Y allí estaba, algo menuda y de aspecto juvenil la mujer que habían visto con los prismáticos. Estaba dando forma a un arbusto raquítico ayudándose con las podaderas, demasiado ensimismada como para advertir nada. Dustin pensó que de cerca era aún más hermosa.
Utilizando un elaborado sistema de gestos, un lenguaje universal usado por fuerzas policiales y militares se dieron las últimas instrucciones y se lanzaron hacia delante. Avanzaron agazapados, a paso vivo pero sin hacer ruido. Al llegar junto al pequeño muro que separaba el huerto de la zona donde estaban, otearon con exquisito cuidado y contaron cuatro personas más además de la mujer todos hombres de diferentes edades, desde un muchacho joven a otros más adultos. En silencio, Reza se incorporó con rapidez y disparó cuatro veces en distintas direcciones.
Fwwwwwp. Fwwwwwp. Fwwwwwp. Fwwwwwp.
Los cuatro hombres cayeron inmediatamente al suelo privados ya del hálito de la vida.
Isabel ni siquiera escuchó nada, tan concentrada estaba en su quehacer con el arbusto. Tampoco los vio acercarse porque estaba arrodillada y de espaldas a todos, y desde luego cuando la culata del rifle la golpeó brutalmente en la coronilla apenas tuvo medio segundo para pensar que algo estaba mal, muy mal, antes de perder la consciencia.
– Llévatela -dijo Reza en un susurro tras comprobar su pulsación y el estado de las pupilas bajo los párpados. Algunas veces esos golpes secos podían ser demasiado contundentes.
Dustin abrió mucho los ojos.
– ¿Vas a hacerlo? -preguntó.
– Por supuesto. ¿Quieres que nos sigan? Vamos, te cubro.
Dustin asintió, cogió a Isabel en brazos y se la colocó en el hombro donde se quedó colgando desmadejada como un fardo. Mientras se iba por donde había venido rumbo de nuevo a las alcantarillas Reza permaneció donde estaba, agazapado, vigilando la pista y las salidas del edificio. Por fin, Dustin desapareció tras la esquina.
Reza hizo sonar el seguro del cañón lanzagranadas. El sonido fue metálico y vibrante, como el de la guadaña que siega el maíz en el maizal.
Morales, que contaba ya cuarenta y seis años había pasado una noche terrible. A las dos de la mañana se despertó con una extraña sensación de malestar, una presión en el pecho que le hizo incorporarse sobre los codos y quedarse respirando trabajosamente. La sensación de falta de aire le recordó los ya lejanos días de su juventud cuando solía convivir con inhaladores para el asma, pero gracias a las vacunas para la alergia aquellos días pasaron y no había vuelto a experimentar nada similar desde entonces.
Terminó por levantarse para beber un poco de agua de la que tenía apenas el fondo de una botella. El suelo estaba helado y pensó con fastidio que bajar a por más era algo que tendría que esperar a la mañana. Así que se refrescó la cara con una toallita higiénica, levantó ambos brazos para facilitar la entrada de aire en los pulmones y cuando se sintió un poco mejor, volvió a la cama.
A las tres menos cuarto volvió a despertarse. Había tenido un breve sueño sobre una playa donde el agua del mar era oscura como la sangre de los muertos vivientes, una mala reminiscencia de la experiencia horrible que tuvo que vivir cuando limpiaron el parking de cadáveres, dos días antes. Las olas rompían en la orilla y traían pedazos de intestinos y venas gruesas como cañerías, y él no podía evitar pisarlas y caer, pero a cámara lenta, como si en lugar de aire estuviera intentando avanzar por el fondo marino. Aún sentía presión en el pecho, pero se dijo que era por la impresión del sueño y luchó por quedarse dormido lo que consiguió veinte minutos después.
