Unos segundos después, Sombra caía resueltamente entre ellos. También él echó un vistazo rápido a su alrededor, inquieto. No había vuelto a pisar el suelo fuera de la base desde el día que acudió al aeropuerto para tomar un vuelo fuera de España y cerraron el servicio que ya nunca se reanudaría.
– ¡Bueno! ¿cuál es el plan? -preguntó.
– ¿El plan? -preguntó Aranda-, ¡correr!
– ¿Correr? -exclamó Jukkar súbitamente aterrado. -Yo puedo correr cien metros, ¡no más!
– Pero, ¿cómo llegaste hasta aquí? -quiso saber Sombra. Los ruidos de las voces estaban ya a poca distancia.
– ¡Te lo dije! En una moto, ¡ahora no podemos usarla! Atraería demasiado la atención de los zombis.
– ¡En una moto! -repitió Sombra, atónito.
– Crucemos al otro lado de la carretera -exclamó Aranda señalando la extensa parcela de terreno baldío que tenían a la vista- nos perderemos allí, al menos no nos pegarán un tiro por la espalda. ¡Vamos!
– ¡Esto es locura! -soltó Jukkar mirando nerviosamente atrás y también a los lados.
– Pues toma, coño -dijo Sombra entregándole algo que no pudo ver muy bien. Cuando sintió el peso, el volumen, y el frío del metal en su mano, supo de qué se trataba.
– ¡Mi pistola!
– ¡Pero vámonos ya!
Y echaron a correr sintiendo que se adentraban en las vastas planicies del Hades. Alrededor, muchos ojos muertos se giraron para mirarles, y un pequeño destello de lucidez se abrió camino en sus cerebros muertos: ¡Vivos!
23. Moses en el infierno
Cuando Moses abrió los ojos se enfrentó primero a una bruma difusa, como un velo de novia que le impedía ver. ¿Su primer pensamiento? Isabel, así que todavía medio dormido estiró el brazo para tocarla como todas las mañanas. Cuántas veces sus cuerpos tibios se habían encontrado cuando el día apenas clareaba tras la ventana, y se habían explorado mutuamente con el deleite de quienes aún se están conociendo.
Pero su mano aleteó en el aire sin encontrar nada. Abrió de nuevo los ojos intentando enfocar, pero los párpados pesaban y los músculos de la cara estaban tirantes e incluso doloridos.
– Éste ya se ha despertado -dijo una voz a su lado.
Se sobresaltó, confuso. ¿Quién más estaba en su habitación?
¿En mi habitación? se preguntó de repente, y entonces, como surgiendo de la profundidad de su mente, sobrevino el olor a humo y la imagen terrible del edificio de Carranque en llamas. Aguantó la respiración anticipando la angustiosa sensación de pérdida, un dolor terrible que pareció partirle el pecho en dos.
Se incorporó con un rápido movimiento y quedó sentado sobre el sofá en el que estaba tumbado. Le habían echado un edredón de mala calidad por encima y eso había hecho que sudara copiosamente. Por lo demás, sentía sus propios latidos en las sienes y todavía era incapaz de enfocar con claridad, aunque a medida que pestañeaba y se frotaba los ojos, la imagen de la habitación en la que se encontraba se volvía paulatinamente un poco más nítida.
Cuando por fin pudo vislumbrar entre los volúmenes difuminados encontró a Branko sentado en otro sofá junto al suyo, iluminado por la tímida luz de algunas velas. Tenía una lata de divertidos colores en la mano y lo miraba con una expresión hosca. El otro hombre estaba de pie a su lado, como si fuera un complaciente secretario personal.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Moses pasándose una mano por la cabeza. -¿Dónde estamos?
– A salvo -dijo Branko cortante.
– ¿Pero dónde? -preguntó de nuevo.
Branko parecía concentrado en pasar un dedo por el contorno de su lata, así que esta vez fue el secretario quien contestó.
