– Tenemos muy poco de tiempo -dijo-, ¿quién es usted?
– Pertenezco a una comunidad de supervivientes en Málaga, doctor Jukkar. Somos unos treinta, estamos en Málaga y nos va bien.
– Bien, ¡bien! -contestó Jukkar, asintiendo vigorosamente con la cabeza-, ¿y usted ha viajado solo hasta aquí?
– Sí, quería ir a los estudios de Canal Sur para comunicarme por radio con todos los supervivientes que queden y puedan escucharme.
– ¡Ésa es muy buena idea! Pero, ¿solo? -interrumpió Jukkar.
– Sí, pero escuche, por el camino encontré un soldado que me habló de usted. Me dijo que usted estaba relacionado con la comunidad científica y que estaba trabajando en el virus Necrosum.
Jukkar abrió mucho los ojos.
– Mitä vittua? Hacía mucho tiempo que yo no escucha ese nombre.
– Doctor, yo podría ayudarle -contestó Aranda hablando con rapidez- si pudiera llevarle conmigo. Tenemos a un médico en nuestro campamento que ha hecho asombrosos avances. Doctor si usted supiera, tiene que saber que yo soy inmune.
– ¿Qué es…? -preguntó Jukkar agitando la cabeza como si hiciese grandes esfuerzos por comprender.
– Los muertos vivientes, ¡no pueden verme! Puedo caminar entre ellos, puedo golpearlos, empujarlos, y ellos me ignoran.
Jukkar le miraba ahora con su rostro a escasos centímetros, escrutándole con sus ojos verdes. Por un segundo, le pareció que había perdido la conexión con él, como si se retrajese. Aranda empezó a ponerse aún más nervioso y se maldijo por haber soltado ese conocimiento tan directamente. Era con probabilidad, algo difícil de creer para un científico.
– Es broma, por supuesto -dijo en un susurro.
– ¡No, no! -exclamó Aranda. Las esposas tintinearon a su espalda a medida que él se agitaba en su silla. -Tiene que creerme. Nuestro doctor investigó los cadáveres de los zombis y extrajo bastante información sobre el virus. No recuerdo la explicación completa, pero dijo que Necrosum era un extremófilo… un agente patógeno que puede sobrevivir a las condiciones más adversas, y que se apodera de las funciones vitales. Encontramos a un hombre que tenía el virus sometido en su interior, ¿sabe? como en una vacuna. Verá, algo le ocurrió mientras le practicaban una plasmaféresis completa, hubo complicaciones y el hombre estuvo muerto unos instantes. Necrosum empezó a actuar. Pero cuando terminaron de cambiarle toda su sangre consiguieron recuperarlo, y Necrosum quedó reducido. Él era inmune también. De alguna forma, es algo que los zombis pueden detectar. Creo que nos ven como si fuéramos uno de ellos, ya sabe que es inútil disfrazarse de muerto viviente: ellos siempre ven, siempre huelen. Siempre saben quién está vivo y quién no.
Jukkar le escuchaba con la boca abierta, intentando digerir el torrente de información que Juan le había soltado.
– Mucho tiempo que yo no escucha ese nombre, Necrosum -dijo Jukkar algo apesadumbrado, como si el mismo nombre estuviera cargado de un poder oscuro e invisible. -El nombre no recuerda muy bien quién pensó, cuando colegas y yo trabajamos en él era todavía el H1N9, el más fabuloso de todos. Pero… no… no entiendo muy bien… ¿dos persona inmune?
– El doctor fabricó un suero a partir de la sangre de aquel hombre y me la inoculó. Funcionó.
– ¿Pudo… pudo reproducir ese fenómeno en otra persona? -preguntó Jukkar- pero es imposible, ¿cómo?
Aranda no contestó, quizá porque se daba cuenta de que el doctor formulaba la pregunta como para sí mismo. Dejó que asimilara la información que le acababa de proporcionar.
– Pero ¿se da cuenta? -continuó Jukkar. -Usted y el otro hombre son clave de todo, batalla contra los muertos es acabado si sacamos esa información kemisti de usted, ¿puede imaginarse siquiera, usted ha pensado?
– Lo sé. Por eso le pido que venga conmigo y hable con nuestro doctor. ¡Estoy seguro de que se entenderán muy bien!
