Mientras Dozer disparaba, José le gritaba a su lado.
– ¡Mira eso!
– ¡¿Qué?¡
– ¡Joder, mira!
Dozer giró la cabeza brevemente para mirar en la dirección que le indicaba su compañero, pero allí sólo vio una furgoneta grande con un logotipo en forma de sol sonriente.
– ¡QUÉ! -gritó Dozer, todavía sin comprender.
Un espectro emergió inesperadamente por la parte de atrás de un coche, situado demasiado cerca de su posición. Dozer disparó desde la cadera, una ráfaga larga que le reventó el abdomen y la espina dorsal. Cayó al suelo prácticamente partido por la mitad, plegado en una posición del todo inverosímil. Pero incluso entonces movía los brazos como intentando reptar hacia ellos. Sus ojos maliciosos parecían brillar en la oscuridad, colmados de una furia salvaje.
– ¡La furgoneta, coño! ¡Podemos bloquear la rampa con ella!
Dozer pestañeó, intentando evaluar sus posibilidades. No creía posible que pudieran hacer funcionar la reja metálica, y desde luego dudaba de que tuviera algún tipo de control manual.
– ¡Es buena idea! -aprobó Dozer-. ¡Prueba a arrancarla!
Mientras Dozer le proporcionaba la cobertura que necesitaba, José corrió hasta la furgoneta. Un simple vistazo a la matrícula le indicó que se trataba de un modelo viejo, lo cual agradeció ampliamente porque los nuevos tenían inmovilizadores electrónicos y eran más propensos a agotar la batería cuando estaban parados. Los neumáticos parecían estar todavía en buen estado, pero la puerta del conductor estaba, por supuesto, cerrada. Descargó la culata del rifle contra el cristal y éste, con un sonido quejumbroso, se hizo añicos al instante. Sin embargo, no se desprendieron, como si estuvieran pegados con cola. Eso le facilitó la tarea, pues solo tuvo que retirar la lámina con la mano.
El contacto, como esperaba, no tenía las llaves puestas. Afortunadamente, cuando era más joven y conducía una tartana que arrastraba ya sus últimos años, tuvo que andar una buena temporada sin clausor, y utilizaba un alicate de presión para juntar los cables de contacto y no tener que andar uniéndolos cada dos por tres. De esa experiencia aprendió todo lo que había que aprender sobre hacer un puente.
La última duda era la batería. Tras dejar los cables al descubierto y seleccionar los del arranque, hizo la primera prueba. El motor carraspeó febrilmente, como despertando de una profunda somnolencia, y se vino abajo con el sordo crujir del ventilador. Probó una segunda vez, y las luces delanteras temblaron, débiles, por lo que separó los cables rápidamente para darle una oportunidad a la batería. Quitó las luces y volvió a probar. Otra vez el motor intentó recuperarse con un sonido ronco y sin fuerza hasta que volvió a apagarse.
Resopló, incómodo en el asiento que estaba demasiado pegado al volante para su tamaño. Pero los alaridos de los muertos y las ráfagas constantes le apremiaban, así que probó una tercera vez. Por fin, la furgoneta resurgió del sueño de los muertos haciendo vibrar toda la cabina y José se apresuró a apretar el acelerador con ligereza para revolucionar el motor.
Lentamente, empezó a maniobrar la furgoneta para hacer un giro de ciento ochenta grados, hasta que quedó encarada hacia la rampa. Pero se detuvo, dejando el motor al ralentí; miraba el suelo, que además de causarle cierto respeto, le preocupaba porque estaba cuajado de cadáveres apilados en todas las posturas imaginables. En algunos puntos, el número de ellos conformaban ya una pequeña montaña, y aún seguían cayendo en gran número, frenados por las ráfagas constantes de sus compañeros. Al mirar a su derecha vio a Dozer, que le hacía señales inequívocas para que avanzara. Y tenía razón, aunque temía que quizá la furgoneta no pudiera superar la turba de cadáveres que tenía delante.
