– Si me lo como todo, ¿jugamos a las cartas? -preguntó la niña, esperanzada.
Gabriel protestó visiblemente.
– ¡Si está anocheciendo, Alba!
– Anda… solo un ratito…
Pero Gabriel sabía que su hermana quería jugar a las cartas porque eso era lo que hacían con papá y mamá antes de que los monstruos complicaran sus vidas para siempre. Antes de Aquella Noche. Antes de que… bueno, antes de que esas cosas entraran en casa, tiraran a papá al suelo y se llevaran a mamá a rastras. Él quería darle con el gancho de los aperos de la chimenea al zombi que mantenía a su padre tumbado en el suelo contra su voluntad. Quería darle con todo. Pero Alba tironeaba de él, chillando: "¡Tenemos que irnos, Gaby, hay que IRSEEEEEEE, GABY HAY QUE IRSEEEE!" y cuando la miró y vio sus ojos suplicantes y los regueros de lágrimas bañando toda su cara, descubrió una cosa, que los gritos de su padre habían dejado de oírse. Sus brazos ya no peleaban.
Gabriel permaneció allí unos segundos más conmocionado. Sus piernas eran los dos pilares principales del Partenón, pesadas e inamovibles. Su madre había desaparecido por la puerta; los muertos habían tirado de ella llevándosela por la larga cabellera rubia, y tampoco se le escuchaba ya. El aire estaba lleno tan solo de esos ruidos deformes y horribles que les eran propios a los muertos.
"GABY HAY QUE IRSEEEE GAAAABY"
Pestañeó intentando sacudirse el horror que se había apoderado de él. "Jesús", pensó; su hermana se veía tan pequeña a su lado, tirando de su pierna con todas sus fuerzas y buscando sus ojos como si con ello quisiera rescatarlo del shock.
La terraza, señalaba la terraza. Pero no había ninguna salida allí como no fuera saltar.
Gabriel, sin dejar de mirar a los ojos de su hermana, negaba con la cabeza como si no entendiese. A tan solo dos metros de distancia el zombi seguía subido a horcajadas sobre su padre. Su cabeza subía y bajaba al son de una melodía demencial. Parecía que el jovencísimo Gaby, mecido todavía por las ondas de la increíble explosión de adrenalina que acababa de sufrir, estaba dejándose seducir por el agrio encanto del plan más simple del mundo, rendirse.
Pero entonces se fijó en la expresión de su hermana. Tenía ese rictus desagradable en el rostro, el mismo de todas las otras veces. Y movía la nariz como si estuviera olisqueando, igual que todas las otras veces. Estaba viendo, porque su hermana veía. Desde que era pequeña.
– ¿Alba? -preguntó en un susurro.
– Tarta de coco -dijo la niña, oliendo el aire a su alrededor y entrecerrando los ojos. -¡La terraza, Gaby, la terraza!
Tarta de coco.
Para Gabriel, que sabía exactamente lo que eso significaba, fue más que suficiente. Se puso rápidamente en marcha, cogió a su hermana de la mano y voló hacia la terraza. Ésta daba, casi en su totalidad al apartamento de abajo, pero por el lado izquierdo era posible saltar sobre un seto desproporcionadamente grueso y mullido, y desde allí al jardín comunitario. Era apenas un salto de medio metro, así que Gabriel pasó a su hermana por encima del muro de la terraza levantándola por las axilas, y la dejó caer suavemente; luego se lanzó él mismo.
– ¡Gaby, por aquí! -decía su hermana, impaciente.
Rebotaron rápidamente hacia el suelo, Gaby se puso en pie y escudriñó los alrededores. Era un recinto privado cerrado por una verja de hierro, así que afortunadamente el jardín estaba todavía libre de esos horrores. La enorme hilera de eucaliptos que crecía al otro lado de la verja se mecía con cierta parsimonia, como si entonaran una canción por los que morían.
– ¡Ven Gaby, por aquí, por aquí!
