Выбрать главу

El pequeño Supermercado Inglés era una de esas tiendas de emergencia que abrían hasta tarde incluso en festivos, al coste de disfrutar de precios un tanto inflados. Como quiera que sus clientes eran todos extranjeros que ocupaban apartamentos de cocinas pequeñas y que pasaban allí estancias breves, la mayor parte de los alimentos a la venta eran de rápida preparación, en envases de fácil almacenaje y de fecha de expiración tardía. Sobres de comida instantánea, sopas, tomate, miles de latas que contenían una variedad enorme de preparados desde albóndigas, jamón cocido con gelatina al vacío, fideos con salsas y condimentos dispares. Todo eso convenía a los dos niños enormemente.

El local era angosto, un túnel de techo alto a cuyos lados se apilaban cajones que usualmente contenían frutas y verduras. Ahora esas frutas formaban una repugnante masa verde y negra que impregnaba todo de un olor dulzón. Más allá, unos estantes de considerable altura dividían el reducido espacio en varios pasillos. La caja registradora estaba abierta, pero dentro sólo quedaban unos cuantos céntimos y una nota que, escrita con una letra garabateada, decía: "Debo 13 Euros a Caja -F". En el suelo, como vestigio de una época perdida, languidecía olvidado un único billete de 5 euros.

Gabriel tomó una bolsa de plástico del gancho que las sujetaba (poniendo infinito cuidado en evitar que el plástico crujiera) y comenzó a llenarlo con las cosas que había venido a buscar. Cogió también uno de aquellos tubos llenos de agua jabonosa con los que Alba se entretenía tanto, lanzando sus pompas al aire y viendo cómo el aire se las llevaba en rápida procesión.

Pero cuando dio la vuelta a uno de los estantes, Gabriel, con los ojos abiertos y el corazón acelerando como un Fórmula Uno en la parrilla de salida quedó paralizado.

* * *

Alba observaba la superficie del agua. ¡Cuánta porquería acumulada ahora que se fijaba! En el agua verdosa flotaban un buen montón de desagradables insectos, unos boca arriba, otros con sus cuerpos apenas asomando entre las otras cosas. No muy lejos del borde, el ala de un gorrión asomaba como un estrafalario estandarte por entre los pliegues de una bolsa de plástico. Alba lo miró con pesadumbre, tan fascinada estaba por la variopinta manta de porquería que se olvidó por un momento de Bob El Ahogado y continuó dando cortos pasos hacia el agua.

Pero entonces, un gruñido la sobresaltó hasta el punto que no pudo evitar que un pequeño chillido se escapase de sus pulmones. Alba se dio la vuelta dejando caer el ramillete de vinagretas al suelo, y allí, a apenas veinte metros, mirándole con pequeños ojos negros y los dientes expuestos se encontraba un fenomenal mastín español. Era enorme, un colosal macho adulto de noventa kilos y cabeza grande pero proporcionada. Su pelaje era de un color marrón claro aunque estaba cubierto de lo que parecía ser barro y todo tipo de suciedad. Alrededor de los ojos tenía dos manchas oscuras como un extraño antifaz, lo que habría resultado gracioso de no ser por la dentadura amarillenta y terrible que mostraba levantando los dos belfos.

El gruñido resonaba constante a medio tono, abriéndose paso en su cabeza como un bulldozer.

Alba se llevó ambas manos al pecho, cosa que solía hacer cuando tenía miedo. Tenía los ojos fijos en la mirada amenazante del mastín y la piscina inmunda y hedionda se había escapado de su cabeza. Por eso daba pasos hacia atrás, retrocediendo, intentando poner distancia entre ella y el animal, acercándose peligrosamente al borde de la piscina.

