Menudo cabrón, se dijo una vez más.
– Esto es excelente… -comentó Theodor con su acostumbrada parsimonia-, realmente interesante.
Theodor, el anfitrión, era el mayor de todos. Era también el propietario de la empresa de safaris en la que todos participaban, pero sobre todo había hecho fortuna con el negocio inmobiliario en la Costa del Sol. Había montado una franquicia que acabó aglutinando más de un centenar de oficinas por toda la provincia de Málaga, aplicando su modelo de funcionamiento y comisiones infladas que ya le generó unos grandes beneficios en Alemania. Así, durante años, sus agentes compraron, vendieron, volvieron a comprar y a revender una y otra vez los mismos inmuebles. Todo se vendía y cambiaba de manos en aquellos años, cada vez más gravados con comisiones y subidas de precio mensuales, y casi todo quedaba en manos de agentes comerciales, vendedores y compradores extranjeros. A estos últimos los traía en avión desde toda Europa para meterlos en tours de visita de pisos, y vaya si funcionaba. Cada operación de las más pequeñas podía generar entre diez y veinte mil euros, y en los últimos seis años aquellas operaciones llegaron a producirse hasta tres veces al día. La venta de villas y otras propiedades de gran lujo que solían producirse más o menos una vez cada cuatro o cinco meses, generaban unas comisiones de seis cifras.
Luego llegó la crisis, y Theodor no esperó mucho, apenas tuvo indicios suficientes de que el mercado había caído cerró todas las oficinas menos una. El impacto en la economía local fue notable, con más de dos mil empleados en la calle buscando trabajo en un sector agonizante, pero Theodor debía proteger sus intereses económicos. Esperaría, como un oso hibernando en el largo invierno, a que el ciclo de la crisis pasase moviendo dinero en otros mercados fuera de España.
Pero Theodor no celebraba tanto como sus compañeros la segunda crisis, la de la Pandemia Zombi. Echaba de menos demasiadas cosas de la vida, las comodidades, el ser atendido, los viajes… y sobre todo, las mujeres.
Todo su lenguaje corporal, tan rico en matices cuidadosamente extraídos de cientos de personajes encontrados en diferentes culturas y su exquisito refinamiento pulido en los mejores colegios de Alemania y Francia, los había desarrollado con un único objetivo: el bello sexo. Theodor había sido una esponja de caracteres y poses. Allí donde veía a alguien con carisma o algún encanto particular, fuera acaso una simple pose o una manera particular y agradable de sonreír, lo absorbía y lo añadía a su particular colección. Lo asimilaba, lo hacía suyo. Era indeciblemente bueno en eso.
A cuántas mujeres había seducido con ademanes y susurros anhelantes que había tomado prestados de otros no podía ni decirlo. Los utilizaba según convenía, como un experto en laboratorio sabe qué fármacos combinar para obtener la medicina correcta. Según el tipo de mujer de que se tratase podía ser más suave, o arrogante, o incluso demasiado violento.
– Creo que Theodor ha pensado en algo -dijo Dustin mientras hacía cambiar su vaso de mano con gran rapidez.
Theodor encendió un cigarro y le dio una larga calada con elegancia, terminando con los labios fruncidos, casi como en un beso. Soltó el humo con delicadeza, despacio.
– ¿Cómo vamos a desempatar? -preguntó Reza inclinando ligeramente la cabeza. Bebía cerveza caliente con canela.
Bluma paseó la mirada entre Theodor y Dustin, un poco divertido. Guido permanecía apoltronado en su butaca con el ejemplar de Armas y Cazadores en la mano, aparentemente poco interesado en la conversación.
Theodor le miraba por entre la bruma del cigarro, con una mirada del todo intrigante.
– Oh, joder -dijo Bluma en voz baja-, espero que no nos toquéis mucho las pelotas.
– ¿Cómo… vamos… a… desempatar? -volvió a preguntar Reza, marcando mucho cada palabra.