A las cinco y trece minutos de la mañana tras haber pasado las horas previas dando vueltas sobre sí mismo y dormitando sin caer en el sueño profundo, lo despertó una repentina y brutal arcada. A duras penas consiguió volverse sobre sí mismo y expulsar los restos sin digerir de la cena, una explosión de vómito amarillento con trozos enteros de algo que recordaba vagamente a jamón. Se sentó en el borde de la cama con las manos temblorosas y empezó a preocuparse.
Antes de que pudiera pensar en algo concreto, una veta de dolor súbito y punzante le recorrió el brazo izquierdo. Sorprendido intentó incorporarse, pero descubrió que de nuevo le faltaba el aire, una sensación de ahogo que le arrancó una profunda sensación de miedo.
¿Qué coño es esto? se preguntó, pero antes de que la palabra impronunciable surgiera de forma consciente en su mente un nuevo estallido doloroso le oprimió el pecho. Se llevó la mano a la zona del corazón y aguantó el envite hasta que pareció remitir. Ya está, ya está, se decía, pero respiraba por la boca, y en el fondo de sus inhalaciones sonaba el pito agudo del aire silbando a través de los bronquios obturados.
Se puso de pie con las piernas flojas y entonces el infarto le sobrevino con una contundencia despiadada. Lo tumbó prácticamente al instante, sin que le diera tiempo a dar un solo paso. Eran las cinco y dieciséis.
Cuando la luz del amanecer se deslizó sibilina por el pequeño ventanuco de su habitación, Morales estaba otra vez en pie. Tenía los pulmones encharcados en sangre lo que el doctor Rodríguez habría dado en llamar un edema pulmonar, y una necrosis extensa en el ventrículo derecho por añadidura. Pero sus ojos blancos no sabían ya nada del corazón y sus problemas.
Se suponía que hoy tenía que organizar el almacén de alimentos con otro miembro de la comunidad, últimamente se había descuidado un poco y costaba demasiado tiempo localizar las cosas. Luis lo había esperado ya media hora, y cansado de mover latas de un lado para otro él solo había subido a los dormitorios para ver si el viejo gruñón se había quedado dormido. Morales lo recibió con un gruñido gutural.
– Oh, Dios -consiguió decir apenas hubo abierto la puerta. Dos ojos blancos lo saludaron con iracunda magnificencia. Antes de que pudiera reaccionar. Morales se lanzó hacia él y lo agarró del cuello, el tiroides y la tráquea estallaron con un crujido produciendo una grave lesión interna, pero no murió al instante, todavía pudo sentir cómo sus dientes se incrustaban en la mejilla y desgarraban la carne con facilidad.
Un minuto más tarde, Morales, con la boca ensangrentada y un fulgor asesino en su mirada vacua salía al corredor de los dormitorios.
Reza se encontraba ahora agazapado junto a los ventanales de la entrada principal, los mismos que el padre Isidro hiciera pedazos no hacía tanto tiempo. Parte del plan de Moses había sido tapiarlos por lo menos hasta un poco más de media altura, pero no había habido tiempo.
No encontró a nadie, de manera que entró en el edificio con extrema cautela asegurándose de que sus pasos no producían ruido alguno. En su fuero interno la adrenalina saturaba su organismo como corre el champán en una celebración importante. A su izquierda, un mortecino corredor desaparecía detrás de una esquina, y a su derecha unas escaleras ascendían hacia la planta superior. En la pared que tenía enfrente se abría una única puerta, su simpleza le revelaba que probablemente no era más que un cuarto de servicio pero antes se aseguraría. Pegó el oído brevemente, silencio.
Cuando la abrió, sin embargo, un tropel de armas distribuidas en estantes se expuso ante sus ojos. La sensación fue extraña, se detuvo por un momento contagiado de un pequeño amago de duda. Era demasiado sencillo. El arsenal de aquel extraño bastión de los vivos en medio de la necrópolis que era Málaga, a tan pocos metros de la puerta, ¿era posible?