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Bien, si tenían muertos vivientes arriba había llegado el momento de ejecutar su plan.

Salió fuera cuidando que no hubiera nadie que pudiera sorprenderle, y se separó algunos metros del edificio. Una vez allí, colocó el tubo lanza cohetes en el hombro y lo accionó. El cohete salió a una velocidad impresionante. El cartucho de expulsión, al quemarse, dejó una humareda que olía a San Juan y que se quedó ingrávida a su alrededor. La estela de humo que describía el cohete en su vuelo era una espiral casi perfecta por mor de las aletas estabilizadoras. El cohete entró limpiamente en la recepción, la cruzó de lado a lado y salió por la puerta de la habitación donde estaba el arsenal. Allí, chocó contra el armario que tenían al fondo y explotó.

La primera explosión fue atronadora. Los cristales de la vidriera exterior saltaron por los aires convertidos en un millón de trozos pequeños. Una lengua voraz de fuego y humo salió despedida por el marco de la puerta, arrancando la hoja y haciéndola recorrer diez metros por el aire hasta que se estrelló en el suelo, donde rebotó repetidas veces hasta quedar doblada y humeante en la calle.

Apenas unos pocos segundos más tarde estallaron las otras ojivas RPG provocando una segunda explosión en cadena aún más potente. Esta vez, el edificio entero pareció estremecerse causando que el techo de escayola de la recepción se agrietase, sobre el suelo cayeron trozos de escayola y polvo como una extraña lluvia blanquecina. Los cristales del piso superior reventaron y llegaron hasta la calle, a pocos metros de donde Reza se encontraba.

La deflagración posterior provocó la peor parte. No sólo hizo que la munición que aún no había explotado lo hiciera finalmente, sino que conectó los fulminantes con el explosivo plástico causando la chispa que propiciaba su detonación. El kilo y medio de C4 provocó que las cuatro paredes y el techo fueran expulsadas hacia los cuatro puntos cardinales arrojando cascotes y trozos de ladrillo en todas direcciones. El suelo retumbó violentamente como si se tratase de un seísmo de alta gama, forzando a Reza a arrojarse al suelo con toda la rapidez de la que fue capaz. Justo a tiempo por cierto, ya que tan pronto tuvo la cabeza pegada a las baldosas, una inesperada nube de humo, polvo y cenizas lo superó. Se le llenaron los pulmones al instante y mientras su cuerpo se defendía con un ataque de tos, se obligó a sí mismo a acuclillarse y recular buscando aire limpio.

Dentro del edificio continuaban las mini explosiones de las cajas de munición. El sonido, que se mezclaba con el eco atronador que aún latía de la segunda explosión, era como el de una escena de una batalla. La planta de arriba terminó por agrietarse y ceder, cayendo sobre el arsenal y la sala anexa que se usaba como almacén de alimentos en grandes bloques completos. Caían retumbando, desgarrando los tabiques y debilitando la estructura, y tras éstos se precipitaban los muebles, canias, sillas, un armario, mesas… todo en un confuso tropel que rápidamente pasaba a alimentar las llamas.

En la segunda planta Morales, Luis y los otros cadáveres perdían contacto con el suelo a medida que una grieta vibrante y atroz les arrojaba a las llamas del piso inferior. Las escaleras no pudieron aguantar las heridas mortales de la estructura y se vinieron abajo lentamente, girando sobre su eje hasta que cayeron inexorables por el hueco que había dejado el techo.

El humo y las llamas sin techo que las frenara, ascendieron rápidamente hacia los pisos superiores, avivadas por la corriente de aire que se había formado. Muchos de los supervivientes que estaban repartidos por las diferentes estancias murieron asfixiados por las sofocantes y densas nubes en poco tiempo.

Por fin, tan solo un minuto más tarde, la parte derecha del edificio cayó con toda su fantástica desproporción sobre el ala horizontal y plana que era el resto del edificio. Las cocinas, la enfermería, los almacenes y otras muchas instancias que habían sido el hogar de aquella treintena de personas fueron aplastadas violentamente por una mole descomunal de hierro, ladrillo y cemento, destruyéndolo todo bajo su paso. La muerte fue instantánea para todos los que allí se encontraban.