Jukkar suspiró súbitamente desanimado.
– Ellos nunca dejan que yo salga de aquí. Yo voy con usted al peor lugar de esta planeta si ellos dejan, pero yo estoy prisionero con ellos -dijo mirándose las manos con una expresión de impotencia.
– Pero ¿por qué, y los militares?
– Militares fueron muertos todos, por ellos -explicó Jukkar recordando-. Vinieron de aeropuerto civil, donde ellos estaban fuertes. Eran muchos… muchos. Pero la comida terminó, y cuando ya ni agua, cruzaron las pistas y se acercaron aquí. Aquí hacíamos un muy importante trabajo de investigación. Los almacenes eran muy grandes, llenos de alimento y agua; segura que nosotros pudimos estar viviendo mucho mucho tiempo. Pero ellos piden comida y los soldados los acogen, porque base es muy grande y tienen sitio para todos. Pero ¡ay! no todos buenos, una noche ellos atacan almacén de armas y explotan el… ¿cómo se dice? donde duermen soldados.
– ¿Los barracones?
– Sí, explotan el barracón y mueren casi todos. Muchas semanas después todavía es fácil encontrar manos y un pie muy lejos -dijo con amargura- hubo disparos toda la noche. Soldados muy bien entrenados, pero eran muy pocos, muy insuficiente, y antes que el Sol sale todo estaba acabado. Ese hombre, Paco, es el líder de ellos. Muy listo y muy cruel, es él. Nos dejaron a mí y otros tres colegas científica con vida porque ¡claro! nosotros primero médicos, luego especialidad, y muchos de ellos tenían heridas muy feas que necesitaba curar. También hubo zombis dentro de base, los soldados muertos se levanta cuando no es ni mediodía y matan algunos de ellos. Otros morían cuando nosotros queríamos curar, y mataron a uno colega. Días terribles, días terribles. Por eso Paco muy asustado de gente enferma con heridas dentro de base. ¡Tu plan, muy arriesgado! Si él piensa que tú enfermo, entonces tú muerto.
Aranda asintió.
– Es como había pensado -exclamó al fin- pero, ¿cómo saldremos de aquí?
Permanecieron en silencio unos breves instantes reflexionando sobre ese problema. Aranda forcejeaba moviendo los brazos. Por fin, Jukkar levantó la cabeza con los ojos brillantes.
– ¿Ellos saben que usted puedes mover sin problema con zombis? -preguntó.
– En absoluto, no saben nada. Creen que voy solo y que siempre he estado solo.
Jukkar sonrió complacido.
– Brillante, ¡muy inteligente! Pues escuche, yo siempre muy bueno con ellos nunca intenta nada. Porque de todas maneras, ¿dónde ir? Así que ellos ya no miran tanto por mí por de noche, ¿comprende?
– Sí.
– Por de noche yo voy por usted donde lo pongan. Seguro que ellos miran, pero yo no tan viejo, no tan gordo ya. Yo hago libre a usted y escapar juntos. Y cuando yo con usted fuera, usted protege a mí de los zombis.
Se miraron con renovadas esperanzas, y con las caras enfrentadas a tan poca distancia sonrieron con complicidad.
La puerta se abrió en ese momento con tanta violencia que Jukkar dio un respingo. Era Sombra y otro hombre que todavía no había conocido, y ambos llevaban armas. Sombra tenía una expresión bastante seria en el semblante, el labio ligeramente hinchado y un rastro de sangre en la barbilla, como si se hubiera limpiado a duras penas con la manga.
Apuesto los sagrados calzoncillos del padre Isidro a que Paco le ha dado su opinión de forma expeditiva sobre dejarme solo con Jukkar, pensó Juan divertido, pero Sombra le dedicó entonces una mirada de profundo rencor.
– Paco quiere hablar contigo -anunció hosco-. Ahora.
18. El fin de Carranque
Emergieron casi por azar, por el sitio más favorable la parte trasera del complejo, entre el muro exterior y el edificio principal. Al principio no reconocieron el lugar porque no era visible desde el escondite donde habían estado espiando el complejo, pero cuando abandonaron las alcantarillas y se asomaron por la esquina, reconocieron el huerto que se emplazaba ya a apenas cincuenta metros.