Por fin, el pálido resplandor de la luz del día que entraba por la abertura empezó a distinguirse al final del túnel y aceleró el paso, tropezando por el camino con algo prominente que no llegó a vislumbrar. Súbitamente atenazado por un intenso dolor que surgía de la espinilla, Moses maldijo los mismísimos infiernos mientras recorría, a trompicones, la distancia que se separaba del túnel.
Isabel. Ya voy, Isabel, ya voy.
Cuando la fascinación por las explosiones y las llamas mermó, Reza giró la cabeza hacia la izquierda. Era hora de irse se lo decía el instinto de depredador, la situación se había vuelto demasiado confusa y descontrolada. Parte de la fachada del edificio había desaparecido y éste tenía ahora un agujero inmenso, como si un hábil cirujano hubiese retirado un cáncer. Allí, las habitaciones de las plantas superiores quedaban parcialmente expuestas, y en una de ellas asomaba en precario equilibrio una cama. Reza no quería que un superviviente asomara por algún lado y lo abatiera con un disparo, había que moverse.
Sin embargo, aún tenía una idea. Miraba ahora la puerta de entrada al complejo, dos hojas grandes de hierro cerradas con unas cadenas. Cargó una granada en su rifle y la disparó hacia allí. La granada explotó cerca de la puerta, pero cuando el humo se retiró, se reveló que la explosión no había hecho mella. Una segunda granada consiguió el efecto deseado. La primera línea de zombis que estaban detrás de las puertas quedaron gravemente afectados, pero incluso con el torso parcialmente convertido en pulpa sanguinolenta o la pérdida de manos y brazos, irrumpieron con feroz violencia empujando las puertas con el peso de la masa. Estaban completamente fuera de sí debido al estruendo de las explosiones, eran todos corredores.
Reza se retiró veloz hacia la entrada al alcantarillado por la que había venido, acercándose al edificio y aprovechando el humo de las llamas como cortina para escapar mientras la masa de zombis, moviéndose como una marea, empezó a llenarlo todo.
Antes de doblar la esquina, agazapado en el huerto, Reza decidió aprovechar el segundo cohete. Otra vez la estela de humo surcó el aire a una velocidad endiablada y se estrelló contra el edificio en llamas. Hubo una explosión atronadora que lanzó cascotes y trozos de cemento del tamaño de un coche a medio kilómetro de distancia. Uno de los fragmentos envuelto en una fulgurante bola de fuego, cayó encima de un numeroso grupo de zombis que corrían y los arrastró, dejando una hilera de sangre y trozos de carne de más de cincuenta metros.
Pero del hueco herido del edificio surgieron figuras envueltas en el humo de la explosión. Se tambaleaban como conmocionadas, agarrándose en las paredes en un intento de mantenerse en pie. "¡Corredores!", gritó alguien entonces entre las toses y lamentos, y efectivamente, desde el lado opuesto un grupo numeroso de espectros avanzaba hacia ellos corriendo como posesos, los brazos volaban en ángulos inverosímiles, como si con ello pudieran darse más ímpetu en la carrera y las piernas parecían a punto de quebrarse.
Se abalanzaron sobre ellos, perdiéndose en la humareda y llenándolo todo de llantos y gritos histéricos, gritos de profundo horror como no los había conocido Málaga desde tiempos ancestrales, tiempos de barbarie donde el padre mataba al hijo y el hijo al hermano.
Y así cayó Carranque y su comunidad de supervivientes, como tantos otros refugios que habían subsistido más o menos tiempo en todo el mundo, víctimas más de la maldad que convive con el ser humano desde tiempos inmemoriales que de la Pandemia Zombi. Era el motivo real por el que las ciudades estaban ahora vacías, el motivo por el que el ser humano no consiguió sobreponerse y vencer a la circunstancia de que los muertos volvían a la vida convertidos en bestias cuyo único propósito era destruir. Porque el ser humano, en la intimidad de su alma, era aún peor.
Satisfecho, Reza dejó el tubo lanzacohetes aún caliente en el suelo y corrió con una sonrisa espeluznante hacia su agujero.
