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– Vamos a ver al Hombre Malo, Gaby.

Y Gabriel, experimentando de pronto un súbito escalofrío se dejó caer en el suelo polvoriento.

27. Sangre en el agua

Encontraron los botes salvavidas cerca del segundo silo de almacenaje, colgando de sus pescantes de gravedad. El agua, probablemente de lluvia, había borrado casi todas las huellas de las matanzas que el Diario del Capitán Díez relataba con tanto detalle, pero todavía quedaban charcos de sangre cerca de los rollos de cuerda y en las juntas del suelo.

– Joder, ¿cómo funcionará esto? -preguntó José, examinando la estructura en forma de L del pescante. Se alzaba por encima de ellos como las pinzas mecánicas de algún ingenio gigantesco.

– Mira estas cuerdas -dijo Dozer. -Hay que liberarlas primero.

Soltaron las trincas, lo que les requirió esfuerzo y tiempo. Todos sabían que no tenían ya mucho, así que la tarea se entorpecía precisamente por la premura que ponían. Luego de un rato sin embargo, consiguieron que el bote se deslizase por el plano inclinado y allí quedó colgando en el aire fuera ya de la borda, balanceándose suavemente.

– El barco está inclinado, ¡eso no ayuda! -observó José.

Pero tras dedicar un tiempo a examinar el mecanismo consiguieron encontrar el freno mecánico y accionarlo, arriando el bote hasta ponerlo a la altura de la cubierta.

– Vale, ¿y ahora qué? -preguntó Dozer mientras examinaba la superficie del bote. No veía la forma de que subieran todos y hacer que descendiese hasta el agua.

– ¡Por el amor de Dios…! -soltó Dozer, que empezaba a sudar copiosamente- ¿cómo puede ser tan complicado?

– ¡Si hubiera una emergencia en el barco estaríamos ya criando malvas en el fondo del océano! -exclamó Susana.

Con un ágil salto José subió al bote y echó un vistazo alrededor.

– Coño, tiene que ser esto -exclamó, tirando de una de las trincas de aconche que obligaban a la barca a permanecer pegada al casco del barco. Susana y Dozer intercambiaron una rápida mirada y se encaramaron en ella, soltando el resto de los amarres. No tardaron mucho ya en conseguir hacer descender el bote hasta el agua, que arrancó una fenomenal salpicadura de su superficie.

De pie en la popa, Dozer se llevó las manos a la cabeza.

– ¡Hostia! -dijo.

– ¿Qué ocurre? -preguntó José.

– No puedo creerlo, ¿esta cosa no tiene motor?

Efectivamente, la popa estaba desnuda. Un par de remos nuevos con la pala de un color naranja brillante, permanecían anclados en los laterales del bote.

– ¡¿Cómo vamos a huir de los zombis con esto?¡ -gritó Dozer.

– Bueno, ¡tranquilidad! -pidió Susana. -Esas cosas no saben nadar, lo conseguiremos ¡pero tenemos que ponernos en marcha ya!

Sin añadir nada José se adelantó hasta la proa y se apostó allí con el rifle preparado. No hacía falta acordar quién remaría, de los tres era el que tenía mejor puntería.

Impulsada por los vigorosos envites de Dozer y Susana, el bote empezó a maniobrar lentamente hacia el muelle donde habían dejado a Uriguen. Cuando habían avanzado unos pocos metros, la pasarela de comunicación se hizo visible y atisbaron a su compañero todavía encaramado en su superficie. No veían desde allí el suelo, pero el estruendo de gritos, lamentos y exabruptos era ensordecedor, como si estuviese allí congregada una turba violenta y enfurecida. Cuando tuvieron la zona por donde pensaban acercarse a la vista, el nudo que llevaban en el pecho se acentuó como si se hubiese retorcido sobre sí mismo impidiéndoles respirar.

Lo que tenían delante podía interpretarse como agua en ebullición. Era tal el número de zombis que habían caído al agua que su superficie se agitaba de manera tumultuosa, casi frenética. Entre medias despuntaba una amalgama terrible de brazos y cabezas sacudiéndose como si el mismo fuego del Infierno ardiera bajo ellos. José miró hacia atrás con una expresión de terrible desconcierto, pero no dijo nada.

