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Silencio. Álvaro parecía aguantar la respiración.

Se asomó a su vez por el marco de la puerta para ver si había alguna reacción en los zombis. Nada. Ninguna.

Experimentó entonces una excitación sin precedentes. Vaya si estaba funcionando, ¿por qué no lo habían intentado antes? Podían haber buscado otro restaurante, o una tienda, o un kiosco con bollería. Se imaginó hincándole el diente a un dulce de chocolate con fresas y su estómago que yacía en su interior plegado pared con pared, pareció sacudirse brevemente.

Dentro del barril, Antonio escudriñaba el exterior por las pequeñas rendijas que había entre tabla y tabla con el corazón palpitante. Bendijo en silencio el diseño puramente ornamental de aquellas mesas, o de lo contrario habría tenido que moverse a ciegas. Esperaba pues, rezando para que toda su peripecia hasta meterse en el barril hubiese pasado desapercibida.

Contó mentalmente hasta veinte, y como quiera que todo seguía en silencio, probó a empujar el barril lentamente en una dirección.

Brmmmmm.

Paró inmediatamente, horrorizado. El barril había hecho un ruido enorme al arrastrarse por el asfalto. El pánico ascendió desde algún punto indeterminado, como trepa el fuego por un pinar seco y demasiado poblado. De repente sentía que el espacio que le quedaba ahí dentro era ridículo, demasiado angosto como para que pudiese siquiera respirar, pero a medida que pasaban los segundos y comprobaba que, una vez más, ningún zombi había sido atraído empezó a sosegarse. Su respiración volvía a su ritmo normal y su corazón apagó todas las pequeñas luces de Emergencia.

Poco a poco, empujando despacio, consiguió desplazarse medio metro. Era hora de llamar a su hermano.

Lo hizo asomando una mano por debajo, Álvaro la vio al vuelo y corrió hacia él. Entre los dos fue relativamente sencillo levantar el barril y meterse juntos.

– Para esto era que perdimos tanto peso -susurró Álvaro cuando se vio pegado a su hermano; el espacio era realmente reducido y la respiración de ambos resonaba como soplidos de elefante en un vagón de transporte. Antonio rió el comentario y las dentaduras perfectas de ambos, con forma de sonrisa, resaltaron en la penumbra del barril.

Así avanzaron, acuclillados y pegados como hermanos siameses, ganando centímetro a centímetro a los zombis, deslizándose entre ellos y dejándolos atrás. Cada minuto que pasaban empujando despacio intensificaba su emoción; ni el hambre, ni las picaduras de chinches y pulgas, ni el recuerdo omnipresente de las miserias pasadas podían empañar aquel logro. De vez en cuando se miraban sonriendo.

¡Sargento, atienda usted a esos hombres! se imaginaba Antonio. ¡Señor, sí señor!

– Muy bien, hijo de perra sarnosa, y asegúrese de que le dan un buen plato de jamón, patatas, una ensalada y dos o tres solomillos.

– ¡Sus órdenes, mi capitán!

Una hora y media más tarde, con la espalda rota por la postura y el esfuerzo, llegaban a una especie de plaza o avenida diáfana. El cable del globo aerostático pendía de una especie de construcción central recubierta de sacos de ese color verde militar característico. Los dos hermanos movían sus cabezas a un lado y a otro intentando ver más. No había gente, pero sí una buena cantidad de cadáveres en el suelo, por todas partes. De hecho, veían muy complicado poder avanzar más.

De repente, un ruido en el aire.

Fwwwwwp.

Seguido de un golpe seco.

Los dos hermanos se miraron, sus caras eran la sombra de la duda.

Fwwwwwp. Thumb.

– ¿Qué cojones…? -susurró Álvaro.

Antonio miraba por la rendija. Estaba observando uno de los zombis más cercanos cuando de repente se sacudió como si le hubieran golpeado con una maza invisible; su cabeza estalló por un lado, completamente reventada…

Fwwwwwp.

… y luego cayó desmadejado al suelo.

Thumb.

– ¡Los están disparando! -susurró Antonio tras unir las últimas piezas del puzzle, con los ojos abiertos de par en par.

– ¿A quién? -preguntó Álvaro, sin comprender.

– A los zombis, con un silenciador, así no se enfurecen… ¡brillante!

Fwwwwwp. Thumb.

Aquél fue el último.

Antonio y Álvaro esperaron, sin saber muy bien qué hacer. Por fin, escucharon una voz a no mucha distancia.

– ¡Eldel barril!

Empezaron a levantar el barril, despacio primero, hasta que comprobaron que no había ningún muerto alrededor. Ningún muerto de pie al menos, ya que el suelo estaba sembrado de cadáveres. A unos veinte metros por delante antes del búnker de sacos, había un hombre de pie, vestido con un traje como el de uno de esos agentes especiales que tantas veces habían visto en las películas. Llevaba grandes gafas de cristal y un casco militar. Les apuntaba con un rifle.

– ¡Eh, oiga! -dijo Antonio, terminando de retirar el barril. -¡Somos supervivientes, somos supervivientes!

– ¡Salgan de ahí! -dijo entonces.

Era curioso, pensaba Álvaro. Aquél hombre tenía un acento guiri, quizá los ingleses, o los americanos, habían llegado para ayudar a combatir a los zombis. Quizá…

Antonio se puso de pie, levantando las manos. Había esperado que salieran más soldados armados. Aunque quizá estaban escondidos. Claro, eso era, estaban ocultos, apuntándoles con sus armas por si la cosa se ponía fea.

– ¿Hay alguno más? -preguntó el soldado con su remarcado acento extranjero.

– Alguno más -repitió Antonio, un poco aturdido. -No, no, solo nosotros dos.

– ¿Solo vosotros dos? ¿No hay nadie más en refugio?

– No, ¡nadie más! Nosotros dos solos.

– ¿Ninguna mujer? -preguntó el soldado de nuevo, dando pequeños pasos hacia su dirección.

Álvaro le miró. ¿Ninguna mujer? se repetía en su mente. ¿Qué coño de pregunta era esa?

– No -respondió Antonio con una media sonrisa, sin comprender realmente- ninguna mujer.

El soldado levantó su rifle y disparó dos veces.

Fwwwwwp. Fwwwwwp.

Antonio y Álvaro cayeron al suelo con un agujero sangrante en mitad de sus frentes. La parte de atrás de sus cabezas había explotado expulsando sangre y cerebro a borbotones. Cayeron uno junto al otro, con los ojos abiertos y las manos cruzadas como si hubieran querido cogerse antes de morir.

* * *

Reza estaba furioso. Su plan no estaba funcionando como había imaginado. Éstos eran los terceros que sacaba de sus agujeros con el truco del globo aerostático; lo había encontrado hacía semanas en uno de los camiones que había en la carretera entre Marbella y Estepona, un estúpido vestigio abandonado del "glorioso" Ejército español. Pero la única mujer que había venido parecía sacada directamente de los campos de concentración nazi, demasiado delgada y fea como para llevarla ante el grupo de caza. Un disparo la quitó de en medio, como a todos los otros.

No tenía muy claro qué hacer a continuación. Podía esperar un poco más, desde luego, porque personalmente tenía tiempo todavía, no confiaba en que Bluma fuese capaz de encontrar supropio culo con una linterna. Pero sin embargo ahora tenía muy claro que Marbella estaba muerta. Quizá era hora de ir a la capital, a Málaga. Si habían podido resistir a los muertos vivientes, sería allí, donde había un mayor número de unidades de Protección Civil.

Sí. Eso haría. Iría a Málaga.