José gritaba sintiendo el nauseabundo aliento de los muertos cerca del hombro por el que lo tenían preso. Llamó a Dozer y llamó a Susana, pero ninguno de los dos parecía hacer nada por ayudarlo. Susana era una forma doblada sobre sí misma, y Dozer parecía una especie de Buda entregado a la meditación. El sol brillaba en su cabello cortado a cepillo, pero no se inmutaba.
Por fin, a pesar del dolor lacerante se incorporó como pudo y se libró de la garra mortal del muerto. El fusil estaba en el suelo parcialmente mojado por el agua que había entrado en el bote, pero cuando se giró para usarlo descubrió que seguía en perfectas condiciones. Esta vez debido a la proximidad, la sangre tibia y espesa le salpicó en la cara y la ropa, pero los zombis cayeron de nuevo al agua privados ya del hálito de la vida que Necrosum les prestaba.
– ¡SUSANA! -gritó. Tuvo que abrir las piernas y flexionar las rodillas para no perder el equilibrio, porque el bote se zarandeaba ya peligrosamente. Las manos que tanteaban el reborde de la barca era lo peor; las había por todas partes, tentando, buscando. Utilizó la culata para descargarla sobre la que tenía más a mano y el ruido crujiente y desgarrador de los dedos machacados le repugnó sobremanera.
– ¡Dozer! -llamó de nuevo. -¡Por Dios, AYUDADME!
Pero entonces vio algo: la figura amenazante de un espectro que levantaba los brazos a medida que se hacía más y más grande detrás de Dozer. El sol brillaba justo a su espalda, de manera que José sólo veía la silueta negra y ominosa como si se tratase de una extraña ave sin plumaje.
El corazón se le aceleró; estaba tan cerca de Dozer que casi podía ya escuchar el sonido de los tendones del cuello crujiendo bajo sus manos. Tuvo que hacer acopio de energías para conseguir vencer el bloqueo que el terror le insuflaba.
– ¡DOZER! -gritó esta vez con toda la fuerza de la que fue capaz. El bote se agitaba como una hoja en un charco castigado por la lluvia intensa y José trastabilló, intentado no acabar en el agua. Era incapaz de apuntar con el rifle. Por fin, Dozer pestañeó y le miró con ojos distantes cargados de confusión. Descubrió entonces que su amigo no lo miraba a él; tenía la vista fija en un punto indeterminado a su espalda.
Cuando quiso girar la cabeza era ya demasiado tarde. El espectro lo abarcó, aprisionándolo con brazos delgados pero fibrosos. José quiso intentar un disparo, pero el nerviosismo lo derrotaba porque era muy consciente de que si era mordido en el cuello todo habría acabado. No obstante, cuando intentó llevarse el rifle al hombro descubrió que no podía; una de las manos se había enganchado en la bandolera y la tenía trabada.
Dozer, regresando lentamente del estado de shock enel que se había refugiado, entró en el túnel del pánico y se precipitó por sus pronunciadas rampas. Al intentar moverse para liberarse sin embargo, provocó que ambos perdieran el equilibrio y cayeranestrepitosamenteal agua donde desaparecieron entre la confusa amalgama de espectros y cadáveres. Susana levantó la cabeza alertada por el ruido, ycuandocomprobó que Dozer no estaba en el bote se puso en pie como accionada por un resorte.
José se lanzó al borde de la barca y buscó con ojos desesperados pero no lo vio por ningún lado; no estaba allí, no había ninguna mano que fuese la suya despuntando entre las demás y que él pudiera asir. Las descartaba todas: por la ropa, por su estado de putrefacción, porque a algunas les faltaban dedos. Ninguna era la de Dozer.
Gritaron su nombre juntos, pero sin resultado. No emergía. En la cabeza de Susana corría un reloj que marcaba los segundos con golpes sordos. ¿Cuánto tiempo, cuánto tiempo se puede estar bajo el agua sin respirar? ¿Cuánto, un minuto, un minuto y medio? Suponía que alguien como Dozer sería capaz de aguantar bastante tiempo sin oxígeno, pero ¿y si está presa del pánico, y si es prisionero de un muerto viviente? ¿Cuánto tiempo se tarda en dejar que el agua inunde los pulmones y sobrevenga la muerte?