– Paciencia, amigo Reza -dijo Theodor sin mirarle. -Debes trabajar esa virtud… paciencia y paciencia.
Reza suspiró de forma sonora. Le exasperaban las maneras pausadas de Theodor, estaban bien en ciertas ocasiones, y a veces hasta resultaba solemne, pero cuando había temas que tratar prefería que se fuera al grano.
Dustin sonreía con los brazos apoyados sobre las rodillas. De vez en cuando cambiaba el vaso de mano lanzándolo por el aire de una a otra, tap-tap, tap-tap. Por fin, Theodor soltó una enorme humarada y rompió el silencio.
– El Juego esta vez no consistirá en pruebas individuales en las que se cronometre el tiempo, esta vez, los dos partiréis a la vez por un objetivo común. Una… misión -dijo despacio, moviendo ambas cejas arriba y abajo con una sonrisa burlona.
– En serio, no nos toquéis las pelotas -advirtió Bluma echándose hacia atrás en el sofá con una media sonrisa en el rostro. Aunque conocía demasiado bien a aquel elenco de retorcidos liantes y sabía a ciencia cierta que se traían algo entre manos, sentía además una presión en la base del estómago que era una señal inequívoca de que se avecinaba una buena. Vaya si se avecina una, una de las buenas, pensaba.
– Cada uno -continuó Theodor sin prestarle atención- partirá en la dirección que le dé la gana. Y cada uno buscará… un algo, que luego traerá aquí. El primero en traerla… gana -dijo al fin levantando ambas palmas como un prestidigitador que acaba de esconder la bolita bajo uno de los vasos. El cigarro lo mantenía prieto, cogido con los dientes.
– ¿Qué cosa? -preguntó Reza, girándose para mirarle.
Bluma observó como Dustin se encorvaba más sobre sí mismo y Guido pareció hacerse más pequeño tras la revista. Joder, pensó con gravedad, estos cabrones van a jugárnosla de verdad, van a pasarse tres pueblos.
– ¿Qué cosa? -repitió Reza, impaciente.
El silencio cayó en el enorme salón. Fuera, la noche discurría por todas las calles y avenidas, mansa y silenciosa; pues desde donde estaban el eterno lamento de los muertos vivientes era apenas audible. El único sonido que les llegaba era el rumor sordo y lejano de los generadores de electricidad que rumiaban a plena potencia en el jardín.
– Una mujer -dijo Theodor al fin.
Reza tomó la noticia con el interés del deportista al que anuncian que en lugar de hacer saltos de valla tiene que participar en carreras de relevos. Se concentraba en el objeto de la misión, no en lo que la misión representaba. Lo que fueran a hacer con la mujer una vez la hubiera traído le daba exactamente lo mismo. Ni siquiera pensaba en la necesidad lujuriosa de sexo que brillaba como el fuego del infierno en los ojos de sus colegas, su apetencia por esos temas había rayado lo anecdótico cuando era más joven, y ahora hacía ya tiempo que esos intercambios de fluidos, esos amasijos de sudor y pelos, le aburrían sobremanera.
No, él empezaba a trazar planes prácticos. Dónde podría encontrar mujeres, qué haría cuando encontrase una, cómo traerla. Pero el asunto tenía muchos más afluentes para otros. Y algunos de esos afluentes eran rápidos tumultuosos donde el agua podía arrastrarte al fondo para siempre.
– ¿Cómo que… una mujer…? -preguntó Bluma despacio.
Theodor le miró desafiante, casi altivo, mientras Guido y Dustin se entregaban a reírse por lo bajo como colegiales. Sin decir palabra, Reza les despreció por su actitud infantil.
– ¿Vamos a hacer esto? -preguntó Bluma al fin, incorporándose y pasando la mirada de uno a otro.
– Yo diría que sí, Bluma -dijo Theodor, cortante. -Es lo que vamos a hacer.