Embragó, apretó el acelerador a fondo y por fin soltó el pedal del embrague para salir a la máxima velocidad posible. Las ruedas chirriaron peligrosamente, y el olor a goma quemada lo llenó todo. Pero después la furgoneta inició su embestida. Fue como si descendiese a toda velocidad por una pendiente llena de rocas; a medida que superaba los primeros cadáveres, José empezó a botar en la cabina, dando tumbos y golpeándose la cabeza contra el techo y la puerta. La furgoneta se bamboleaba peligrosamente, y algo en el compartimento de carga estaba dando tremendos bandazos contra la chapa. Desde su posición, más cercana a la furgoneta, Dozer perdió completamente la concentración. El espectáculo era del todo dantesco, un infierno de pesadilla donde las ruedas aplastaban las carnes blandas, las partían y salían despedidas, resbaladizas y húmedas de sangre y vísceras. Y el monstruo de metal trepaba por encima de los cadáveres y el ruido era como acuoso y repulsivo.
Dentro de la cabina, José gritaba con toda la potencia de la que era capaz, en un intento quizá de apartar de su cabeza semejante barbarie.
Por fin, la furgoneta terminó de recorrer los últimos metros y chocó brutalmente contra la pared del parking, precipitando a José contra el cristal y quedando, fatalmente, perpendicular a la rampa, de modo que todos los zombis que descendían por allí se encontraban ahora con el lateral de la furgoneta.
– Hostia… -exclamó Dozer.
Ligeramente conmocionado, José se sobresaltó cuando de pronto, uno de los muertos se estrelló violentamente contra la puerta. Fue tal la inercia que llevaba que salió rebotado unos pasos. Tenía la nariz ensangrentada, probablemente a causa del golpe. Luego le siguieron otros, con los brazos alargados como lanzas, dirigiéndose directamente a la ventana de la puerta.
José intentó meter la marcha atrás con tanta rapidez como pudo, pero se puso lívido cuando algo en el mecanismo de cambio protestó con un crujido ronco. Volvió a intentarlo y, finalmente, la palanca se quedó fija.
Maniobró como pudo, apartando con enérgicos codazos las garras de dedos tensos como cinceles de acero que intentaban agarrarle. Una vez hubo retrocedido lo suficiente, giró el volante completamente y metió la primera para avanzar de nuevo, esta vez haciendo subir la furgoneta por la rampa. El capó, seriamente castigado y despidiendo ahora una desvaída humareda, golpeaba a los espectros que venían de la calle y los hacía caer y perderse bajo las ruedas. En el último momento, José giró el volante otra vez para cruzar el vehículo en la rampa y el metal chirrió de una forma estridente a medida que se empotraba contra los sólidos muros.
Por fin, la furgoneta no avanzó más.
Rápidamente, José pasó al asiento del copiloto y, desde allí se deslizó a duras penas fuera del vehículo. Luego cerró la puerta. Mientras tanto, al otro lado, los muertos se agolpaban cada vez en mayor número, golpeando con violencia la chapa del compartimento de carga.
José miró alrededor; estaba pisando la argamasa sobrecogedora que el paso de la furgoneta había dejado tras de sí: un puré pavoroso que manchaba sus botas y el pantalón. Entre las formas abyectas que conformaban ese panorama aterrador había ojos todavía abiertos que parecían mirarle como si le acusaran.
En ese momento, José se llevó la mano al estómago y, plegándose sobre sí mismo como presa de una arcada, terminó por vomitar.
Todo parecía haber acabado ya. Los muertos seguían arremetiendo contra la furgoneta desde el lado de la calle, pero por lo que sabían, seguirían golpeándola hasta el mismísimo fin del mundo. El resto del parking había quedado ya en silencio y el Escuadrón paseaba entre los coches haciendo constantes barridos con las linternas para asegurarse que todo estaba en orden.