– Bueno, mejor que vaya ahora mismo -anunció Gabriel, no sin cierta pesadumbre.
Alba hizo un ademán como si fuese a decir algo, pero después cambió de idea y volvió a cerrar la boca.
– Ya sabes -dijo Gabriel- no hagas ningún ruido mientras estoy fuera.
Pero Alba se limitó a mirarle ceñuda, y no dijo nada.
Gabriel detectó algo en su hermana, pero estaba acostumbrado a sus desaires y enfados por motivos que, casi siempre, se le escapaban. Suponía que solía ser por cosas que, en circunstancias normales, habrían acabado en un "mamáaaaaaa" entonado como si fuera una sirena durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, pero ya no había ninguna mamá ni tampoco un papá, así que en esos casos se limitaba a pensar "¿qué os pasa a las mujeres?" para luego dejar que todo el asunto se le fuera de la cabeza. Ésa, al menos, es una clara prerrogativa de los niños.
Se colgó su pequeña mochila a la espalda y salió por el agujero sin mediar palabra.
8. Alba en el jardín, Gabriel en la tienda
En las raras ocasiones en las que su hermano no estaba, Alba se entretenía secretamente en el jardín. Había multitud de flores y arbustos creciendo salvajes en el amplio espacio comunitario dividido en tres bancales enormes, el de en medio hospedaba una piscina que se había puesto verde y llenado de hojarasca y porquería diversa traída por el viento a lo largo de los meses.
Alba sentía una fascinación especial por las plantas. Tenía prohibido salir del escondite (como ella lo llamaba) por motivos que eran obvios, pero además porque el césped había amanecido algunas mañanas completamente revuelto. Su hermano había dicho que eran jabalíes que escarbaban buscando trufas y sabrosas raíces. Decía que bajaban por la vaguada de partes más altas de la urbanización donde los chalets se espaciaban cada vez más hasta dar al monte, y decía también que los jabalíes eran muy peligrosos. Alba estaba muy cansada de que todo fuera muy peligroso desde Aquella Noche.
Las plantas eran hermosas. Las había grandes y amarillas que colgaban hacia abajo como si fuesen campanas, y las había rojas y enormes con unos tubos alargados en su centro llenos de una especie de polvo amarillo. El contraste entre esos colores le resultaba sumamente evocativo. También había unas plantas de un color naranja brillante, con unas protuberancias alrededor que les hacía parecer un apetecible fruto.
Los insectos entretenían a la pequeña, pequeños escarabajos que corrían con determinación de un lado a otro con alguna importante tarea en mente; hormigas que arrastraban trozos de hojas y otras menudencias que ni siquiera podía identificar, grandes libélulas voladoras que pasaban erráticas zumbando entre los macizos de flores. Era el mundo de lo pequeño lo que alegraba sus ojos infantiles ahora que el mundo de los mayores había acabado.
Evitaba la piscina en todo lo posible porque ya no le gustaba nada. Cuando mamá y papá todavía vivían, la piscina había sido el santo de su devoción. Le encantaba sentir el agua fresca alrededor, la extraordinaria sensación de sumergirse en sus aguas y bucear. ¡Es como volar, mamá! le decía a su madre. Y al salir, el sol calentaba su cuerpo perlado con gotas de agua mientras los veranos discurrían mansamente, arropando su infancia con días largos y amables.
Pero ahora, en la piscina vivía Bob.
Bob era un vecino que nunca había hablado demasiado con ellos, posiblemente porque como casi todo el mundo allí, hablaba muy poco español. La única frase que Alba le escuchó decir en un deformado español fue: "Correr va contra las Normas, niña!". Venía a su apartamento tres o cuatro veces al año, siempre solo, buscando el sol malagueño. Cuando se bañaba lo hacía brevemente y dedicaba el tiempo a hacer una tabla de gimnasia, apoyaba la pierna en la escalerilla de mano y hacía pequeños ejercicios suaves de mantenimiento. El resto del tiempo lo pasaba en su hamaca en compañía de un libro, o paseando por el jardín mientras desgranaba lentamente algún cigarrillo de marca finlandesa. Tenía unos ojos saltones y grandes que a Alba le provocaban cierto rechazo; siempre parecía mirarla con reproche, como si correr por el jardín riéndole a la vida fuera algo que no entrase en su Libro de Normas.
