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Distraídamente, empujó la mano de Antonio con la bota y se alejó despacio.

12. Tarta de coco

El enorme mastín sin nombre descansaba ahora muy cerca del escondite, tumbado sobre el césped y dejando que el Sol tibio del invierno secase su pelambrera. Alba y Gabriel estaban a su lado, maravillados por su tamaño. La pequeña ya le había contado a su hermano la tenebrosa experiencia con la piscina y Bob El Ahogado y cómo "el perrito" la había salvado. Gabriel se había puesto furioso de veras; Alba no recordaba que su hermano se hubiera enfadado tanto con ella desde mucho antes de Aquella Noche, pero después, el mastín había captado toda su atención y Alba dejó atrás el incidente con esa maravillosa capacidad de recuperación que solo los niños tienen.

– Qué sucio está -observó Alba.

– Está asqueroso, a saber dónde habrá estado. Menos mal que nos queda champú -contestó Gabriel echando casi todo el bote sobre la enorme panza. El perro sin nombre sacudió brevemente la pata al sentir el frío líquido, pero mantuvo la cabeza tumbada. Sabía que los AMOS iban a cuidarlo un poco y era posible que no le gustase, pero tenía que ser un BUEN PERRO, como antes, hacía más tiempo del que podía recordar, y estarse QUIETO.

Los niños se pusieron rápidamente manos a la obra y comenzaron a frotar y extender el champú, ambos tenían la nariz arrugada porque el animal desprendía un olor fortísimo.

– ¡Qué bueno eres! -exclamó Alba encantada con el mastín, dándose cuenta en ese momento de que no sabía cómo dirigirse al perro.

– ¿Cómo se llamará? -se preguntó en voz alta.

– Perro Anti Zombis… -dijo su hermano divertido.

– ¡No, ese nombre es muy feo!

Gabriel se inclinó hacia su izquierda para verle la cara al perro, y se fijó en las manchas negras que bordeaban sus ojos, como un antifaz.

– ¡Batman! -exclamó Gabriel, súbitamente inspirado.

– ¡No, no, el perro es mío! -protestó Alba dando saltitos sobre sus rodillas, visiblemente disgustada con las ideas de su hermano. -¡Lo llamaré como yo quiera!

– Vale, chulita.

Pero Alba maquinaba ya un nombre para el perrito gigante que le había salvado la vida; se concentraba en buscar alguno que fuera realmente bueno, alguno que hiciera que el perrito estuviera realmente contento.

Gabriel echó otro buen chorro de champú, esta vez cerca de la cabeza y continuó restregando con firmeza. No se había fijado hasta el momento, pero el perro tenía un collar marrón con puntas ribeteadas de metal. Allí, en la parte de abajo, se podía leer un nombre y un número de teléfono móvil.

– Creo que tu perro ya tiene un nombre -dijo Gabriel, esforzándose por leer la caligrafía. El nombre estaba escrito con pulcros caracteres, altos y delgados como patas de araña.

Alba esperaba con expectación, con espuma hasta los codos y la carita infantil iluminada por los ojos abiertos de par en par.

– Se llama… Gulich.

El mastín estiró las orejas cuando escuchó el nombre, ¿le había parecido que los AMOS habían dicho YO?

Alba arrugó la nariz, pero el nombre sonaba divertido y sonrió satisfecha. ¡Gulich, Gulich! repetía contenta.

– ¿Qué significa, Gulich? -preguntó Alba.

– Y yo qué sé, debe ser un perro guiri.

Alba soltó una burbujeante y chisposa carcajada que hubiera contagiado al más pintado.

– ¡Un perro guiri! -decía una y otra vez.

Gabriel sonreía.

Gulich ya no tenía ninguna duda. Los AMOS estaban contentos y hasta hablaban de YO. Eso tenía que ser bueno. Se estiró levemente mientras el champú hacía efecto en su pelaje marrón, dejando que las ensoñaciones de COMIDA llenaran su mente.

* * *

Unas horas más tarde, Gulich estaba sentado sobre sus cuartos traseros a las puertas del escondite. Le habían quitado todo el champú y el pelaje, espectacular, comenzaba a secar. También le habían dado otra lata de albóndigas en salsa y se la había tragado en un tiempo récord. Su lengua hacía viajes fugaces por toda la cara buscando restos de comida.

