Выбрать главу

– ¿Y tu sueño no decía a dónde vamos?

Alba pensó un instante, y negó rápidamente con la cabeza. Gabriel se rascó la coronilla entonces, arrugando la nariz como si cavilase algo con cierto esfuerzo.

– Si tiene que pasar -dijo al fin- y sabemos que va a pasar, podríamos quedarnos aquí y sabríamos que estaremos a salvo porque como lo del campo tiene que pasar, entonces… entonces no nos pasará nada hasta que vayamos al campo.

Alba abrió mucho la boca. Su hermano le miró con el mismo gesto perplejo de sus propias palabras, y de repente ambos rompieron a reír. Continuaron bromeando un buen rato, formulando sin saberlo algunas de las teorías más enrevesadas de las paradojas del viaje en el tiempo hasta que la noche se hizo vieja y acabaron por dormirse.

A la mañana siguiente Gabriel volvió a preparar un desayuno, esta vez a base de barras energéticas de cereales. Alba había pasado mucho mejor la noche, pero tan pronto empezó a revolverse en su edredón Gabriel la atosigó con preguntas, quería saber si había tenido más sueños de ese tipo. Todavía con los párpados demasiado pesados como para abrirlos completamente, la pequeña musitó algo de un sueño con un erizo azul, un personaje de un videojuego, y Gabriel se dijo a sí mismo que eso, al menos, no sería nada trascendental.

Después de desayunar, Alba no salió a jugar con Gulich sino que se paró junto a la mochila negra de rayitas rojas.

– Entonces -dijo Gabriel, mirándola de reojo- ¿ya está, nos vamos?

Alba, sin dejar de mirar la mochila asintió.

* * *

Una hora más tarde estaban listos para partir. Gabriel había metido comida, agua y unas mantas en la mochila, pero se sentía extraño porque no sabía qué rumbo debían tomar o qué les depararía la caminata. Imaginaba que una especie de destino encaminaba sus pasos, como cuando los héroes de las películas ponían expresiones serias y decían con voz engolada: "Es el destino" o "Es mi destino". Pero a Gabriel le preocupaba que el camino que le tenían preparado no tuviera un final tan glamuroso como el de los héroes.

Sabía por lo menos cómo llegar al monte sin atravesar las calles del complejo residencial. Podían utilizar el mismo camino que, paralelo al río le llevaba a la tienda, éste continuaba también hacia el norte. La urbanización nacía prácticamente a pie de playa y ascendía por las lomas hasta la falda de la montaña, y allí, dividida por la autopista, moría con apenas una única carretera que distribuía unas pocas comunidades más. Pero un poco más al oeste un pequeño puente peatonal cruzaba esa autopista y les llevaba a una serie de lomas y colinas sin apenas viviendas por donde solían dar paseos con sus padres. Había unos senderos que recorrían todas aquellas colinas, eran a menudo transitados por aficionados al senderismo y turistas que buscaban respirar un poco de aire lejos de la urbe, pero Gabriel no sabía a ciencia cierta a donde llevaban.

Gulich, sentado sobre sus cuartos traseros y erguido en una pose bastante majestuosa permanecía a su lado mientras terminaba de preparar la mochila. Gabriel lo miraba de reojo un tanto extrañado. Era casi como si el perro supiera que se avecinaba un viaje y su expresión era de resignación.

Cuando todo estaba listo se pusieron ropa de abrigo, guantes y un par de gorros de lana. No hacía demasiado frío comparado con lo que habían pasado hacía apenas unas semanas, pero sabía que en la falda de la montaña el viento soplaba con fuerza y las noches podían ser durísimas.

– ¿Vamos? -preguntó Gabriel.

Alba asintió completamente determinada.

Salieron entonces del jardín y bajaron el pequeño terraplén entre las mimosas para incorporarse al camino. Antes de bajar la pendiente, los dos hermanos se volvieron a echar un último vistazo al que había sido su hogar. Allí quedaba Bob El Ahogado y el jardín, silencioso y aletargado por el invierno. El pequeño escondite entre los macizos se veía ahora extremadamente insignificante, apenas una abertura de un tamaño demasiado pequeño como para percibirse a simple vista.

No dijeron nada.

