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– ¡Ah, entiendo! -reflexionó un instante-, ¿no puede esperar a que vuelvan?

El doctor pestañeó un segundo.

– En realidad es importante hacer la muestra a la misma hora en las mismas circunstancias, antes de que Isidro desayune. Se trata de un control muy preciso, hay mucho en juego.

– Claro, claro, supongo que alguien podría acompañarle.

– No creo que haya ningún problema. El padre Isidro está muy enfermo y su debilidad es patente. Ahora lo verás. Aún así, me quedaría más tranquilo si vamos un par de nosotros.

Moses asintió.

– Yo le acompañaré.

– ¡Excelente! -exclamó Rodríguez. -Es cosa de unos minutos, ¿tienes tiempo ahora?

– En realidad, sí.

Salieron fuera y cruzaron la zona de las pistas por el camino peatonal que las dividía y separaba la celda del padre Isidro unos cien metros del edificio principal. El camino era agradable, rodeado por altas palmeras que dibujaban peculiares sombras en el suelo.

– Está siendo un día extraño -comentó Moses mientras caminaban.

– ¿Se refiere a la sirena?

– A eso, al hecho de que el Escuadrón se haya ido tan lejos, y también a que Juan haya decidido marcharse a una especie de aventura personal en busca de… quién sabe, de sí mismo, sospecho.

El doctor calló. Ambos sabían que no estaba en absoluto de acuerdo con ese viaje inesperado.

Cuando llegaron a la celda Moses se acercó al pequeño ventanal. El padre estaba arrodillado ante su camastro en actitud orante, así que retiraron el pestillo de la puerta y entraron.

Dentro, olía a orín y a algo más, un olor indefinido y dulzón como el que flota débil pero persistente en los asilos de ancianos.

– Buenos días, padre -dijo Rodríguez- es la hora del examen, ¿qué le parece?

El padre terminó su oración, se santiguó brevemente y se incorporó no sin esfuerzo. Cuando se dio la vuelta Moses se sorprendió al ver su rostro demacrado y surcado por una miríada de arrugas, tan profundas que casi parecían laceraciones. Sus ojos sobresalían como dos huevos duros en la tela rancia y apergaminada que era su cara.

El pelo blanco tenía ahora el aspecto fantasmal y desarraigado de una telaraña. Moses estaba impresionado, había perdido muchísimo peso desde la última vez que lo vio.

El padre se sentó en la única silla que tenía en la celda, y al hacerlo sus huesos parecieron crujir y protestar. Se arremangó exponiendo un brazo huesudo y macilento que al marroquí le recordó las fotos de los prisioneros judíos en los terribles campos de concentración nazis. Apartó la vista, incapaz de mirar más tiempo, y se fijó en el estado lamentable de la celda en la que Isidro pasaba sus días. Era del todo austera, y las paredes mostraban negras manchas de humedad que colgaban de ellas como oscuros espectros, auténticos guardianes que vigilaban implacables, todos y cada uno de los días de encierro del sacerdote.

– Oh por Dios -susurró Moses, casi para sí mismo.

Para todos ellos el padre Isidro había sido la quintaesencia del mal en el último mes, pero ahora el pobre diablo casi conseguía despertar en él sentimientos de lástima, pena y culpabilidad por mantenerle en ese estado. Era evidente que el anciano ya nunca se recuperaría.

El padre Isidro estaba acabado.

– El pecho primero, padre -dijo el doctor colocándose el estetoscopio en los oídos.

El padre Isidro obedeció, sumiso. Aún conservaba el alzacuello y la sotana que acusaban un estado de suciedad lamentable.

– ¿No se le pueden proporcionar otras ropas? -preguntó Moses.

– Lo hemos intentado pero se niega. Cuando intentamos desnudarle entra en un estado de histeria importante, su corazón se acelera hasta extremos que ni un atleta de élite podría soportar, lo que no es nada bueno. Así que decidimos dejarle estar.

– Entiendo.

