Era demasiado tarde: una vez hubo apagado el quemador se dio cuenta por el peso de que estaba del todo vacío.
Gabriel no quería volver tan pronto a la tienda, no desde lo que pasó la última vez. Habría apostado una mano a que aquel zombi escalofriante continuaba aún allí donde lo había dejado, cegado por la harina y condenado a darse tumbos contra los estantes por los siglos de los siglos amén. Y además se resistía a dejar a Alba sola otra vez, no con el incidente de la piscina tan cercano.
No, había otra cosa que podía hacer. Creía recordar haber visto numerosos aperos de camping en una de las casas cuando hizo la revisión en busca de cosas que podrían serles útiles. Al menos había una maleta de mimbre con platos, cubiertos y vasos de plástico verde manzana, sacos de dormir y varias tiendas de diferentes tamaños, pero también otras cosas: aperos de cocina, aislantes para el suelo y esterillas. Quizá alguien con un equipamiento tan completo podría guardar en alguna parte unas bombonas de camping gas que pudieran usar hasta que pasasen unos días.
Abandonó el escondite y se dirigió resuelto hacia la estrecha escalera de caracol que conducía a un pasillo distribuidor donde estaban los accesos a las viviendas. Nunca dejaba que Alba subiera allí porque aún había cadáveres de Aquella Noche, cuando los muertos irrumpieron en el recinto y acabaron con todo el mundo. Aunque en algún momento pensó en arrastrarlos al interior de alguna de las habitaciones y dejarlos ocultos allí Gabriel no había querido tocarlos, el olor ya era bastante horrible, y en muchos casos la visión de las heridas atroces era suficiente para querer estar lejos, pero había otros detalles, como la sangre por ejemplo, que tiende a ir hacia abajo como cualquier líquido y formaba manchas oscuras y tumefactas allí donde tocaba con el suelo. Todo eso le provocaba una manifiesta aversión, así que evitaba esas casas y también uno de los módulos de viviendas que quedaba más al este, porque allí los cadáveres se amontonaban en el pasillo y era imposible cruzar sin tocarlos.
Algunas de las puertas de las casas aún estaban abiertas, otras las había abierto él en sus expediciones con una sencilla palanca. Prefería estas últimas porque sabía que no habría sorpresas dentro. Era como si el tiempo se hubiese detenido en ellas y hubiesen quedado como fotografías de tiempos mejores, sin los espeluznantes rastros de sangre, muebles rotos y otros signos de violencia.
Entró en la casa donde estaba el equipamiento de campista y rebuscó en el gran armario que encontró la otra vez, pero lo hizo con cuidado porque todo estaba debidamente ordenado y etiquetado, y mientras hurgaba disfrutó de los paquetes dispuestos de forma tan prolija, un orden y una limpieza que, sin ser plenamente consciente, echaba en falta en su vida. Los vasos estaban pulcramente dispuestos en hilera, envueltos en un plástico ni demasiado grande ni demasiado pequeño, los sacos de dormir enrollados y prensados con cuerdas en eficientes y pequeños paquetes; las mochilas, inmaculadas, colgaban de unos ganchos en la pared lateral del armario y los bastones de senderismo se alineaban a su lado con una precisión milimétrica. No le costó mucho encontrar en la parte de abajo, una caja de cartónquerezaba SPITZBUBEN, pero que contenía las ansiadas bombonas.
Gabriel sonrió más que contento de su suerte. Había tres de la misma forma y tamaño que las que cogía de la tienda, y ahora que lo pensaba probablemente habían sido compradas también allí. Había una cuarta bombona azul y achaparrada, pero era mucho más grande y no estaba seguro de que funcionase con el quemador que tenía abajo.
Cogió una de las mochilas para empacarlas y llevárselas abajo. No le quedaba mal, probablemente había pertenecido a un niño como él. Antes de salir se sorprendió a sí mismo con el reflejo de su imagen en un enorme espejo de pared. Impresionado, se observó un largo rato. Era una barbaridad lo mucho que le había crecido el pelo, alborotado y lleno de bucles que apuntaban en todas direcciones. La cara no lucía tan limpia como solía, y la ropa estaba también bastante desaseada. Pero no se vio mal. Era como si hubiese crecido mucho en esos meses, tenía los rasgos más definidos y una expresión que era, en algo imperceptible, nueva tras sus ojos oscuros. Hasta le pareció que había crecido al menos un poco.
Cuando llegó junto a Alba estaba entretenida con el viejísimo juego de lanzar el palo que luego Gulich traía entre los dientes, resoplando fuertemente y moviendo el rabo como si quisiese despegar. Alba se volvió hacia él cuando lo vio llegar, poniendo su manita sobre los ojos para tapar la luz del Sol y hacerse sombra.
– ¿Dónde estabas? -preguntó.
– He subido arriba, a por unas cosas -dijo sin detenerse, quería regresar al escondite para probar las bombonas y quitarse eso de la cabeza. Pero cuando Alba se giró para verle pasar experimentó un estremecimiento.
– Gaby -dijo lentamente. Algo en su tono de voz hizo que Gabriel se detuviese.
– ¿Qué pasa?
– Tu mochila.
– ¿Qué?
– Es negra, con rayitas rojas, y tiene un cangurito -exclamó entonces la pequeña como si acabara de rendirse a una evidencia demasiado contundente como para tratar de hacerla frente. -Es la de mi sueño, Gaby.
Gabriel permaneció en silencio unos segundos. Luego, como si acabara de transportar una especie de pasaporte enviado desde el futuro, dejó caer la mochila al suelo como si ya no reconociera lo que era. La miró con cierta fascinación, como a un objeto extraño que viera ahora por primera vez, una broma que las paradojas de tener un canal de televisión directo con el mañana le traían. Alba nunca había ido arriba. ¿Qué posibilidades había de que mencionara la mochila, su color negro, las rayas rojas que decoraban su mitad superior, y la marca de la mochila que exhibía un canguro saltando alegremente con una gorra en su cabeza, qué posibilidades había, en definitiva, de que solamente unos minutos más tarde ésta apareciera?
Probablemente ninguna.
Los dos hermanos se miraron, y Gulich, como si hubiera comprendido algo de la escena se dejó caer al suelo panza abajo soltando un intenso resoplido.
Por la noche, mientras cenaban una lata de judías con tomate los niños se preparaban mentalmente para el viaje.
– La última vez nos fue bien -dijo Gabriel pensativo- cuando vinimos aquí. Creo que eso que tienes quiere decirnos que es hora de irse.
– Ajá -dijo Alba aplastando las judías con la cuchara una por una, más por puro aburrimiento que porque le gustaran en puré. De hecho, esas judías pequeñas y con regusto a tomate aguado no le gustaban nada.
– Y mejor que sea pronto, a lo mejor significa que este sitio ya no es seguro.
– ¡Gaby! -protestó Alba mirando alrededor con disgusto.
– ¡Tonta, que sí es seguro! -dijo Gabriel dándose cuenta de que la había asustado. No era que le importase mucho desde luego, pero cuando Alba estaba asustada se despertaba a media noche con hipidos y era una auténtica pesada, así que mejor quitarle importancia al asunto.
– Quiero decir si no nos vamos… otro día…
Por toda respuesta la pequeña lo miró ceñuda. La cuchara era demasiado grande en su manita pequeña y confería a la escena un aire divertido.
– Así que creo que sí, que tenemos que irnos. Porque tiene que pasar, ¿no? -preguntó Gabriel.
– ¡Creo que sí!