19. Resurrecturi
Moses salió a la superficie ascendiendo trabajosamente por la escalerilla de mano. Cuando consiguió asomarse, la poca fortaleza que había reunido con la imagen de Isabel en la mente y en el corazón, se derrumbó por completo. Allí estaba lo que había sido su hogar las últimas semanas convertido en una ruina envuelta en llamas. La fachada se había derrumbado y tan solo la parte izquierda del edificio permanecía altiva, recortada contra el cielo azul del mediodía. Hierros retorcidos como arterias heridas despuntaban entre los ladrillos y el cemento agrietado.
– No… no por favor, no…
Se puso en pie ligeramente mareado por la impresión que le había producido aquella imagen horrible, y avanzó dos pasos dubitativos hacia delante. Pero entonces vio algo más, había gente corriendo delante del edificio. Al principio supuso que eran sus amigos, pensó en alguna explosión que había hecho volar el edificio por los aires e imaginó que querían apagar el incendio o ayudar a los que estuvieran aún vivos bajo los ladrillos y el cemento. Pero después la realidad de lo que ocurría se hizo evidente, no eran sus compañeros, eran zombis. Muertos que corrían por todas partes llenándolo todo con sus alaridos.
Retrocedió sin poder apartar la mirada de aquel espectáculo pavoroso. ¿Cómo había podido ocurrir todo tan rápido, qué suerte de maleficio sobrenatural les había caído encima? Oscuridad o no regresó a las alcantarillas, era obvio que nunca podría acercarse por la superficie. Tenía que avanzar hacia el norte y tratar de aproximarse lo más posible, y una vez allí encontrar a Isabel y escapar hacia el Álamo con todos los que aún quedaran vivos. Al menos eso, se dijo, parecía que había sido buena idea.
Mientras desaparecía en las tinieblas su pensamiento era para el Escuadrón.
Por favor, volved… volved, chicos, volved…
Volved.
Cuando tras recorrer una maraña de túneles el padre Isidro volvió a asomarse con extrema prudencia a la superficie, no pudo creer lo que veían sus abultados ojos negros. La Ciudad Impía ardía, devorada por llamas de una intensidad como no creía que las hubiera en el Infierno. Por todas partes, los resucitados deambulaban enloquecidos, excitados hasta extremos inimaginables pero sin poder localizar una víctima en la que descargar su rabia. Unos se desfogaban encorvados sobre sí mismos gritando de una manera tan desmesurada que las venas del cuello parecían explotar, otros corrían de forma frenética en direcciones absurdas, se golpeaban contra una pared y caían al suelo donde se levantaban como accionados por un resorte para salir corriendo en otra dirección.
En medio de aquel caos emergió el padre Isidro, altivo y victorioso. Se erguía con las piernas ligeramente entreabiertas y los brazos estirados a ambos lados del cuerpo, las palmas expuestas, sintiéndose un Campeón de Dios. Un triunfador en su pequeña cruzada contra los pecadores. Las lágrimas caían por sus mejillas dejando un rastro de piel limpia y en el infinito amor que experimentaba, levantó la mirada al cielo y agradeció con toda intensidad la ayuda prestada.
Oh, cómo ardían los negros muros de la iniquidad, cómo se deslavaba el pecado con las fuertes llamas enviadas por su Señor, Dios Padre Todopoderoso. En su mente se agolpaban imágenes de rayos celestiales que provenían de los Cielos y arremetían contra el edificio de Carranque arrancando la piedra, resquebrajando el hormigón y doblando el acero de sus oscuras estructuras. Así debía de haber sido, sin duda. En su delirante frenesí imaginó también ángeles blancos sin rostro, grandes y terribles, que destruyeron las puertas de acceso tocando unas trompetas de bronce. Y por fin, una miríada de demonios pequeños, de piel nudosa y roja, que abrían grietas y simas sin fondo desde donde ascendían las llamas reclamando las almas impuras que debían sobrellevar la condenación eterna.