía tremendamente inestable, por eso se suele almacenar en un frigorífico. -Por fin, cogió el paquete como quien coge una bolsa de arroz e hizo un gesto vago con la cabeza, una clara señal de que debían continuar. Cuando todos hicieron un amago de ponerse en marcha, José les interrumpió.
– Un momento -dijo- si vamos a abrir una brecha, ¿no debemos prepararnos? Es un parking público, apostaría la cabeza a que tiene que estar lleno de zombis.
– Bueno, no tan deprisa… -dijo Moses- sólo vamos a intentar abrir una brecha en el muro, a ver qué encontramos. Apostaría a que detrás de él hay un trozo de tierra y piedras, y después otro muro, que puede ser incluso más grueso, como son los muros de los parking. Esto es solo una toma de contacto, a ver cómo van las cosas.
– Vale -respondió lentamente.
Pero cuando todos salieron Susana dudó un momento; por fin, volvió sobre sus pasos y cogió su fusil. Su rostro albergaba una sombra de duda.
Bajaron a los sótanos con Moses en cabeza, y en apenas unos segundos llegaron a la habitación, un recinto de apenas tres metros cuadrados en la que se almacenaban algunos productos de limpieza. La pared en la que estaban interesados, sin embargo, estaba libre de bultos.
– Es ésta -dijo Moses, pasando la palma de la mano por la superficie, como si buscara rugosidades o alguna grieta.
Uriguen se acercó a examinarla.
– A ver, nenas, dejadme ver eso -dijo. -Antes de ser brigada anti-zombi y muchas otras cosas, pasé unos años en la construcción.
– ¿En serio? -preguntó José, sorprendido.
– Yo he pateado más culos y meado más sangre que ninguno de vosotros, pecholobo -dijo riendo. Se acercó a la pared y la golpeó varias veces con uno de los cargadores que llevaba en el cinturón, lleno de bolsillos.
– Bueno, esperemos que no sea de hormigón, esos cabrones prefabricados rellenos llevan un forjado de hierro tanto en horizontal como en vertical, para que quede de una sola pieza. Y diría que eso es lo que tenemos aquí. Un muro de estas características debe soportar mucha presión, tanto la del peso del edificio como la presión externa y hacia dentro de la propia tierra. A eso hay que sumarle la humedad y las posibles filtraciones, tanto pluviales y similares, como las propias de la capa freática.
José soltó una sonora carcajada.
– ¡Hijo de puta! -dijo riendo-, ¿capa friki ha dicho?
Susana rió la broma con bastantes ganas.
– Bueno -dijo Moses, dejándose contagiar por las risas. -En realidad, ¿qué quiere decir todo eso?
– Pues que es un muro de padre y muy señor mío -contestó Uriguen mientras devolvía el cargador a su sitio.
Moses asintió.
– ¿Se puede intentar?
– No entiendo de explosivos -confesó Uriguen- pero diría que tendríamos que conseguir hacer brecha para introducir ahí el explosivo de verdad.