Reza vio todos los fallos en el perímetro de su defensa. No era una ciudadela fortificada contra todo tipo de eventualidades, solo parecían estar interesados en mantener a los muertos apartados, y eso los hacía extremadamente vulnerables para alguien como él. Pero no iba a hacer nada sin saber con quién se enfrentaba.
– Esperaremos. A ver qué pasa cuando la jornada comience -anunció entonces. Sus ojos eran dos líneas finísimas en el mapa de su cara.
Y el nuevo día llegó dispersando las tinieblas que se habían apoderado de toda la ciudad. Abajo en la calle, la cantidad de muertos vivientes seguía siendo importante, ni Reza ni Dustin recordaban haber visto tantos juntos, pero sin duda habían sido atraídos por la brillante luz que mantenían encendida de noche.
– ¿Por qué dejan esa parte iluminada por la noche? -preguntó Dustin.
Pero por toda respuesta, Reza le dedicó una enigmática mirada. Ya por fin, con la luz descubriendo y perfilando los volúmenes que sólo se adivinaban en las horas oscuras previas al amanecer, las primeras figuras comenzaron a aparecer. Y lo hicieron desde el edificio que estaba más al norte, el que permanecía a oscuras. Reza sonrió con autosuficiencia, bien pagado de sí mismo como de costumbre porque había adivinado el motivo por el que iluminaban una parte.
– Porque están vacíos -dijo al fin. -Los supervivientes viven en los edificios del norte.
– ¿Cómo?
Reza suspiró.
– Lo hacen para que los muertos no estén alrededor de donde viven. Los mantienen lejos.
Dustin miró la calle de nuevo. Era cierto, la cantidad de espectros que se arremolinaba alrededor del edificio iluminado era mucho mayor. Quiso devolverle a Reza una mirada apreciativa pero éste había vuelto ya a sus prismáticos y estudiaba a las personas que habían salido fuera, y que el Diablo se lo llevase, pero vaya si aquello no era una tía buena: Llevaba una camiseta sin mangas y un pantalón beige, y por la forma en la que meneaba las caderas Reza creía que sería más que suficiente para que Theodor y los otros le adjudicaran el título de Ganador.
A su lado iba un muchacho joven, caminaban conversando hasta que llegaron a una especie de huerto donde estuvieron un tiempo. Al cabo de un rato otras personas salieron a la pista de atletismo, pero éstas eran diferentes. Reza lo sintió nada más verlos porque algo en ellos le hacía chirriar los dientes. Cuando empezaron su entrenamiento supo que eran parte de las fuerzas activas de aquel reducto, hacían ejercicios de mantenimiento físico, primero con calentamientos de estiramiento, luego corriendo, y en una bolsa de deportes negra asomaban los cañones largos y mortales de unos rifles, probablemente para los ejercicios de puntería un poco más tarde.
Estudiaron todos sus movimientos durante un buen rato y tanto Dustin como Reza no solo supieron que estaban bien preparados, sino que llegado el momento, podrían ser bastante peligrosos. No era por su forma física o sus movimientos perfectamente ejecutados, sino por la forma en la que trabajaban como un solo hombre. Se veía a la legua que funcionaban como un equipo, que lo habían hecho durante mucho tiempo, y que ése era probablemente su mayor punto fuerte.
Al cabo de un rato, el sonido de la sirena del barco empezó a llegar todavía lejano. Cargado de melancolía, el lamento distante causó cierto revuelo entre los hombres a los que espiaban con creciente interés.
– ¿Es un barco? -preguntó Dustin quien albergaba aún una duda razonable.
– Eso creo. Es muy interesante.
Los hombres se habían reunido ahora en la puerta del edificio principal y charlaban acaloradamente. La sirena seguía preñando el aire de una sensación de alerta acuciante, o quizá era esperanza. Lo que estaba claro y Reza lo sabía, era que aquellos hombres y mujeres estaban decidiendo qué hacer.
Era fantástico para sus planes, ni siquiera planeándolo hubiera salido todo tan bien. Allí estaba también aquel equipo de combate haciendo aspavientos con las manos, señalando y tratando de decidir qué hacer.
– Id. Id al barco… -susurró Reza con su elegante acento teutón. La frase en su idioma natal sonó como un gruñido.
Una hora más tarde la sirena del barco seguía sonando, pero el exterior de la ciudad deportiva se encontraba silencioso y vacío con la excepción de un par de trabajadores en el área del huerto. De tanto en cuanto, alguien salía del edificio y cruzaba el porche para perderse por alguna otra puerta del complejo, pero eso era todo.
Reza no las tenía todas consigo. Había estado atento a todo el perímetro pero no había visto salir a nadie.
– Estoy seguro de que esta gente ha debido acudir al reclamo de la sirena -dijo Dustin pasándose una mano por su minúscula perilla rubia, estrecha y alargada como la de un chivo.
– Ya.
– Pero no hemos visto salir a nadie.
– Lo sé.
– ¿Cómo explicas eso? Primero un tipo subido en una moto pasa entre los zombis sin que ninguno se le eche encima, y ahora el resto desaparece sin que se les vea por ninguna parte.
– Estoy pensando -le dijo fríamente. Su mirada le indicaba muy a las claras que guardara silencio. Para Dustin, Reza era el cabronazo más frío que había conocido en su vida, y eso, teniendo en cuenta que había lidiado con algunos de los gorilas rusos más asépticos y despiadados que pueda uno imaginar era decir mucho. Él prefería a Guido quien le era más afín. Incluso Theodor tenía su parte humana, su lado vicioso, sus debilidades y su macabro sentido del humor. Era un monstruo, sí, pero la oscuridad de su alma era humana. Reza, sin embargo, era como un trozo de roca. Incluso sus infrecuentes muestras de emoción resultaban en él artificiales, como si tuviera que simularlas.
– Creo que ya lo sé -dijo Reza después de un rato. Una sonrisa informe le curvaba la comisura de la boca. Miraba con sus prismáticos a alguna parte indeterminada del exterior, vacío. Dustin intentó seguir su línea de visión con los prismáticos, pero allí no había nada. Nada excepto…
– Las alcantarillas… -susurró entonces.
Despejaron la mesa de botes de zumo, frutas en almíbar y otras cosas para desplegar el armamento que habían traído. Las joyas de la corona eran dos lanzagranadas GP-30 de 40 milímetros que se acoplaban elegantemente a los rifles AK-74 y funcionaban independientemente. Eran pesados porque estaban hechos totalmente de metal con excepción del grip. Se municionaban por avancarga, unos hermosos proyectiles de los que tenían una docena; más que suficientes para armar una pequeña fiesta.
Después de revisar y volver a colocar el armamento en los cintos, hablaron brevemente sobre el plan. Fue ideado por Reza en su mayor parte, y aunque no estaba carente de riesgos les provocó una febril excitación interior. Su charla era aguda y cargada de connotaciones hostiles.
Como los aullidos de los lobos en el bosque.
Después de coger el material habitual, su estetoscopio, una inyección para obtener una muestra de sangre y su libreta de registro, el doctor Rodríguez fue a ver a Moses. El Escuadrón de la Muerte acababa de partir hacia el puerto para atender la llamada del barco, ignorantes aún de que acabaría por convertirse en una trampa mortal, así que le planteó sus dudas.
Se lo encontró en el vestíbulo principal.
– Buenos días -le saludó.
– ¿Qué hay, doctor?
– Tengo que ver a nuestro sacerdote -dijo levantando la pequeña mariconera donde llevaba el equipo- para la visita de control diaria, pero siempre voy con Dozer, ya sabes, por si acaso.