El principio del viaje comenzó en silencio. Ni siquiera Gulich parecía animado por el paseo y caminaba junto a ellos con las orejas gachas y el rabo a media asta. Eran las once y cuarto de la mañana, y el silencio que los rodeaba apenas se rompía por la fricción de las altas ramas de los viejos eucaliptos y el discurrir del agua en el pequeño riachuelo. Ésta ni siquiera era visible oculta por la desordenada maraña de juncos y arbustos que crecían frondosamente.

Al cabo de poco más de diez minutos el camino se vio súbitamente interrumpido por un pequeño barranco. Una sucia tubería salía de entre la tierra, cruzaba el precipicio sin más asideros, y volvía a internarse en la tierra al otro lado junto a una cañería de apenas un metro de diámetro que conformaba una boca de túnel. Encima del desnivel vieron la reja metálica, vieja y oxidada, de una pista de tenis.

– No me acordaba de esto -dijo Gabriel pensativo.

– ¿Qué pasa, Gaby?

– El club de tenis corta el camino, para llegar al otro lado tendremos que pasar por ahí.

Alba miró en la dirección que su hermano le señalaba, pero la boca desdentada de la cañería, lóbrega y profunda le inspiraba un gran desasosiego.

– ¡Pero Gaby!

– ¡Tenía que haber traído una linterna! -dijo entonces su hermano pasándose una mano por el cabello desaliñado.

– ¡No me gusta, Gaby!

– Pues no hay otro camino. Además no nos va a pasar nada, ¿verdad? porque tú lo viste, viste cómo llegábamos al monte.

Alba pensó en eso unos instantes, y aunque sabía que tenía razón, el miedo a la oscuridad grabado a fuego en el recuerdo ancestral de cuando el hombre vivía en las cavernas y la noche representaba un peligro mortal, afloró en su ánimo.

Gabriel examinó el terraplén lleno de barro y zarzas espinosas. En la parte más baja, unos matojos retorcidos formaban un entresijo inaccesible que hacía el acceso por ese lado imposible.

– Mira, voy a pasar yo primero y verás qué fácil -dijo Gabriel intentando sonar como su padre cuando intentaba convencerles de hacer algo que les infundía miedo.

Y efectivamente, el muchacho pasó por encima de la tubería sin mucho esfuerzo balanceando ambas manos como un funámbulo hasta que llegó al otro lado. Allí dio un pequeño salto hasta al suelo.

– ¡Venga, chulita! -exclamó.

Alba, sin embargo, no las tenía todas consigo. Principalmente porque la tubería era circular y su superficie estaba cubierta de manchas de humedad y verdín, aún así empezó a dar los primeros pasos titubeantes. Abajo le esperaba una caída de unos buenos cuatro metros, además de matorrales hostiles como una alambrada ensortijada de pinchos.

De repente la pequeña resbaló y cayó sobre la tubería, acabando montada a horcajadas y agarrada con las piernas y los brazos como si la abrazara. La tubería se sacudió con un crujido amenazador, levantando pequeñas nubes de polvo y tierra.

– ¡Alba! -gritó Gabriel.

La pequeña, una vez superado el susto inicial empezó a gimotear, demasiado asustada como para hacer nada. Estaba bloqueada y las piernas empezaban a temblar por la fuerza que ejercía para no voltearse y caer.

Aterrorizado, Gabriel intentó saltar para agarrarse de nuevo a la tubería e ir hasta ella pero era inútil, estaba demasiado alta y jamás podría abarcarla con los brazos para encaramarse de nuevo.

Con su pequeño corazón latiendo a pleno rendimiento, Alba cerró los ojos preparándose para la caída. Las manos resbalaban y sentía que, poco a poco, iba escorando hacia uno de los lados sin que pareciera que pudiese hacer nada para impedirlo. Pero entonces sintió que algo tironeaba de ella hacia arriba, un tirón fuerte y enérgico que la transportó hacia delante por la tubería. Abrió los ojos y vio la tubería evolucionar bajo su vista dejando atrás las manchas de color verde oscuro. Desde su posición, Gabriel no pudo evitar quedarse súbitamente congelado, se trataba de Gulich que había cogido a la pequeña por el cuello de su abrigo y la transportaba a la seguridad del otro lado. Sus patas traseras resbalaban peligrosamente en la superficie de la tubería, y ésta se bamboleaba arriba y abajo como si estuviera a punto de quebrarse, sin embargo eso no detuvo al animal. Embargada por la emoción, Alba emitió un chillido quedo y monótono como una bocina, hasta que el perro llegó al final de la tubería y la dejó caer cuidadosamente en brazos de su hermano.