Buen perro, perro bonito.
Una vez en el escondite, Alba se puso ropas secas de su montón. Un pantalón de chándal y una sudadera de manga larga con un mensaje que decía: TENGO UN A+ EN IR DE COMPRAS. También cogió una lata de salchichas pequeñas con esas anillas de abre fácil y salió de nuevo a toda prisa, tenía miedo de que el perrito se escapase. Pero no fue así, el mastín seguía en el mismo sitio conservando las pocas energías que le quedaban. Estaba más cansado de lo que había pensado, sus últimas comidas no habían sido muy abundantes y la pelea lo había dejado exhausto, pero al menos había salvado al AMO, si es que realmente era un AMO. No tenía más que esperar y lo sabría.
Por fin, el AMO apareció de nuevo. Bajaba las escaleras trotando y llevaba una COSA en la mano. Olfateó brevemente en esa dirección, pero aún tenía el intenso aroma del agua sucia y de su enemigo bloqueando su fino olfato y tampoco es que le interesara demasiado. Por fin, el AMO se arrodilló junto a él y trasteó con esa COSA un rato. Estaba ahora lo suficiente cerca para olerlo pero no parecía tener un aroma definido, así que no…
¡Tack!
De repente, ¡cómo se llenó el aire de ese aroma a COMER! Un olor intenso, tan fuerte que por un segundo lo llenó absolutamente todo, imposible pensar en ninguna otra cosa que en COMER. Surgió de pronto de esa COSA que llevaba el AMO. Un poco repelente al principio, como una bofetada de atención, pero después el aroma se desgranó y se volvió delicioso. Hizo un esfuerzo por levantarse, pasándose la lengua por toda la boca, estaba salivando a una velocidad de vértigo.
Alba observó entusiasmada cómo el perro devoraba con un ansia atroz la lata de salchichas. Le había costado un poco abrirla, claro, pero apenas lo consiguió el perro se había incorporado como si le hubieran puesto pilas a su viejo motor. ¡Qué hambre tenía! Devoró todo el contenido de la lata en unos pocos segundos y aún así continuó lamiendo con su lengua enorme no solo cada uno de los bordes sino también la tapa, que había quedado enroscada sobre sí misma a un lado.
– ¡Muy bien, perrito! -dijo Alba, dando saltos sobre sí misma con una sonrisa radiante. -¿Quieres más, eh, quieres?
El mastín soltó un bufido y se acercó a la niña colocando su frente contra su pecho, sumiso. Alba lo acarició, aunque estaba empapado y no fue una experiencia tan agradable como había pensado, pero aún así se sentía feliz de que el perro se hubiera acercado a ella. Era como si ahora fuese suyo, aunque uno de los dos se veía desproporcionadamente grande, o pequeño, junto al otro.
– Alba -dijo una voz de repente, llamando su atención. Alba levantó la vista. Era Gaby, cargando con una bolsa de plásticos y la pequeña mochila a la espalda, que había vuelto de la tienda.
– ¡Mira Gaby! ¡MIRA! -dijo Alba radiante acariciando la cabeza del perro por arriba, detrás de las orejas, alrededor del hocico.
– ¿De dónde ha salido ese…? -quería decir perro, pero la palabra que en realidad revoloteaba por su cabeza era más parecida a caballo, o elefante.
– ¡Es un perro anti-zombies, Gaby! -exclamó Alba, encendida por la ilusión y abriendo mucho los brazos.
Gaby dejó caer la bolsa al suelo.
– Atiza…
9. El desempate
Al caer la noche, el grupo de caza se encontraba de nuevo en la mansión, que funcionaba ahora como una especie de cuartel general o punto seguro. Era lo bastante espaciosa para todos ellos y estaba debidamente protegida por un alto muro. La verja de salida era tan sólida como para resistir la embestida de un coche, tanto más de un puñado de espectros con las articulaciones podridas. Y tenían por supuesto electricidad, así como un enorme sótano lleno de provisiones.
