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Al cabo de un rato descubrieron que el camino los llevaba demasiado hacia el norte. Alba, que llevaba callada bastante tiempo se detuvo de repente.

– Gaby -dijo entonces.

Gabriel se giró sobre sus pies todavía con las manos en los bolsillos.

– Venga, pesada -dijo- ya descansaremos dentro de un rato, si encontramos un sitio con sombra, ¿vale?

Pero Alba negó con la cabeza.

– No es eso.

– ¿Quieres agua? -preguntó Gabriel.

– No, no.

– ¿Qué pasa?

Alba señaló al otro lado del barranco, al monte que tenían al oeste.

– Creo que es por allí, Gaby.

Gabriel pestañeó perplejo. Habían estado tomando senderos sin aparente concierto y al azar desde que se adentraran en el terreno montañoso al norte de la autovía, pero tenía la sensación de que cualquier ruta parecía buena en todo momento. Nunca llegó a pensar realmente que hubiera un camino marcado, un punto final de destino que su hermana de ocho años le estuviera dirigiendo por lugares en los que nunca había estado mientras albergaba una suerte de certeza en algún lugar de su alma.

Pasó la lengua por sus labios, súbitamente resecos.

– ¿Por ahí? -preguntó.

Alba asintió.

Examinó el terraplén árido y agrietado que discurría mansamente hacia el fondo de la garganta; un lugar umbroso lleno deretorcidosmatorrales cuyas ramas se estiraban hacia fuera como suplicantes.

– ¿Cómo pasaremos por ahí, estás loca?

Pero Alba miraba hacia el monte al otro lado y no dijo nada.

– ¿Sabes ya a dónde vamos?

– No.

– ¡Vaya, Alba!

De pronto se descubrió a sí mismo observándola con detenimiento. Había perdido un poco de peso, y allí, erguida al borde del camino con el viento haciendo volar sus cabellos parecía un poco más alta y un poco más mayor. Se dijo que en mayo cumpliría nueve años, y era normal que fuera creciendo poco a poco, pero de algún modo tuvo la certeza de que toda aquella situación les había hecho madurar más de lo previsto. Los días de los juegos ociosos habían pasado, o eso creía, y le costaba trabajo recordar aquellos domingos en los que ojeaba viejos cómics del Juez Dredd tirado en el sofá sin ninguna responsabilidad por delante como no fuera algunos deberes pendientes. Nunca se había preocupado por lo que comerían por la noche, si tendrían frío o no, y desde que era pequeño no había cerrado los ojos al dormirse pensando en si los monstruos lo atraparían. Incluso cuando se es muy pequeño y esas cosas parecen plausibles, nunca llegan a pensarse como una posibilidad real. Son solo ecos que reverberan en la memoria evolutiva, miedos ancestrales que han quedado como un poso oscuro y húmedo de los tiempos en los que la noche podía traer la muerte si te descuidabas. Pero ahora esas cosas importaban, y Alba parecía ser capaz, de alguna forma sobrenatural, de sortear ese acuciante peligro y conducirles hacia algún punto luminoso al final del camino.

Era lo que esperaba, al menos.

Pero, ¿y si su destino era morir en alguna parte? Las visiones de Alba siempre se cumplían, pero ¿y si todos aquellos pasos los encaminaban a alguna clase de destino funesto en algún rincón de aquellos andurriales?

– ¿Y cómo llegaremos hasta allí? -dijo al fin, sacudiéndose esos pensamientos de la cabeza.

– ¡No lo sé, Gaby! -protestó Alba.

Gabriel suspiró.

– Ojalá tuviéramos una cuerda mágica, como Frodo y Sam, ¿eh? -dijo al fin.

– ¿Como quiénes?

– Es igual. Te diré qué haremos. Déjame subir ahí arriba a ver qué veo. Quizá este camino dé la vuelta por detrás de ese monte y llegue al otro lado en algún momento. Si es así, nos evitaremos tener que ir hasta abajo para volver a subir.