Atravesaron corriendo el jardín. Alba sabía perfectamente hacia dónde iban, porque lo había visto, naturalmente, y lo que veía no se podía cambiar. Era una especie de Ley con la que había vivido desde pequeña. Así que llegaron al otro lado del recinto, corriendo por el borde de la piscina, treparon unas altas escaleras de piedra y por fin, Alba se escabulló entre unos arbustos para desaparecer por un hueco estrecho entre el suelo del jardín y el edificio.
– ¡Alba, no! -chilló Gabriel, jadeando. Sabía que era un sitio peligroso y le habían advertido innumerables veces de que nunca, jamás, se le ocurriera jugar allí. Era un hueco enorme entre las casas y el suelo. Allí solo había enormes columnas de sujeción rodeadas de grava, restos de ladrillo, cemento y tierra, además de porquería y broza que el jardinero a veces arrojaba por el hueco. Pero su padre le había advertido que los cimientos eran profundos porque su casa estaba construida sobre una loma que descendía en pendiente, y que el hueco había sido rellenado con cascotes de obra para que nadie se cayese dentro. Y también había mencionado los pozos. Ominosa palabra que reverberaba en las mentes infantiles de los niños como si fueran bocas de cocodrilo a punto de morderles. Los pozos podían estar en cualquier lugar invisibles en la oscuridad, e incluso podían no ser vistos, estar al acecho bajo un montón de basura o sobre ladrillos aparentemente seguros. Los pozos eran profundos se les dijo, tan profundos que a veces comunicaban con procelosos ríos subterráneos que fluían por oscuras grutas, y que tras describir sinuosas vueltas y revueltas, desembocaban en secretos lagos donde moraban criaturas ciegas y hambrientas.
Alba había tenido angustiosas pesadillas. Su papá había dicho que si caías en uno de esos pozos, podías Morir. Alba tenía ahora ocho años y sabía perfectamente lo que era Morir, pero cuando era más pequeña, el papá de su amiga Beatriz había Muerto y Beatriz tuvo que irse del colegio y hasta cambiarse de casa, y Alba se cuidó mucho de andar por sitios con pozos.
Sin embargo, cuando los muertos entraron en casa pudo ver otra vez. Primero sobrevino esa extraña sensación de que el cerebro se le hacía tarta de coco; es al menos como podía describirlo ella cuando era muy pequeña, y la expresión sobrevivió y permaneció en la familia. No era solo el olor, era como si dentro de su cabeza notase que el cerebro adquiría una textura efectivamente como la de una tarta de coco, un poco licuada y arenosa. Y entonces le sobrevenía la visión. Podía ser de unas semanas o unos pocos minutos más tarde, y siempre era breve, pero lo que veía… acababa ocurriendo. Siempre. No importaba lo que hiciese. Lo que veía no se podía cambiar.
Una vez, la pequeña Alba estaba jugando con una pequeña cocinita que tenía y, de repente, le sobrevino el olor a tarta de coco. Acto seguido, como si hubieran enchufado una vieja película con calidad VHS directamente a su cerebro vio a su tía Sara envuelta en un aparatoso accidente de coche. Lo veía todo como si estuviera mirando a través de una cámara instalada en el asiento del copiloto. Una cámara a menos fotogramas por segundo de los habituales. Veía la cabeza voltear a un lado y otro, veía cómo se golpeaba una y otra vez contra el volante y el cristal de la puerta, con los cabellos alocados y la sangre que manaba abundante. Veía los trocitos de cristal volando por toda la cabina. Y por fin, la vio morir, con la frente abierta y deformada por los moratones que habían ocultado sus ojos tras un montículo de carne hinchada.
Alba abandonó su trance con un grito tan agudo y penetrante que su madre dejó caer la sartén que tenía entre manos para salir corriendo a su encuentro. Iba gritando su nombre por el pasillo, sintiendo que una fuerte taquicardia nublaba su visión. Ya en el cuarto, se la encontró llorando desconsolada en el suelo. Solo pedía que la dejase hablar por teléfono con la tita Sara. La tita Sara, mamá, déjame hablar con la tita Sara, mamá por favor…