Una formalidad, desde luego, se sentían muy capaces de ir de compras cuando quisiesen y donde quisiesen. Marbella estaba a sus pies.
Bluma se preparaba algo de beber en el minibar. Vaso grande de cristal, cubitos de hielo y una generosa porción de whisky. No cualquier cosa, por supuesto, sino un Macallan Fine & Rare Collection de 1939 que su colega había comprado en Nueva York hacía dos años por algo más de unos diez mil dólares americanos la botella.
Esas cosas importaban ya poco, por cierto. Daba exactamente lo mismo conducir un coche que costase un millón de euros o vivir en el mismísimo Reichstag; nada de eso traía ya estatus social porque el maldito estatus social se había ido a tomar por el culo, así de simple. Ahora sólo había una cosa que importase, vivir un día más. Cada día, un día más.
La nueva situación le había hecho rejuvenecer cinco años al menos. Se levantaba por las mañanas con una sola idea en la cabeza, coger su arma y enfrentarse a algún reto, correr riesgos, sentir la adrenalina bombeando, los músculos tensos. Disparar. Disparar. Antes de la Pandemia Zombi, todas las otras cosas le habían acabado aburriendo hasta las lágrimas, pero tenía que ocuparse de ellas para que la máquina del dinero siguiese funcionando. Negocios, tratos, gordos cabrones con mujeres-trofeo a los que tenía que soportar. Llamadas, llamadas, llamadas. Ahora todo eso se había acabado, lo maravilloso del dinero no era todas las cosas que podías comprar o los sitios que podías visitar, era la libertad de hacer lo que te venía en gana en el momento que te apeteciese. Como los zombis. Ahora todo era mucho más sencillo, más básico, más primordial; y esa simpleza hacía que la cabeza le diera vueltas, por fin podía concentrarse en una sola cosa, en sobrevivir.
Bluma había disparado antes contra otros hombres y le era del todo indiferente si suplicaban antes de morir, si eran chinos o noruegos, si tenían familia o no. Les había visto orinarse encima y berrear como bebés y le había importado una mierda, era solo negocios, algo que era necesario hacer de tanto en cuanto para garantizar que el dinero siguiera llamando a la puerta. Para Bluma, la población mundial se dividía en dos tipos de personas: los que eran él, y los que no. Los que no eran él, estaban ahí para ser usados en sus planes personales, en su beneficio, para su disfrute personal. No eran algo cuyas afecciones, sentimientos y necesidades le incumbiesen lo más mínimo.
Apuró el vaso de whisky de un trago y dejó que bajase por su garganta intenso, casi abrasivo. Luego se sirvió otro para regresar al salón donde estaban los otros.
– Entonces… -dijo Bluma dejándose caer en el sofá junto a Guido-, ¿es oficial?
– Sí, es oficial -comentó Dustin ojeando sus notas. -Hay un empate entre Reza y tú, por puntos.
Bluma levantó el vaso en dirección a Reza quien estaba perfectamente sentado con su inmaculado jersey blanco de cuello vuelto, tan pulcro, tan prolijo. Pero él no bebía y no respondió a su gesto de manera alguna. Reza no le gustaba mucho a decir verdad, era demasiado estirado y su sentido del humor era nulo. Un cabrón con suerte, pensaba. Era la única forma de explicar sus increíbles tiempos en El Juego. Su puntería, su precisión, su inequívoca eficiencia en el combate. Pura suerte.
Era verdad que hasta entonces, el cabrón con suerte había sido el mejor en El Juego, pero parecía que eso iba a acabar más temprano que tarde. El empate le situaba en una posición que no pensaba alcanzar tan pronto, un hecho tan inesperado como bienvenido; el antagonista directo del Gran Reza, nada menos. Y empezaba a pensar que eso le fastidiaba bastante, o para decirlo con más exactitud, empezaba a pensar que se lo llevaban los mismísimos demonios. Tanto peor para él, aunque a veces creía que entre ambos, el aire mismo se electrificaba, y cuando eso ocurría buscaba sus ojos, pero éstos parecían inescrutables, distantes, fríos.