Susana dejó el remo a un lado y se incorporó, insegura, preparando el rifle para ser disparado. La escena le recordaba a la lucha de los peces cuando se les arroja trozos de pan y el agua se trueca en una salvaje disputa de cuerpos blandos y resbaladizos que luchan por la hegemonía.

José disparó primero, pero no supo decir si había acertado a alguien. Repitió otras dos veces, y esta vez las balas parecieron perderse entre la espuma y la confusión. El disparo que hizo Susana a continuación tuvo mejor suerte, ya que un chorro de sangre se levantó en vertical como el que expulsa una ballena en superficie.

Luego siguieron más disparos, pero tenían la sensación de que no hacían ningún progreso porque los zombis seguían precipitándose torpemente en el agua a medida que la masa los empujaba. Mientras tanto, la barca seguía avanzando lentamente, acercándose cada vez más a los muertos que luchaban por mantenerse a flote. José dejó de disparar a la masa y se concentró en los que tenía más cerca consiguiendo mejores resultados. Las cabezas explotaban, esparciendo su contenido en la dirección opuesta a la del disparo, y el agua empezó a teñirse de rojo sangre.

De pronto, sin que nadie lo hubiera advertido, una mano huesuda y descarnada emergió del agua y asió el borde del bote. Finalmente, el cuerpo horrible saltó desde el fondo y se encaramó quedando a escasos centímetros de Dozer. La nariz había desaparecido, así como la mitad de la cara, y allí despuntaban unos dientes blancos y perfectos anclados a unas encías de un color violáceo. Sin poder evitarlo, incluso acostumbrado como estaba a luchar contra los muertos, Dozer gritó con una voz ronca y sobrecogida.

Susana reaccionó primero golpeando la cabeza del espectro una y otra vez hasta que perdió el asidero y regresó al agua. Allí, le acertó con un tiro en la cabeza que le voló su mitad superior. El lateral de la barca quedó cubierto de trozos de carne y cerebro que las olas lamieron con avidez.

Recorrido por la adrenalina, Dozer se puso en pie y empezó a descargar el rifle a los zombis que tenía alrededor. Pronto comprobó que acertar a la cabeza era mucho más difícil que hacerlo sobre suelo firme: oscilaban de izquierda a derecha y también de arriba a abajo con una velocidad desmesurada.

– ¡NO LO CONSEGUIREMOS! -gritó José. Los casquillos vacíos que eran expulsados por el rifle volaban a su alrededor, y el olor a pólvora quemada empezaba a llenar el aire.

– ¡Tenemos que hacerlo! -contestó Susana.

Dozer miró a Uriguen. Había apoyado el rifle contra la barandilla y proporcionaba cobertura desde arriba, pero también él se daba cuenta de que el plan no estaba resultando tan bien como habían pensado. Podían vaciar todos sus cargadores y no haber limpiado la superficie del agua lo más mínimo.

– ¡NO SE PUEDE! -contestó José. -¡Tiene que ir por el otro lado, por donde salimos nosotros y correr hasta el agua por donde no hay zombis!

Susana pestañeó; de repente esa otra solución le parecía tan simple y perfecta que se castigó mentalmente por no habérsele ocurrido antes.

Pero en ese momento Uriguen miraba a Dozer y sus miradas se encontraron. Desde la pasarela, el veterano hizo unos gestos con la mano: los viejos signos internacionales de comunicación entre escuadrones en circunstancias donde se requiere silencio, o donde el fragor del combate impide la audición. Uriguen interpretó en voz alta.

– Esperad, tengo un plan.

– ¿Un plan?

– ¡Dile lo que ha dicho José! -exclamó Susana. -¡URI! -chilló, pero su compañero ya había empezado a recorrer la pasarela de vuelta al edificio.

Mientras tanto José disparaba a los muertos que flotaban alrededor del bote. El agua se había teñido de un color granate y los cuerpos de los espectros abatidos, cada vez en mayor número se mecían entre las olas. La mayoría nunca se hundiría. Aún con los pulmones llenos de agua, el proceso de descomposición que se había iniciado en sus cuerpos generaba gases, como el dióxido de carbono y el metano, que los mantendrían a merced del oleaje.