Su madre le puso a la tita Sara al teléfono. Estaba en casa, al parecer, porque había acumulado bastantes días libres desde el principio del año y ahora se los estaba tomando todos en una cura de descanso hogareña. Alba se puso al aparato con un nuevo acceso de llanto y una sucesión de balbuceos suplicantes.
Por favor tita por favor no conduzcas más con el coche por favor tita por favor con el coche no, promételo tita, promételo vale tita vale por favor…
Su madre le quitó el teléfono y la consoló pasándole el brazo por encima de los hombros mientras hablaba con la tita brevemente.
No lo sé, decía, no sé que tiene, está llorando muchísimo, la pobre… sí… tranquila… no pasa nada… voy a hablar con ella, sí…
Cuando colgó el teléfono, se fueron juntas a la cocina. Su madre le preparó una taza de Cola Cao caliente con azúcar pero Alba, aún balbuceante y sin poder cerrar el grifo de las lágrimas bebió apenas un par de sorbos. Por fin, poco a poco consiguió desgranar la horrible visión que había tenido. Su madre la miraba lívida. Aún no habían tenido muchas experiencias con el don de Alba, si es que era un don, pero la niña desde luego era especial, eso lo sabían en el colegio como lo habían sabido en el jardín de infancia y cualquier persona que hubiera pasado tiempo suficiente con ella.
Su madre, sin embargo, intentó aparentar normalidad. Le quitó importancia al asunto. Le dijo que a veces uno cree ver cosas que en realidad no son sino pasajes mentales, productos de la imaginación que no tienen mayor importancia. La convenció para llevarla de vuelta al salón y tumbarse en el sofá con una mantita por encima, y una buena película de dibujos animados en el DVD. Le puso la película de Bob Esponja y ella se tranquilizó visiblemente.
Pero su madre no se había quedado en absoluto tranquila. Sentía una enorme presión tras los ojos, una inquietud que sin duda germinaba poderosa en su interior. Cogió el teléfono y marcó apresuradamente el número de su hermana, pero no le atendió ella, sino una compañera de piso.
Lo siento, querida, pero Sara acaba de salir. Ha dicho que su sobrina estaba llorando y decía cosas raras, y ha salido a verla.
Le hizo una sola pregunta.
¿Qué?… -fue la respuesta- sí, claro que ha cogido el coche… hay como veinti…
Pero le colgó sin esperar a que le contara ninguna otra cosa. Pasó los siguientes veinte minutos caminando angustiada por todo el salón. En la tele, Bob Esponja y Patricio caminaban resueltos por una carretera submarina con algas pegadas en el mostacho a modo de bigotes.
Iba a la cocina, volvía, miraba por la ventana, se sentaba en una silla… luego en otra. El tiempo pasaba arrastrándose. Demasiado tiempo, además. Demasiado para cubrir la distancia que les separaba.
Por fin, una hora y media después, sonó el teléfono. En el identificador de llamadas ponía: SARA MÓVIL.
¿Sara? -preguntó, con un hilo de voz y la boca seca.
Buenas noches… perdone que la moleste, señora… soy Raúl Gómez de la Guardia Civil, ¿es usted familiar de Sara Hernández?
La oscuridad se la tragó.
Así supo Alba que las escenas que veía cuando el cerebro se le ponía como una tarta de coco no podían cambiarse. Era como un escaparate de una tienda cara. Se podía mirar, pero no cambiar nada.
Y aquél día, mientras sus padres eran devorados por los muertos, la pequeña los vio a ella y a su hermano en el hueco de los cimientos del pequeño edificio, rodeados de algunos enseres que luego irían sacando de su propia casa y de las casas vecinas, ocultos de los muertos, tomando algo en un cuenco caliente al calor de una cocinilla de gas. Y así era como estaban aquella noche, casi dos meses después.
– Está bien -accedió Gabriel, en su habitual tono bajo. Nunca hablaban muy alto. -Tómate toda la sopa, y jugaremos a las cartas.
