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– Qué oportuno es todo esto -meditó Susana.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Dozer.

Susana jugaba con el fusil, frotando su superficie con la palma de la mano.

– A Aranda -dijo- se fue esta misma mañana. Él podría haber hecho algo con su maravilloso truco.

– Oh -dijo José con los ojos fijos en un punto indeterminado.

– De cualquier forma, pronto será mediodía -comentó Dozer- y los días son tan cortos, no quisiera estar aquí todavía cuando se haga de noche.

– Bueno. Ya veremos qué pasa -dijo Susana.

Pero una hora más tarde la situación no había cambiado en absoluto. En el área diáfana del puerto el maremágnum de zombis seguía en franca ebullición, evolucionando como una marea que fluye en todas direcciones. El agua estaba también llena de cabezas que intentaban inútilmente mantenerse a flote. El estruendo era quizá lo peor, alaridos en todos los registros que helaban la sangre en las venas. Susana observaba la escena desde una distancia prudencial para no ser vista, con los brazos cruzados y los hombros encogidos. No le gustaba estar ahí encerrada, impotente y rodeada de muertos vivientes le recordaba demasiado a su antiguo yo, cuando en los primeros días de la infección se mantuvo recluida en su casa, viendo cómo el mundo se desestabilizaba demasiado asustada para hacer frente a su propia y nueva realidad.

Dozer se le acercó.

– He estado pensando en un posible plan -dijo.

Susana se giró para mirarle.

– Cuéntamelo todo -exclamó Susana, y Dozer vislumbró en su mirada un atisbo de la Susana que fue cuando se encontraron por primera vez en Carranque. Allí, tras sus ojos color miel, había un deje de inquietud.

– Puede salir bien. Estaba pensando en el barco. Tiene que tener barcas de emergencia que podríamos utilizar para escapar de aquí por mar. El problema es llegar hasta ellas. Es imposible abrir la puerta de acceso desde fuera, que además queda demasiado alta como para que pudiéramos alcanzarla, pero la proa está destrozada y, por lo que he visto, podríamos llegar al interior trepando por entre los restos.

– Uf, no lo sé -dijo Susana, moviendo la cabeza.

– ¿Qué otras posibilidades tenemos?

– No muchas, creo. Pero, ¿qué encontraremos dentro?

– Habrá que averiguarlo. Pero tenemos armas, y vaya si sabemos usarlas.

Susana asintió.

– ¿Y cómo llegamos hasta allí? Hay unos cien metros de esas cosas, ni con el triple de potencia de fuego podríamos abrirnos paso.

– Ése es el principal problema, pero se me ha ocurrido algo. Se mueven por el ruido, y no hay nada que les atraiga más que la vista de alguien vivo. Uno de nosotros podría subir a los tubos de conexión de pasajeros y armar un Santo Cristo: gritar, saltar… lo que haga falta para atraerlos. Con un poco de suerte, podremos conseguir que el camino hasta el barco se despeje lo suficiente para intentar llegar.

Susana pensó unos instantes con el ceño fruncido.

– ¿Y si lo conseguimos, qué pasa con el que se queda?

Dozer la cogió del brazo para que se desplazara apenas unos pasos. Ahora, la estructura larga del tubo de acceso era perfectamente visible.

– Mira ¿ves? Se prolonga por encima del muelle y acaba a apenas dos metros del mar. Desde esa distancia es muy fácil saltar y acabar en el agua.

– Entiendo, así que cogemos la barca y rescatamos al que se quede.

– Bueno, ése es mi plan a falta de algo mejor.

– ¿Se lo has dicho ya a los chicos?

Dozer negó con la cabeza. Cuando se acercaron a ellos, José y Uriguen escucharon el plan con atención. José se acercó un momento a la ventana para ver el tubo de conexión y volvió con paso lento y dubitativo, manejando datos e ideas en la cabeza.

– Hay un problema -dijo-, hay un buen montón de zombis en el agua y a cada rato que pasa hay más. Se caen los muy gilipollas, y se quedan ahí intentando mantenerse a flote. Es como, bueno, es un espectáculo enfermizo.