De pronto, hipnotizada como estaba mirando el agua tumultuosa, Susana se sintió zarandeada. José la tenía cogida por las solapas del chaleco y le gritaba a escasos centímetros de su cara, con los ojos fijos en los suyos.
– ¡ESCÚCHAME! ¡Susana, necesito que me escuches! ¿me oyes, estás conmigo? ¡Susana!
Susana asintió, pestañeando repetidas veces.
– ¡Ha MUERTO, Susana!
Susana, intentando huir de él negó con la cabeza, pero José volvió a zarandearla con fuerza.
– ¡Escúchame, Susana! -pidió-. ¡Dozer ha muerto, Uri ha muerto, no hay nada que podamos hacer por ellos!
– No -dijo, con un trémulo hilo de voz.
– ¡SUSANA! -gritó.
José echó un furtivo vistazo a la barca; sobre todo no quería perder el contacto visual con su compañera. La necesitaba. Tenía que recuperarla si querían salir de allí. A su alrededor, los muertos húmedos y fríos como los peces de una oscura laguna subterránea, conseguían encaramarse torpemente a la barca que se sacudía ya peligrosamente. Sus endiablados ojos blancos los buscaban, las mandíbulas chascaban en anticipación.
– S-sí -respondió Susana al fin, con los ojos llenos de lágrimas.
– Vamos a salir de aquí, ¿vale? Por Dozer, por Uri, ¿sí?
– Sí.
– Vamos, maneja el remo. Yo te cubro.
Mientras hablaba su mano se precipitaba ya hacia el rifle de Susana que había quedado tirado en cubierta. Apenas lo hubo cogido, empezó a disparar contra los muertos que tenían ya medio cuerpo dentro. A tan poca distancia su precisión era letal y contundente: los zombis fueron enviados de nuevo al mar con los brazos laxos describiendo grandes aspavientos. Después disparó también contra las manos que se aferraban al pasamanos. Esquirlas de madera y dedos volaron por los aires a medida que los disparos resonaban en el aire.
Susana solo podía operar un remo: eran demasiado largos y pesados como para intentar usar ambos. De manera que decidió utilizarlo como una improvisada pértiga para empujar el barco en dirección contraria, utilizando los cuerpos que flotaban sin vida. La cosa funcionó bien, y empezaron a avanzar fuera de la zona. Una vez hubieron salido de ella, José se sentó a su lado y empezaron a remar juntos. Las paladas eran vigorosas, y el bote manchado de sangre y lleno de agujeros de bala, pronto se encontró a bastantes metros de distancia.
De pronto, sin advertencia alguna, Susana soltó el remo con expresión asqueada. José seguía remando sin embargo, sudando a la luz del crepúsculo que se acercaba inexorable, y el bote empezó a dar vueltas sobre sí mismo.
– Ya está -dijo ella- ya está.
Pero José continuó todavía un rato más hasta que también él cejó en el empeño. Resoplaba pesadamente, exhausto por la emoción y el esfuerzo. Los gritos y alaridos de los zombis quedaban ahora lejos, y el ruido del agua golpeando mansamente las paredes de la barca llegó hasta sus oídos, reparador como el sonido de una suave música.
Y entonces, de nuevo sin aviso previo, se buscaron y se abrazaron con una fuerza desmedida, como si pudieran mitigar el dolor apretándose el uno contra el otro. Permanecieron así llorando en silencio, mecidos por las rítmicas olas y compartiendo su dolor durante algunos minutos. A medida que la oscuridad ganaba terreno, unas gaviotas cantaron brevemente como despidiendo los últimos vestigios de luz, y en sus corazones la tristeza se mezcló furiosamente con la rabia, la desesperanza y la perplejidad, un amargo crisol que hacía temblar todos los cimientos de sus almas.
La noche cayó, fría y húmeda, y los encontró a ambos todavía fundidos en un abrazo. No habían intercambiado ni una sola palabra; no hacía falta. Finalmente, fue José el que se separó de ella. Se aclaró la garganta con un ronco carraspeo antes de hablar.