El mastín sacudió la enorme cabeza; percibía el olor cálido, fétido y acre que le llegaba, como bofetadas, desde la niña. Era el olor del miedo, liberado al aire limpio de la mañana en una explosión de feromonas, como una lluvia de esporas expelidas por una planta exótica en plena jungla. Hacía tanto tiempo que no percibía esos olores, los muertos no olían a nada, no como los AMOS que había tenido en tiempos, por eso se mantenía lejos de ellos. Se había ocultado, corrido, alimentado de mil cosas y bebido de toda clase de charcos inmundos, pero nunca había vuelto a ver un AMO. En su cabeza, pensamientos esenciales se encendían y apagaban como un cuadro de luces demasiado básico; pocas permutaciones, respuestas rápidas. Así era siempre al menos, pero ahora se encontraba confuso. ¿Era un AMO lo que tenía delante o era algo que se pudiera COMER? ¿era algo que debiera EVITAR?

Alba sentía un pánico frío y horrible, como si un estilete con una hoja de hielo se hubiera hundido en su alma. Desde Aquella Noche se había sentido razonablemente segura, porque en su mente ella les había visto a su hermano y a ella tomando sopa en su escondite y sabía que ese hecho ocurriría, como todas las otras visiones que había tenido desde pequeña; ergo, ningún muerto viviente podría dar con ellos hasta que esa escena sucediera. Pero sucedió, finalmente ocurrió la noche anterior, y Alba quiso decírselo a su hermano pero él no le había hecho caso, y ella detestaba eso, así que no se lo dijo. Se había enfadado como una Niña Tonta, pensaba, y ahora iba a pagarlo. Ese perro se la iba a comer.

Atormentada por esa idea, Alba retrocedió un par de pasos más… y entonces se sintió caer hacia atrás. Fue como si hubieran tirado del mundo bajo sus pies como si fuera una alfombra, y ella se hubiese encontrado mirando el cielo de repente, y entonces… un fuerte estrépito y una sensación de intensa sorpresa… frío, ¿mojado? Involuntariamente abrió la boca y aspiró fuerte, una reacción normal a la inesperada situación en la que se veía envuelta, y una bocanada de agua la invadió. Inundó su esófago, sus pulmones, y Alba, extendiendo mucho los brazos, empezó a luchar para no hundirse mientras se esforzaba por toser y expulsar todo esa agua ponzoñosa de regusto insufrible.

Sorprendida y superada por la situación la niña ya no pensaba en el perro, o en Bob El Ahogado, sino en sobrevivir. Pero en el fondo de la piscina, el viejo Bob recibía el estímulo sonoro del chapoteo y también las suaves ondas producto del movimiento. Su cerebro se desperezaba lentamente, como el viejo motor de un coche que carraspea por la mañana tras una nevada.

Fueron momentos en verdad angustiosos. Alba nadaba razonablemente bien, pero había tragado una buena cantidad de agua y el esfuerzo para poder respirar un poco volvía a sumergirla. Tras unos segundos de lucha cuando parecía que estaba ya recobrándose e iba a poder al menos flotar, sus ojos volvieron a llenarse de agua; las burbujas de aire se arremolinaban alrededor, escapando hacia la superficie. Algo tironeaba de ella.

Alba comenzó a flexionar y estirar ambas piernas, intentando desasirse de aquello que la tenía atenazada. Pero era demasiado pequeña como para poder hacer fuerza dentro del agua. El movimiento de sus piernas se asemejaba más al de una inofensiva ranita.

Alba miraba hacia arriba, burbujas, luz que se filtraba ondeante a través de varios centímetros de agua sucia. Sus pulmones explotaban, la niña se ahogaba.

Pero entonces hubo un nuevo revuelo de ruido y movimiento aunque el sonido le llegaba apagado y distante, como si lo escuchara a través de una almohada. Alba se sintió arrastrada en una y otra dirección, zarandeada. Tiraban de su pierna pero también de sus ropas. En algún momento, su cabeza volvió a asomar por encima de la superficie, y aunque su cara estaba cubierta de hojas negruzcas en descomposición, su boca se abrió cuan grande era, anhelante, para recibir una enorme bocanada de aire fresco. Después… otra vez el sonido líquido del agua cubriéndola.