– Coño, no lo había pensado -dijo Dozer chasqueando la lengua.

Permanecieron callados unos momentos, reflexionando sobre eso.

– Aún así, habrá que intentarlo -dijo Uriguen quien llevaba un rato callado. -Yo me quedaré. Creo que puedo saltar y subir a la barca con la suficiente rapidez como para que ninguno de esos hijos de puta pueda atraparme. Al fin y al cabo, vosotros podéis darme cobertura desde la barca, ¿no?

Dozer pestañeó, y supo en un instante porqué Uriguen se mostraba voluntario para esa empresa. Ya no era el Uriguen despreocupado y bromista que solía ser, no desde que su error en la apreciación del muro del parking casi les cuesta la vida a todos. Había sospechado, quizá de un modo no del todo consciente que albergaba sentimientos de culpa, pero ahora lo sabía. Le miró con ojos apreciativos.

– Podemos echarlo a suertes, tío -dijo al fin.

– No, seré yo -contestó.

– Podemos echarlo a suertes a ver quién se hace la pajilla más corta, pecholobo -exclamó José intentando distender, detectando con suspicacia lo que estaba ocurriendo.

Pero sólo él rió la gracia.

– Es mejor que lo haga yo. En serio.

– Un momento -dijo Susana entonces-, ¿y si no hay barcas?

– Todos los barcos -empezó a decir Dozer pero José le cortó.

– Ya, pero… ¿y si las usaron? Por lo que sabemos el barco podría estar vacío.

– Bueno -contestó Dozer encogiéndose de hombros- entonces volveremos aquí otra vez y pensaremos en otra cosa.

Estuvieron de acuerdo en eso a falta de una idea mejor. La puerta que daba acceso al tubo de conexión para pasajeros, aunque estaba cerrada, no resultó un problema porque la cerradura cedió con un solo disparo; el engranaje entero salió despedido hacia fuera, humeante, y rebotó hasta tres veces sobre la pasarela antes de caer.

– Listo -dijo Uriguen saliendo al exterior. Allí arriba el viento soplaba con fuerza, y en el cielo unas nubes oscuras empezaban a formarse tapando parcialmente el Sol-. ¡Qué frío del carajo, coño!

Avanzó hasta el final, arropado por el estrepitoso clamor de los muertos que vociferaban a apenas seis metros por debajo de él. Uriguen se asomó brevemente y descubrió que las caras enervantes de los muertos estaban giradas hacia él, furiosas, proyectando sus garras en el aire intentando asirle. Luego, terminó de recorrer la distancia que le separaba del final y disparó hasta cuatro veces al aire.

– ¡EH, HIJOS DE PUTA! -gritó con toda la potencia que fue capaz-. ¡AQUÍ ESTOY, VAMOS!

La horda de zombis intensificó el clamor de sus inhumanos alaridos. Saltaban sobre sí mismos intentando llegar hasta donde estaba, totalmente fuera de sí. Sorprendido, Uriguen observó que de tanto en cuando, alguno de ellos se enzarzaba en una pelea con otro espectro que tenía al lado. El que estaba mirando acababa de hundir los dedos en las cuencas ocularesde su enemigo, hizo tanta presión que en un instante acabó con la cabeza en la mano, arrancándola de cuajo del cuerpo de su víctima. Uriguen se estremeció y buscó el hierro de la barandilla para sujetarse, demasiado temeroso por unos segundos de caer abajo. No había visto nunca una congregación de zombis tan masificada.

– Bueno -dijo Dozer-. Ahora nos toca a nosotros.

Se dirigieron a buen paso hacia la escalera que conducía a la salida, revisando los cargadores y desbloqueando los seguros de los rifles.

Una vez que hubieron retirado la mesa de escritorio esperaron todavía unos momentos antes de abrir la puerta para dar tiempo a los zombis a retirarse. Fue Dozer quien pegó el oído en un intento de escuchar si había ruido fuera. Por fin, abrió con exquisito cuidado.