Выбрать главу

4. Reza y el grupo de caza

No eran ni las cinco de la tarde, pero el cielo estaba tan cubierto de nubes negras cargadas de lluvia que casi parecía de noche. A Reza no le gustaba cazar cuando la visibilidad era tan mala, pero el juego era el juego, y nadie jugaba mejor que él.

Esperaba de pie junto a su coche, en lo alto de una loma, pendiente del reloj. De vez en cuando se cansaba y cambiaba su peso de una pierna a la otra, o miraba al alto edificio que se encontraba a unos trescientos metros, en el extremo opuesto del aparcamiento. Se erguía cuan alto era en medio de una plétora de casas bajas y vegetación, un testimonio de ladrillo y acero de la corrupción en la Costa del Sol. Dieciséis plantas de locura llenas de muertos vivientes. Y en lo más alto, un pañuelo rojo atado a uno de los cables de sujeción de una antena de telefonía móvil que tremolaba enloquecida.

Impaciente, volvió a comprobar el equipo como parte de una rutina repetida cientos de veces, se ajustaba el cobertor de Goretex, los inmaculados guantes negros, el cinturón con las granadas, los cargadores y otros enseres, y comprobaba las gafas de visión nocturna que se encendían con un sonido reconfortante. Eran unas Photonis-DEP de la más alta gama, perfectas para detectar cosas muertas en la oscuridad. Había probado otras pero no le servían; había aprendido que los muertos apenas irradiaban calor corporal. Por fin, revisaba su rifle, la belleza rusa AK-74 equipada con mirilla telescópica y volvía a mirar el reloj.

Cuántas veces habían jugado a cosas similares ya ni lo recordaba, pero sí recordaba que casi siempre, él era el mejor. Sus derrotas las rememoraba con un rebufo de bilis estomacal horrible, y se auto-castigaba apretando inconscientemente los músculos de la barriga y los dientes, una costumbre que acarreaba desde niño. Entonces podía estar varios minutos pasándose la mano por la cabeza, frotando la calva de delante a atrás, de atrás a adelante.

Reza se crió en su casa, una enorme mansión ubicada en las afueras de Marbella que, sin embargo, era cenicienta y lúgubre. Tutelado por su padre, un asistente personal y un tutor, además de un monitor de gimnasia, nunca conoció las alegrías y sinsabores del colegio. Su padre, el Sr. Lubke, era un resuelto hombre de negocios, un alemán tan estricto que las hojas de los árboles del jardín no caían hasta que él determinaba que había llegado el otoño. Trataba a su hijo con el mismo puño de hierro que sus negocios con los cuales amasó una enorme fortuna. No todos eran legales, su ventana moral era lo suficientemente amplia como para que se colara el blanco, el negro y todos los colores del arco iris. La infancia de Reza transcurrió entre los compases rítmicos de un metrónomo, aparato que medía cada actividad y cuyos lánguidos sonidos dominaban la casa desde que empezaba la jornada a las cinco de la mañana hasta que el día terminaba a las nueve. Siempre la misma rutina, día tras día, sin importar que fuera miércoles, domingo, o Nochebuena; flexibilidad era una palabra que había sido erradicada completamente del diccionario familiar, y el concepto de ocio se asociaba a dedicar tiempo a cosas como la lectura o la gimnasia. Con cuatro años ya sabía leer y escribir perfectamente, y con seis era notable en el arte de la esgrima. Estudió lenguas muertas, recorrió el pensamiento de los grandes filósofos desde la antigua Grecia a la actualidad y con doce años se encontraba cómodo leyendo avanzados tratados matemáticos sobre relatividad general.