Bob cayó en la piscina unos días después de Aquella Noche. Alba no llegó a verlo, pero Gabriel decía que ya no era una persona normal cuando tropezó caminando por el borde, que se había vuelto como ellos. Estuvo chapoteando toda la noche y parte del día siguiente sin avanzar hacia ningún lado. No era como si intentase mantenerse a flote para respirar, porque la mayor parte del tiempo mantenía la cabeza sumergida. Era como si intentase sacudirse el agua de encima. Sus brazos asomaban a la superficie desmañadamente, sin seguir compás o ritmo alguno.
Alba se durmió tarde aquél día escuchando los chapoteos de Bob en el agua. Gabriel no dijo nada tampoco, pero en la oscuridad, ella veía el blanco de sus ojos fijos en algún punto indeterminado del escondite.
Al atardecer del día siguiente Bob dejó lentamente de luchar con el agua. Poco a poco, su cuerpo se iba a pique, y acabó siendo una forma oscura y sinuosa en el fondo de la piscina. No había burbujas de aire escapando a la superficie.
– Está en el fondo, de pie -dijo Gabriel en voz baja.
– ¿Por qué? -preguntó Alba, mirando cómo desaparecía el pequeño oleaje de la piscina.
– Porque son tontos -cortó él. -Es mejor así.
Pero Alba soñó muchas veces con Bob El Ahogado. Lo veía con sus ojos saltones en el fondo de la piscina arrullado por el sonido submarino de las cosas, mirando hacia arriba con aire furibundo. Eso va contra Las Normas, niña, ¡contra Las Normas! Su hermano fue tajante al respecto de la piscina. No. Acercarse. Jamás.
Gabriel sabía perfectamente cómo funcionaban los zombis, así que no le cabía ninguna duda de que Bob El Ahogado sólo dormía en el fondo. Era una bomba latente. Él los había visto de pie o apoyados en el quicio de alguna puerta totalmente apagados, como si alguien hubiera tirado del cable y los hubiera desenchufado de la red eléctrica. Era lo que les ocurría cuando pasaban semanas y semanas sin que ningún estímulo los alimentase. Se convertían en juguetes rotos sin pilas. En particular, pasaba a menudo cuando el lento deambular de alguno de ellos le apartaba del grupo y acababa vagando en algún sitio apartado, porque cuando estaban en grupo nunca se relajaban, sino que se movían como una marea, ondulante y ominosa.
En opinión de Gabriel, ésos eran los peores. No los oías cuando te adentrabas en una casa o doblabas una esquina, o cuando ibas por la calle de noche y caminabas junto a un seto, porque estaban desactivados hasta que tus pasos los despertaban un poquito… suficiente para que sus ojos muertos se fijasen en ti. Y entonces se despertaban, vaya si despertaban. Entonces volvían a ser tan obstinados y mortales como siempre.
Y luego estaban los corredores.
Gabriel los había visto, sobre todo, Aquella Noche. Fue la noche en la que irrumpieron en el recinto y acabaron con todos los que quedaban en sus casas, como papá y mamá, demasiado atemorizados para ir a ninguna parte. "¡No salgas, Jorge!", decía la madre, "¡quedémonos en casa!". Pero las casas no eran seguras, ningún sitio lo era. Llegaron por el largo pasillo distribuidor y empujaron las puertas de los hogares con todo su peso; una, diez, cincuenta veces, hasta que la madera cedía y las puertas se abrían. Los sacaban a rastras al pasillo y allí los vaciaban de sus entrañas encima de grandes charcos de sangre. Las salpicaduras contrastaban con la inmaculada pintura blanca de las mediterráneas paredes; el olor a humedad del bosque mezclado con el aroma de la carne fresca y la sangre confería a la escena unos tintes surrealistas.