Alba sonrió. Tenía sólo ocho años, pero su sonrisa era luminosa y sincera. En la oscuridad de su agujero roto tan solo por la tenue luz del camping gas, Gabriel también sonrió.
A la mañana siguiente el día amaneció despejado y cálido. El sol brillaba en lo alto sin ninguna nube que hiciera sombra, y en los árboles, el verde estallaba tras tantos días de lluvia y frío. El césped, sin nadie que lo cuidara, era una jungla de matojos y malas hierbas, y los parterres crecían desaforados. La próxima primavera prometía ser exuberante.
– Máfaro se moriría si viera esto así -comentó Alba asomada por el agujero.
– Lázaro. El jardinero se llamaba Lázaro -corrigió Gabriel, quien hacía recuento de víveres en el interior.
– Bueno… Me pregunto cómo acabó tu Láfaro -dijo entonces la pequeña.
Gabriel seguía ocupado estudiando el equipo de que disponían, en especial bombonas de gas y comida. Se habían estado abasteciendo en varios supermercados de la zona. Ni siquiera tenían que irse muy lejos, o salir a las calles de la urbanización, bajaban hasta la calle comercial utilizando el río que lindaba con los terrenos privados de su comunidad y que estaba apenas a cincuenta metros de donde se ocultaban. Se trataba de un pequeño camino de servicio junto a un río raquítico que otrora se utilizaba para enviar el alcantarillado de varias comunidades al mar. Gabriel no sabía por qué, pero nunca había encontrado zombis allí. Quizá era porque nunca había visto a nadie por esos lugares, ni siquiera antes de que ocurriera todo, sin gente no había zombis.
– Gaby -llamó Alba, de nuevo.
– Quéeee -contestó, arrastrando mucho la sílaba como correspondía a un hermano mayor.
– Anoche no te dije una cosa.
– ¿Ah, sí? -comentó Gabriel. Era obvio que estaba demasiado enfrascado en su inventario como para prestar atención a las ocurrencias de su hermana.
– Sí -contestó, un poco desafiante porque se daba perfecta cuenta de que no le prestaba atención.
– No nos queda apenas agua -dijo Gabriel, más para sí mismo que para su hermana.
– Oh, oh.
– Ni caldo de pollo, solo hay sopa de tomate y de setas.
– ¡Qué asco!
– Habrá que ir a la tienda.
– ¡Pero Gaby, anoche no te dije una cosa!
– ¿Qué cosa, chulita? -preguntó Gabriel. A veces la llamaba así porque era muy resabiada para su edad.
– ¡No me llames así!
– Vale, chulita.
Alba cruzó los brazos y arrugó la nariz, súbitamente enfadada. Gabriel ni siquiera había reparado en el malestar de su hermana, estaba demasiado pendiente de sus cuentas y listas. Desde Aquella Noche, él se había ocupado de todo eso. Intentaba que las comidas fueran lo más parecidas a los menús que ponía su madre porque había aprendido que no se podía vivir exclusivamente de cosas como patatas en bolsa o barras de chocolate, las que acabaron por aborrecer. También se había procurado un botiquín completo con tiritas, aspirinas… y hasta un jarabe antitusivo. Poco a poco habían ido recuperando cosas de su casa y ya puestos, de las casas vecinas; un día vieron pasar al Sr. Thorpe con su pelo blanco tremolando al viento por la calle de fuera del recinto. Tenía la cabeza colgando a un lado con una herida infernal en el cuello y le faltaba un brazo, el hueso asomaba como el mástil de un barco que se está hundiendo. Entonces aprendieron que los vecinos no estaban allí por la misma razón que sus padres, y ya nunca volverían.
Gabriel había construido un refugio con mantas y edredones. Los había de excelente calidad, enormes y esponjosos, y ésos los usaban como parapeto del viento. También había abierto otros tres agujeros por si algún día una de aquellas cosas los veía y conseguía colarse por el agujero. Y por último, había hecho un refugio camuflado a base de pegar ladrillos y montones de tierra a unas mantas. Si se colocaban la manta por encima quedaban totalmente camuflados con el entorno, especialmente con la penumbra que reinaba en aquel lugar.