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– Te escucho, Sombra -dijo una voz. Sonaba alta y clara, aunque amortiguada como si el sonido surgiera del interior de una lata.

– Tengo aquí un tipo del exterior, se ha colado dentro. Te lo juro.

Te lo juro, pensó Aranda con suspicacia. El opio de los mentirosos.

– Repite eso, Sombra -dijo la voz.

Sombra se dio la vuelta y se alejó un par de pasos como para hacer la conversación más privada. Sin embargo, Aranda todavía pudo seguir escuchándole.

– Que tengo un tío aquí, en la entrada de la carretera. Se ha colado no sé por dónde. Dice que viene solo, de Málaga.

– ¿Qué coño…? -contestó la voz-. Tráelo aquí. ¡Espera! Si está herido ya sabes. Mira si tiene armas. Y te mando a alguien para que vigile la entrada.

– Vale.

Se acercó de nuevo a donde estaba su compañero mientras devolvía la radio a su cinturón.

– No estoy herido -comentó Aranda, todavía con los brazos en alto- pero tengo una pistola en la mochila.

Sombra se acercó un poco más y le miró de arriba abajo mientras caminaba a su alrededor.

– Vale, pues pásame la mochila, tío. Y ponte en marcha.

Caminaron en hilera por la carretera principal con Aranda entre los dos hombres. Después de un rato, el camino describía una suave curva hacia la derecha. Había árboles a ambos lados, pero en el margen más meridional había un buen montón de bungalows. A pesar de la situación, Aranda reconoció para sí que el lugar era extraordinario para fundar un asentamiento de supervivientes. Allí olía a pino y a hierba, y también a madera tibia calentada por el Sol, y esas cosas pueden ayudar a sobrellevar mejor el día a día; volver a la naturaleza, escapar del sarcófago de cemento que era ahora la ciudad. Por un momento se imaginó a su gente organizando barbacoas entre los árboles, o fumando tabaco alumbrados por pequeñas antorchas en los largos días de primavera que estaban por venir. Y en verano se tumbarían en la tierra y mirarían las estrellas, resplandecientes sin la contaminación lumínica de antaño. Secretamente, rezó a Dios para que todo fuera bien.

– Este lugar es enorme -comentó Aranda, más para tantear a los hombres que otra cosa. Pero para su consternación, nadie dijo nada.

– Oye -dijo Sombra al fin, después de un rato -¿de verdad vienes de Málaga?

– Sí, claro.

– Pero… joder… ¿y los zombis?

– Bueno, aprendes a moverte entre ellos si tienes cuidado -dijo Aranda, decidiendo inmediatamente que su pequeña habilidad también sería un secreto por el momento.

– Y una mierda -dijo el hombre que no había abierto la boca hasta ese momento. Lo dijo arrastrando mucho las palabras, como recreándose en la pronunciación.

– En serio, no es difícil -dijo Aranda.

– Los huevos -respondió cortante.

– A lo mejor piensas que he venido volando.

Sombra rió a su espalda.

– Uy, uy máquina -dijo- no te interesa decirle esas cosas al Polaco. Si le hubieras visto hacer lo que yo, no se lo dirías.

– ¿De verdad eres polaco? -quiso saber Aranda, de nuevo intentando salir de una rama de la conversación en la que no deseaba meterse.

– No es polaco, tío -dijo Sombra todavía riendo-. Lo llamamos así porque se llama Ramón García González, ¿lo pillas?

Pero ahora el camino les llevaba a la entrada de un recinto, un arco de gran tamaño parcialmente cubierto por grandes árboles que crecían en unos frondosos parterres, y nadie dijo nada más. La entrada era amplia, y si bien una vez estuvo protegida por barras de seguridad, ahora habían desaparecido. Tres hombres les esperaban allí.

El que estaba en medio parecía el más corpulento de los tres. Tenía ambas manos recogidas tras la espalda y las piernas ligeramente separadas. Su expresión era afable a pesar del ceño fruncido, suavizada por una media sonrisa dibujada en su rostro. Aunque los tres le estudiaban con interés a medida que se acercaban, su mirada directa parecía ejercer una poderosa atracción y Juan se descubrió avanzando directamente hacia él.