Pero la educación de Reza nunca contempló las cosas pequeñas que todos los niños a su edad recibían en gran cantidad; caricias, abrazos o unas simples palabras de aliento. Nada de eso tuvo nunca lugar en su formación espartana. Su madre ingresó en una clínica de belleza nada más dar a luz y lo confió a unas comadronas que servían en la casa para que lo cuidaran. Llevaban al servicio de la familia más tiempo del que hubiese sido conveniente y se habían contagiado bien de la acritud y marcial eficiencia con la que se regía todo. El bebé Reza recibía su alimento, sus baños y su cambio de pañales con precisa puntualidad, pero nada más. Nadie besó su suave naricilla, nadie acarició su perfumada tez, nadie lo sujetó contra su pecho ni un segundo más del estrictamente necesario.

El único amigo que Reza tuvo en su niñez fue Kaiser, un micho miserable de color anaranjado que una cocinera en sustitución alimentaba a escondidas en la cocina. El gatillo le fascinaba poderosamente cuando podía verlo en los raros días que merendaba en la mesa del recinto. Le gustaba verlo tumbado en el escalón con los ojos cerrados al sol y con la panza subiendo y bajando suavemente al ritmo de la respiración, y luego desperezarse lentamente estirando las patas delanteras y abriendo mucho la boca. Le gustaba verlo caminar por entre las baldosas negras y blancas, arrimando el rabo a todos los muebles por los que pasaba como si quisiera dejar una huella invisible en ellos.

Una tarde cualquiera, Reza mojaba unas galletas en el vaso de leche mientras Kaiser se entretenía en mantener una feroz batalla con un trapo de cocina que colgaba de un gancho. Hacía fintas hacia uno y otro lado, se tumbaba en el suelo con las cuatro patas en actitud defensiva y finalmente pegaba un salto para lanzar un poderoso zarpazo que hacía sacudir el trapo. De tanto en cuando, el minino lo miraba con unos preciosos ojos redondos, toda su cara trocada en un signo de interrogación, como si buscara la aprobación del niño. Reza intentaba un rictus de sonrisa (tan desconocida le era) pero por dentro la excitación bullía como las burbujas en una botella de refresco que acaba de ser agitada.

Por fin, cuando el gato acabó liberando el trapo, éste cayó suavemente sobre su cabeza, atrapándolo. La esforzada batalla que se produjo a continuación, con una tormenta de patitas en rápida sucesión entrando y saliendo del trapo de cocina provocó que Reza soltara una sonora carcajada. Fue como si un océano contenido durante milenios en la presa más antigua del mundo fuese por fin liberado: un torrente de agua límpida que arrancaba sin esfuerzo toda la costra rancia y hedionda enquistada en su alma. Rió una, dos y tres veces, y asombrado de sí mismo, no pudo parar de hacerlo. Kaiser, que generalmente salía corriendo cuando se producía un sonido más alto que otro, se asomó por debajo del trapo con las puntiagudas orejas apuntando hacia él, pero no huyó.

Pero no huyó.

En los años y años que estaban por venir, Reza se sorprendía a sí mismo preguntándose qué hubiera pasado si Kaiser hubiese salido corriendo, pero nunca conscientemente. El recuerdo acudía furtivo, siempre traicionero en los momentos bajos, porque recordar aquello le provocaba una sensación de asco, miedo y odio tan profundamente combinadas que a veces se mareaba y tenía que detenerse un rato a respirar, como aquejado de una profunda crisis asmática. El recuerdo comenzaba con su padre entrando en la cocina, como siempre sin apresurarse, casi sin hacer ruido, acompañado de una de las amas de casa. Sus rostros sombríos ocultos por una máscara lánguida y seria lo miraban fijamente mientras él continuaba riendo, tanto que con una mano se sujetaba el estómago y con la otra señalaba al gato. El Sr. Lubke le miraba intensamente, siempre sin mover un solo músculo de la cara. Muy despacio, giró la cabeza para seguir la dirección del dedo y fijarse en el gato, que ahora daba vueltas sobre sí mismo con el trapo aún enredado en las patas traseras. Y entonces, sin más preámbulo, recorrió los cuatro pasos que le separaban del animal, se agachó y lo levantó bruscamente del suelo cogido por el rabo.