– E-estamos en el edificio -dijo con un leve tartamudeo- e-en el Álamo.
– El Álamo -susurró Moses experimentando una súbita sensación de amargura por la ironía de la situación. Todo lo había ideado por Isabel y los demás. La imprudente decisión de acometer la voladura sin avisar a nadie, la precipitación del plan… todo era motivado por su deseo ferviente de proteger a Isabel. Y ahora…
– ¡Isabel! -dijo de pronto, retirando el resto del nórdico. -¿Dónde está?
Branko negó con la cabeza.
– No queda nadie -dijo al fin. -Mira tú mismo por la ventana.
Moses miró en la dirección que le indicaba hacia un amplio ventanal que llegaba hasta el suelo y que daba a una terraza. A través de los cristales pudo ver que el día había avanzado, la tarde lo cubría todo con un color gris apagado. Y Carranque estaba allí, pero el edificio principal era una ruina humeante con solo unos pocos muros aún en pie; pequeños incendios despuntaban aún en diversos lugares entre los túmulos revestidos de cascotes. Las pistas deportivas, donde cada mañana el Escuadrón de la Muerte había entrenado duramente en aras de la supervivencia de la comunidad, era ahora un tétrico escenario donde los muertos deambulaban sin rumbo. Apoyó ambas manos en el cristal mientras una lágrima escapaba a toda prisa de sus ojos abiertos de par en par.
– No.
¿Qué posibilidades había de que Isabel estuviera viva, de que alguien hubiera sobrevivido? No muchas, pensaba. En el caso de que alguien hubiera podido resistir al derrumbe habría quedado a merced de los zombis. Intentó recordar el momento en el que se produjeron las explosiones; ¿dónde habría estado ella? Con toda probabilidad en el huerto. Atisbó como pudo en la distancia intentado distinguir algo en el trozo que era visible, y cuando vio los cadáveres en el suelo su corazón se contrajo con un fuerte espasmo. Estaba demasiado lejos para distinguir las femeninas formas de Isabel entre ellos, bien fuera porque el ángulo no facilitaba reconocerlos o porque algo los cubría parcialmente, pero aún así, sintió que parte de su interior terminaba de derrumbarse. Creía que al menos uno de ellos era Alberto, aquel muchacho joven que ayudaba a Isabel.
Isabel… Isabel…
Branko se incorporó, no sin esfuerzo porque el sofá era bajo y su barriga prominente, arrojó la lata vacía a una esquina de la habitación y cogió otra de un paquete que habían colocado sobre un aparador.
– ¿Qué… qué me ocurrió? -preguntó Moses entonces. Empezaba a recordar vagamente. Había decidido ir a buscar a Isabel y a cualquier otro superviviente que quedara entre los restos del derrumbe, pero entonces… entonces…
– ¿Qué… quién me golpeó? -se giró sobre sí mismo para encarar a Branko y el hombre enjuto que tenía a su lado. Los miraba alternativamente a uno y a otro con creciente tensión.
– B-b-bueno… n-n-nosotros… -exclamó el hombre visiblemente nervioso.
Branko se apoyó sobre el aparador. Su rostro era de manifiesto desdén.
– Yo lo hice -dijo entonces. -Te salvé la vida.
– Tú… ¿qué? -preguntó Moses sintiendo que una furia inconmensurable crecía como una ola en su interior.
– Estabas fuera de ti. Tuve que pararte -contestó Branko con indiferencia, aparentemente más interesado en su lata que en su interlocutor. -Te hubieras ido directo a por esas cosas podridas de ahí fuera.
Moses apretó los dientes cerrando los puños hasta clavarse las uñas. En un infinitesimal instante, toda la profunda tristeza que empezaba a experimentar se encauzó, renovada, en un torrente de exacerbada cólera. Si Branko no le hubiera detenido, ¿quién sabe lo que habría encontrado, habría llegado a tiempo quizás, de salvar a alguien más?