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¿Ya estaban tan mal las cosas entonces, que nadie se llevó ese televisor? -se preguntó.

Por todas partes había espectros deambulando. Era impresionante que ninguno se fijase en él, si bien el sonido de la moto parecía ponerles en estado de alerta a medida que pasaba. Juan no se acostumbraba a caminar entre ellos sin ser atacado, como tampoco a verlos con sus camisas blancas, corbatas y pantalones de pinzas pulcramente planchados. Gente que iba o volvía de trabajar, se dijo, y ya nunca lo consiguió.

Pero el nuevo día empezaba ahora a despuntar por el este, un amanecer precioso con la esfera del Sol teñida de un color naranja intenso; y el cielo estaba despejado de nuevo con lo que se auguraba otro día luminoso y tibio. Se llenó los pulmones de aire de la mañana y sus lúgubres pensamientos parecieron al fin esconderse. La moto petardeaba saludablemente por entre los vehículos abandonados.

Juan no pasaba de los treinta kilómetros por hora. No quería esquivar una vieja furgoneta y encontrarse con todo un tráiler volcado o algún otro obstáculo tras una curva muy pronunciada. Se imaginaba desangrándose en el suelo, con la moto a diez o veinte metros delante de él y la rueda girando todavía como una noria demencial, sin posibilidad de ser atendido por nadie.

No, gracias.

Además, el panorama que le rodeaba aunque triste, era digno de contemplarse. Ya hacía tiempo que las columnas de humo se habían extinguido, pero los edificios calcinados prácticamente hasta los cimientos se erguían como oscuros monumentos, en recuerdo quizá a los días en los que la humanidad fue sometida por los muertos. En los muchos que quedaban en pie había señales de que las cosas marchaban mal. Cosas como cortinas colgando desgarradas asomando detrás de los cristales rotos.

A nivel de la calle, algunos de los locales estaban abiertos de par en par con las lunas destrozadas, otros en cambio se hallaban cerrados. El inventario de una tienda de muebles se hallaba desparramado por la acera incluyendo la hilera de aparcamiento en batería. Había muebles de madera que tenían pinta de haber sido carísimos, pero de nuevo, nadie se los había llevado. Quedaban para la lluvia, que los iba hinchando poco a poco cuando tenía ocasión.

* * *

Circulaba por la Avenida de Velázquez cuando los restos del tráfico empeoraron notablemente. El espacio entre los carriles iba reduciéndose a ojos vista y su capacidad para avanzar mermaba cada vez más, a menudo tenía que girar bruscamente apoyando el pie en alguno de los coches, o levantarse sobre sus piernas para pasar entre ellos cuando el hueco era demasiado estrecho. Los muertos deambulaban por doquier, y Aranda observó con cierta preocupación que todos parecían mucho más atroces que los que había visto en Málaga. La mayoría tenían el rostro lleno de heridas gravísimas, bien cortes profundos y rectos o heridas pequeñas como un sarpullido furioso que deformaban sus facciones. Otros tenían la cara negra, la ropa chamuscada y llena de hollín, como si hubieran estado vagando por los escombros de un aparatoso incendio. A unos pocos les faltaban algunos miembros, un brazo, o la mitad; cosa que aunque todavía le provocaba cierta repulsión, ya eran películas viejas, vistas en el pasado en varias ocasiones. Pero cuando vio a bastantes de aquellos espectros caminando con los huesos de ambos brazos expuestos, Juan se preguntó qué historia enfermiza habría habido por allí para ser escuchada.

Siguió avanzando sintiendo que la situación le inquietaba cada vez más. No sólo había espectros vagando, sino una cantidad tremenda de cadáveres amontonados entre los coches, dentro de ellos, asomando por las ventanas rotas. Las moscas, se descubrió Aranda pensando, quizá para apartar todo ese horror de su mente. Gracias al cielo estamos en invierno. Las moscas este verano van a ser una pesadilla… las moscas…

Resultaba difícil imaginar que semejante despropósito de vehículos apilados unos contra otros fuera casual. Detuvo lentamente la moto y observó desde cierta distancia.