Se adelantó dos pasos para recibir a Aranda.

– Esto no lo esperaba ni en un millón de años -comentó, tendiéndole la mano. Aranda se la estrechó- ¡un superviviente! Que además va por ahí solo y ni siquiera va armado.

– Ha dicho que tenía una pistola -dijo Sombra, mostrando la mochila.

– ¡Una pistola! -exclamó con socarronería-, pero qué huevos tienes, ¿cómo te llamas?

– Me llamo Juan Aranda.

– ¿Y vienes de la ciudad?

Juan asintió. Mientras lo hacía, no pudo evitar fijarse en una pila de cascos militares que había amontonados junto al arco de la entrada. El tiempo y la lluvia les había dado un aspecto gris y abandonado, como si fuesen reliquias de tiempos pasados.

El hombre pareció adivinar lo que veía por la dirección de su mirada.

– ¿Y qué hay de novedades por ahí fuera? -preguntó entonces- ¿quedan otras personas, has podido contactar con alguien?

– Sí, yo… -empezó a decir, pero el hombre chasqueó la lengua y le interrumpió.

– Bueno, tendrás mucho que contar. Pero lo primero es lo primero. Son las normas. Y no habríamos sobrevivido tanto tiempo si no prestáramos atención a las normas. Te va a ver nuestro médico para ver si estás de una pieza, ¿entiendes? Tuvimos problemas en el pasado con gente que tenía heridas y se convertían en zombis cuando menos te lo esperas. Eso es jodido.

Juan asintió de nuevo. Contaba ahora con la certeza de que tenía delante a algún tipo de líder, el jefecillo del campamento. Si así era probablemente no quedara ya ningún militar en la base. Quizá eran ellos los militares, pensó saltando rápidamente de una idea a otra. Quizá abandonaron sus uniformes y todo el protocolo porque de todas formas, el mundo estaba ya del todo deslavazado y ciertas cosas dejan de tener sentido después de un tiempo. No se le había escapado que no había habido ningún saludo militar por el momento.

– Y hay otra cosa. La confianza se gana. Tú no eres una excepción. Hasta que nos conozcamos todos un poco mejor, te acompañará alguien siempre. ¿Qué te parece?

– Lo entiendo -contestó Aranda.

– Un hombre de pocas palabras. Bueno, eso no está mal. Aquí se habla mucho, y a veces conviene no tener la boca tan grande, se vive más tiempo.

Sombra agachó la cabeza y empezó a mover los pies intranquilo. Aranda supo que en las palabras de aquél hombre había un contenido velado, pero por ahora se le escapaba.

– Qué huevos tienes -comentó de nuevo asintiendo lentamente con la cabeza. Luego, después de un incómodo silencio que le pareció que no iba a terminar nunca, se volvió hacia Sombra -Llévalo a que le mire Jukkar, que todo esté en orden. Cuando termine, si todo está bien, lo llevas a mi despacho para que podamos hablar.

La mención a Jukkar le arrancó un destello de esperanza, aunque se contuvo para no revelar nada por el momento. ¡Estaba allí mismo después de todo! Cómo encajaba un científico-¿un experto en Pandemias?- en semejante lugar, no lo tenía claro todavía, pero quizá pronto lo descubriría. Sentimientos encontrados lo azuzaban constantemente, porque todos los poros de su piel exudaban el mismo mensaje de advertencia: Peligro, Aranda, peligro.

– De acuerdo. Vamos.

Otra vez se pusieron en marcha, cruzando por un enorme patio de armas hacia un edificio basto y achaparrado que quedaba a su izquierda. Juan miraba en todas direcciones mientras caminaba, buscando señales de vida. Sin embargo, las ventanas estaban casi todas cerradas y el suelo del patio estaba lleno de hojarasca traída por el viento, como si nadie cuidase del lugar. O bien el lugar era enorme, o no contaban con mucha gente allí porque no parecía haber nadie a la vista. No vio ningún centinela, ni mujeres ocupadas en sus quehaceres andando de un lado para otro, ni familias, ni niños.