En la calle, Reza se sacudía el polvo de la ropa y miraba fascinado la destrucción de Carranque. Había sido aún mejor de lo que había previsto. Rápido, eficiente, demoledor. Pensó que después de todo, era una auténtica pena que algo así no puntuase para el Juego.

* * *

El padre Isidro corría hacia su objetivo, la tapa del alcantarillado. Sabía que no resistiría un encuentro directo con aquel pagano infame hijo de mil padres, pero si conseguía escabullirse y perderse por los túneles laberínticos del subterráneo, entonces recuperaría el control de la situación. Sería cosa de tiempo que ellos pagasen por no someterse a la Ley de Dios. No sin esfuerzo consiguió retirar la tapa, que era extraordinariamente pesada para sus posibilidades; antes de dejarse caer abajo y perderse, echó una última mirada al moro que aún se encontraba lejos.

– ¿Dónde está ahora tu dios? -dijo despacio, arrastrando mucho las palabras.

Se deslizó por el agujero y desapareció de la vista.

La oscuridad era un problema desde luego, pero por ahora su propósito era poner distancia entre él y la abertura. Utilizaba las manos para buscar el camino en la completa oscuridad, rota solamente por el sonido acuoso de sus pies en el agua y el ocasional escape en las tuberías que pasaban sobre su cabeza, que provocaba un sonido de goteo lento y constante.

Apenas había avanzado unos metros cuando escuchó el chapoteo en el agua a cierta distancia ya, el árabe acababa de entrar en los túneles. A partir de ahí extremó las precauciones, cuidándose de no hacer ruido en el fondo de agua del túnel. Dentro de poco podría volver a la superficie. Allí, arropado por los resucitados, su perseguidor no tendría ninguna oportunidad.

Sin embargo el sonido lejano pero estremecedor de una segunda explosión volvió a hacerse audible, y esta vez a juzgar por el estruendo, debía de haber sido una explosión importante. Qué estaría pasando en el edificio no lo sabía, pero suponía que estaban en problemas, lo que alegraba su frío corazón.

En la oscuridad del túnel Moses acababa de escuchar la explosión, lejana pero implacable. Ahora estaba preocupado de veras, esta segunda detonación había sido lo bastante grande como para continuar pensando que todo estaba probablemente bien. En medio de la indecisión sobre si perseguir al sacerdote o regresar fuera, sobrevino un estruendo demoledor, una tercera explosión todavía más colosal. Fue tal su potencia que el túnel entero pareció estremecerse, tuvo que sujetarse con las manos en las paredes que tenían la textura blanda y desagradable del moho. Era la tercera vez en su vida que se veía envuelto en explosiones, y cada vez el corazón se aceleraba más.

¡Isabel!

El deseo de dar caza al sacerdote era intenso; había entrado brevemente en la improvisada prisión y había visto lo que había hecho con el doctor Rodríguez. Le había perforado el cerebro con la aguja a través de la cuenca ocular y le había provocado una muerte instantánea. Al menos se dijo entonces, ya no se levantaría, no pasaría la eternidad vagando sin descanso por las calles de Málaga.

Pero su instinto de protección hacia Isabel era todavía mayor. Se dio media vuelta, desesperado por encontrar de nuevo la entrada al alcantarillado. Las múltiples explosiones que llegaban desde la distancia no le ayudaban: sentía ahora el horror indescriptible que debieron sentir la gente en los refugios cuando se producían los bombardeos durante la guerra. De pronto, la oscuridad le oprimía como si fuera un ente tangible y empezó a respirar pesadamente por la boca. La sensación horrible de estar sumido en la misma negrura tanto si abría como si cerraba los ojos empezaba a producirle una sensación de claustrofobia. Su cabeza además, conmutaba con insistencia dos imágenes: la de su amigo el Cojo, que murió en una alcantarilla como aquella, y la de Isabel. El Cojo, Isabel, el Cojo, Isabel.