No era casual, ahora estaba seguro. Había al menos cuatro camiones con sus enormes contenedores traseros bloqueando el paso. Apilados contra ellos en las posiciones más inverosímiles había una impresionante caterva de furgonetas, ambulancias y coches de gran tamaño, a veces apilados en altas torres formadas por hasta cuatro de ellos. A la derecha, fuera ya de la autovía y junto a los restos aún humeantes de una gasolinera Shell, había una enorme grúa provista de una monstruosa pinza metálica. Sus dientes de acero asomaban como la dentadura de un monstruo colosal; sin duda el artífice de aquellas construcciones locas. Los camiones estaban justo debajo de un puente aéreo, de los que se construyen para que los peatones puedan cruzar los cuatro carriles; y allí, junto a la barandilla, alguien había dispuesto unas hileras de sacos. Como una barricada.

Es una barrera, se dijo con creciente temor, una puta barrera. Pero, ¿querían que la población de Málaga no escapase, o que nadie entrase?

Instintivamente, hizo girar la llave de contacto y la moto se apagó con un ronquido apagado, conjurando el espantoso silencio de nuevo sobre él. Apenas se hubo quitado el casco el olor lo golpeó con una fuerza atroz; ya lo había percibido cuando estaba subido a la moto, pero ahora abrasaba sus pulmones como si estuviera respirando los mismísimos vapores del infierno. Rápidamente se puso un buen pegote del ungüento mentolado del doctor Rodríguez y aunque no hizo desaparecer el hedor a podredumbre del todo, sí que lo hizo soportable.

Continuó entonces a pie con el propósito de echar un vistazo a la barrera, y sobre todo, a lo que había al otro lado. Pero resultó una tarea mucho más complicada de lo que había pensado. En el suelo se amontonaban los cadáveres, una alfombra espeluznante de brazos y piernas torcidos en posiciones imposibles. La lluvia, que había castigado la zona tan duramente en las últimas semanas, había propiciado crecimientos fungosos en mejillas y manos. El olor era sencillamente demoledor y Aranda lo percibía incluso por debajo del ungüento.

Había otra cosa, algo en lo que no había reparado al principio. Las carrocerías de los coches, estaban llenas de impactos de bala. Pasó los dedos por el borde de uno de los agujeros, pensativo, y se fijó en los cuerpos tirados por el suelo. Definitivamente había agujeros impresionantes en la ropa, por todas partes. Los habían ametrallado.

Aranda oteó en todas direcciones. Se daba cuenta de que había sido una buena idea apagar la moto; si todavía quedaba alguien oculto en alguna parte, alguien vigilante, quizá con un rifle entre las manos, él pasaría por un muerto viviente más moviéndose entre los coches. Al menos, en eso confiaba.

Cuando llegó al borde de la carretera, saltó la barandilla y empezó a caminar por un área diáfana donde alguien había apilado un buen montón de objetos personales como maletas, ropa y muebles en confuso batiburrillo. La montaña era enorme.

Que me jodan si esas no son las cosas de la gente que intentaba pasar por la carretera, pensaba Aranda intentando imaginar qué tipo de situación se había producido allí. Una vez había visto una película en la que el equipaje de unos judíos que iban a ser deportados era cuidadosamente clasificado y categorizado para la gloria del Tercer Reich. Los judíos naturalmente acababan en campos de concentración o como parte de la Solución Final, pero las montañas de equipaje permanecían. Sus cosas permanecían.

Continuó andando, rodeando despacio la montaña de enseres. Al fondo, formando un parapeto con el edificio, había más sacos apilados. Y cadáveres… siempre cadáveres.

Cuando llegó por fin al otro lado de la barrera se detuvo, vivamente impresionado. ¡Allí estaban, después de todo! Contaba hasta una docena de vehículos militares, camiones para el transporte de tropas le parecía, de varios modelos. Había unos Pegaso que parecían sacados de una película histórica y otros de líneas más modernas, unos Mercedes fuertes y robustos. No tenía mucha pinta de que a los militares les hubiera ido muy bien sin embargo; al menos dos de los camiones estaban quemados desde las gomas de las ruedas hasta la punta de la luz de gálibo, un tercero estaba volcado y muchos de los otros estaban aparcados de cualquier manera en todo tipo de ángulos. Más allá de éstos se divisaba una interminable caravana de vehículos cuya hilera sinuosa, se perdía hasta donde alcanzaba la vista.