Pero encontró que subir requería un esfuerzo que no había calculado; tuvo que detenerse más de una vez a recobrar el aliento. La vista desde lo alto, no obstante, le dejó impresionado: una panorámica completa de toda la línea de la Costa, desde la fábrica de cemento de La Araña en la costa este, hasta Puerto Banús en Marbella.

Y todo está muerto.

Pensó en Jericó, allá por el 7.500 A.c. Era lo último que había estudiado en el colegio antes de que los muertos abandonaran sus sepulturas. Subido en lo alto del montículo como una versión de pelo oscuro del Principito en su asteroide, recitó de memoria las palabras que estudió en su día: Sus habitantes eran sedentarios, tenían animales domesticados, vivían en casas de adobe y enterraban a sus muertos debajo de sus casas, lo que indicaba que rendían culto a sus antepasados. Aquél, había dicho el profesor, había sido el origen de la Civilización. Y ahora, se preguntaba el joven Gabriel, ¿estaba contemplando acaso el fin de la misma? Casi diez mil años estuvo el hombre obcecado en construir y levantar sus rudimentarias viviendas que luego serían aldeas, más tarde pueblos y por fin ciudades; infraestructuras de comunicación cada vez más avanzadas, senderos que se convertían en caminos y luego en carreteras. Puentes, altos edificios, ciudades cada vez más grandes donde se levantaban majestuosos, todo tipo de ingenios arquitectónicos que daban fe de la proeza del hombre; la frágil construcción humana quedaba ahora para ofrecer un pulso a la naturaleza. Ésta terminaría de ejercer su triunfo en tan solo unos veinte años haciendo desaparecer las carreteras de asfalto bajo la maleza. En cincuenta años, las calles y edificios quedarían cubiertos también, y en cien años todas las estructuras de madera y la mayoría de los puentes terminarían por desmoronarse, incapaces de aguantar las tercas raíces que horadan y socavan la argamasa trocada en una suerte de arena ya inconsistente. Harían falta cien años más para que los edificios de metal y cristal se vinieran abajo, colapsándose poco a poco en medio de la quietud de las ciudades. En mil años, la mayoría de los edificios de ladrillo, piedra y cemento habrían desaparecido, y la contaminación por dióxido de carbono en la atmósfera volvería por fin a sus niveles pre-industriales. ¿Y después? Después de sólo cincuenta mil años, coincidiendo con la fecha en la que la mayoría de los plásticos y cristales se han descompuesto, la existencia de la humanidad quedaría reflejada sólo por algunos restos arqueológicos.

El hilo de pensamientos de Gabriel no iba, desde luego, tan lejos, pero observaba con creciente pesadumbre el legado de los adultos: una ciudad muerta, una ciudad de muertos, una Necrópolis.

Alba le llamó desde abajo agitando los brazos. A su lado, Gulich le miraba sentado sobre sus cuartos traseros y el cuello estirado, como si no entendiese lo que pasaba. Alba tenía razón, el día avanzaba rápido y todavía había camino por recorrer. Echó un vistazo alrededor y bajó de nuevo, esta vez hincando los talones y arrastrando los pies cuando la tierra cedía, levantando una polvareda que el viento se ocupó de esparcir.

– Yo tenía razón -dijo al fin. -El camino sigue un rato y luego dobla a la izquierda. Desde allí pasa por detrás de ese monte que tenemos en frente.

– ¡Bien! -dijo Alba, contenta.

– Pero Alba, ayudaría saber… -empezó a decir, y terminó incapaz de dar forma a sus pensamientos.

Y otra vez su hermana lo miró con una expresión extraña en su carita bronceada por el Sol. El blanco de los ojos contrastaba con la piel oscura de una forma hermosa, y su boca pequeña, cuarteada por la sequedad y el viento, se torció en un gesto de duda.

– No sé, Gaby.

– ¿El qué no sabes?

– No sé si decírtelo -dijo la pequeña.

– ¿Por qué no? Dímelo -pidió Gabriel intentando endurecer el tono.

Alba alargó la mano para acariciar la cabeza de Gulich, pero sus ojos estaban ausentes, como si manejara pensamientos demasiado complejos para ella. Por fin, se animó a hablar.