Cuando el sacerdote mostró su pecho, el sólido muro de rencor que Moses había construido terminó por derrumbarse. Era ya más un esqueleto que otra cosa, y el tórax asomaba a través de la piel tirante como si quisiese evadirse. Las hendiduras en la carne entre una y otra costilla eran como pequeños valles que proyectaban sombras oscuras en su piel. Sobre ella, descansaba un rudimentario crucifijo de madera que mantenía sujeto al cuello por una pequeña cadena. Aunque alguna vez debió ser dorada, ahora parecía apagada y fría.

– Por favor, inspire hondo -solicitó el doctor.

Pero de repente, un sonido distante y ominoso llegó retumbando desde el edificio principal. Moses se sobresaltó, tenía demasiado reciente el error que cometieron en el parking. Una veta de pánico creció desde la base de su estómago hasta la nuca, vibrante como un martillo percutor, aquello se parecía demasiado a una explosión. Y en aquel breve instante fue súbitamente consciente del verdadero motivo de su pánico, apareció como un rótulo luminoso envuelto en llamas que se dibujó en su mente con una nitidez del todo inusual para una imagen mental. Decía: ISABEL.

– Jesús -dijo con la boca seca- ¿y ahora qué?

El doctor se había detenido y lo miraba con ojos interrogantes que reflejaban una profunda preocupación.

– No lo sé… no lo sé…

Un regusto agrio de bilis estomacal apareció en su boca. Era perfectamente consciente de que esta vez, estaban solos. No estaba José y su impresionante puntería. No estaba Dozer. Susana se había ido. Uriguen se había ido. Ningún Escuadrón iba a solucionar nada esta vez.

– Tengo que ir a ver -dijo Moses.

– Ve. Yo me encargo. Casi hemos terminado.

– ¿Seguro? -preguntó Moses. Una cortina de sudor había cubierto su frente.

– Seguro -dijo, aunque su mente, más elocuente parecía decirle: Seguro, ya lo ves. Este hombre no tiene fuerzas ni para tirarse un pedo a medianoche.

– De acuerdo -dijo Moses, y salió corriendo de la habitación.

El doctor echó un breve vistazo fuera, pero todo en apariencia era normal. Se giró hacia el padre, y por un segundo, creyó percibir algo. Isidro seguía sentado en su silla con el pecho al descubierto y el brazo expuesto apoyado sobre el muslo de la pierna, pero algo en él parecía diferente.

Decidió tantearlo un poco antes de acercarse.

– ¿No rezará por nosotros, padre?

Isidro no dijo nada. Parecía mirar el suelo con la mirada perdida.

– ¿Ha escuchado la sirena, padre? -preguntó Rodríguez- ¿no se ha preguntado qué podía ser?

Otra vez silencio.

– Era un barco -dijo dando pequeños pasos dubitativos hacia él- un pequeño grupo ha partido hacia el puerto a ver de qué se trata. Quién sabe, podría ser un barco con ayuda. ¿Qué le parece?

Se puso a su lado y extrajo algunas cosas de su bolso, un algodón, un pequeño bote de alcohol, y la jeringa.

– Voy a tomarle la muestra, ¿de acuerdo? y terminamos. Dentro de un momento podrá desayunar.

Lavó la zona con el algodón impregnado en alcohol y, antes de aplicar la jeringa para sacarle sangre volvió a buscar su mirada. Tenía los pelos de la nuca erizados como si el aire mismo se hubiera electrificado. Algo va mal, se decía, algo va muy mal…

Por fin, acercó la mano a la piel para hincar la jeringa y…

La mano del padre le detuvo. Se había movido con tanta rapidez que era como si se hubiera perdido los fotogramas intermedios. Allí estaba aquella mano huesuda y pálida atenazándole la muñeca con una fuerza inexplicable. Iba a decir algo, pero la presión era tal que no pudo evitar abrir la mano para dejar caer la jeringa. El padre Isidro movió la otra mano con similar rapidez, cogió la jeringa que empezaba a resbalar hacia el suelo y describió un arco con el brazo, al final del cual, la jeringa acabó clavada en el ojo derecho de Rodríguez.