Gabriel había ido a mirar a la piscina para ver si podía averiguar qué había pasado con Bob El Ahogado, pero era como si el agua se hubiera tragado de nuevo su cuerpo descabezado. No había rastro de la mano ni de ninguna otra cosa. Gabriel no lo lamentaba.

Cuando volvió de vuelta con Alba, la niña se sentó a su lado con una galleta de chocolate en la mano. El muchacho, que ya empezaba a apuntar maneras y rasgos del gran hombre que sería algún día la estudió brevemente. Le había fascinado la frialdad con la que le había contado cómo se había caído a la piscina, cómo había tragado agua hasta casi ahogarse, cómo había creído que el gigantesco mastín iba a comérsela, y cómo Bob El Ahogado había tironeado de ella hacia abajo. Gabriel sabía que si eso llega a pasarle a su madre o a cualquier adulto que conociese, habría quedado trastornado para los restos. Tra-la-rí, tra-la-rá. Y eso hacía que ahora mirase a la pequeña con nuevos ojos. Era fuerte, pensaba con cierto orgullo, era fuerte la chulita.

– Gaby.

– ¿Qué pasa?

– Esta mañana no te dije una cosa -dijo mirando el suelo.

– ¿Qué cosa?

– Lo que vi… Lo que vi aquella noche.

Gabriel se puso tenso, aunque intentó no aparentarlo. Siempre había convivido con ese… particular talento, esa capacidad extraordinaria que tenía su hermana. No era miedo lo que sentía, pero su incapacidad para comprenderlo le superaba tanto que le merecía un respeto terrible. A sus padres les había pasado lo mismo. Cada vez que Alba decía que olía a tarta de coco, se ponían tensos como si alguien les hubiera enchufado una carga eléctrica en el trasero. No hablaban de ello, dejaban que pasara con una expresión extraña en el rostro y luego disimulaban torpemente haciendo bromas o proponiendo planes para el fin de semana.

– ¿Qué pasa con eso? -preguntó al fin.

– Lo que vi, Gaby… ya ha pasado. Ya ha ocurrido.

– ¿Cuándo? -preguntó el muchacho, mirándola con ojos despavoridos y una incipiente sensación de aplastamiento en el vientre.

– Ayer, cuando cenábamos sopa.

Gabriel movió la lengua para hablar pero se dio cuenta de que la boca se le había secado.

– ¿Estás segura?

La niña asintió con un enérgico movimiento de cabeza. Lo había visto, desde luego. Sus visiones eran tan nítidas que parecía que estaba viendo una película, si bien una antigua en un televisor analógico. Pero no había brumas místicas, rostros borrosos o interpretaciones ambiguas que realizar. Aquella escena era inconfundible. Sí, había pasado.

Para Gabriel aquello era un jarro de agua fría, y la forma en la que su hermana se lo había contado (casi veinte horas después, de hecho) le daba a entender que también ella se daba cuenta de lo que significaba.

Significaba que a partir de ahora ya no estaban a salvo, que el futuro era incierto. Que la próxima vez que Bob El Ahogado decidiera salir de su piscina particular con la cabeza sujeta por los cabellos en su mano crispada, no aparecería ningún perrito bueno a salvarles, y que probablemente, un bote de harina tampoco sería suficiente. La próxima vez.

Un escalofrío recorrió su espalda.

– Pero Gulich cuidará de nosotros -soltó Alba. Le había quitado una tapa a su galleta y lamía con deleite el chocolate. A su lado, el mastín movió el rabo brevemente.

* * *

Pasaron varios días, días amables sin sobresaltos ni sustos. Descansaban y jugaban en la hierba, haciendo piruetas, jugando al Veo-Veo, siempre cerca del escondite aunque más relajados ahora que tenían al gigantesco Gulich con ellos. El Sol prodigaba su calor desde primeras horas de la mañana hasta que se retiraba, temprano, a eso de las seis. Entonces caía la noche, la temperatura descendía unos cuantos grados y los tres se retiraban al escondite. Gabriel bendecía la verja que cerraba el complejo cada noche, hacía un buen trabajo manteniendo a esas cosas lejos.