Después no recordaba mucho. Theodor desapareció por la puerta ajustándose la ropa, y ella cerró sus piernas y quiso que la muerte descendiera sobre ella y se la llevara. Se quedó vacía, con su sexo palpitando por efecto de los espasmos del flujo sanguíneo, y sintió que el semen, aún cálido, escapaba de los labios de su vulva y recorría lentamente el muslo interior.
Entonces se desconectó. Su mente dibujaba formas e imágenes, y mezclaba recuerdos con sensaciones que se tejían poco a poco, como complicadas telas de araña. Pero no encontraba sentido a ninguna de ellas. Eran como brumas oscuras, indefinidas y tenebrosas, que vagaban por el plano inconsciente de su mente.
Y pensó en Moses, sí, pero en su mente aparecía como una figura parcialmente oculta por la oscuridad, en una esquina sin hacer nada más que mirarla, así que cerró los ojos, y otra vez las lágrimas resbalaron de nuevo por sus mejillas.
Al anochecer, llegaron a la altura de El Rosario, una pequeña urbanización de chalets y villas de alto standing que se esparcía primorosamente hacia el mar. Gabriel había caminado echando vistazos hacia atrás, por si el Hombre Andrajoso aparecía por el camino que habían venido siguiendo, pero éste siempre se mostraba tan solitario y polvoriento como lo encontraban al pasar. Empezaba a pensar que sus argucias cruzando a ratos campo a traviesa lo habían terminado de despistar.
La vieron los dos a la vez todavía a unos buenos cuatrocientos metros, porque sus ventanas encendidas despuntaban en medio de la oscuridad que la rodeaba. Se trataba de un chalet de lujo con al menos dos plantas, aunque la distribución de las habitaciones era irregular, y asomaban en diversos ángulos. En el jardín que lo rodeaba crecían altos árboles que la cubrían parcialmente. Alba se detuvo a mirarla con una expresión de disgusto en el rostro.
– Es ésa, Gaby. Es ésa -dijo en voz baja.
La había visto en sus visiones mientras caminaba junto a Gulich y su hermano. En todos los casos era como si su mente abandonara su cuerpo y se proyectase a una velocidad vertiginosa, hacia delante. En esas visiones o trances mentales, la casa era negra y distorsionada, y las paredes parecían latir con un corazón propio, como si tuviera vida. Y atravesaba sus muros de piedra y recorría sus habitaciones, decoradas con un gusto exquisito y alumbradas por luces indirectas que le daban el tinte del oro. Y subía a las habitaciones superiores, volando por encima de las alfombras y los suelos de mármol, y descendía también a los sótanos oscuros y terribles, desprovistos del glamour sofisticado de las salas superiores. Allí, las paredes frías le hablaban de los hombres que vivían en la casa, y vio escenas del pasado, de los primeros días de la infección cuando hacían pruebas horribles con los monstruos. Les disparaban y les extirpaban órganos para ver cuál provocaba su muerte definitiva, y cuando terminaban con ellos, sangrantes y con el contenido de sus entrañas desparramado por el suelo, se deshacían de ellos quemándolos o tirándolos en grandes bolsas negras de basura. Alba, de alguna manera, notaba lo que los monstruos sentían cuando les hacían eso; a pesar de sus lánguidas miradas y su rabia, sentía la confusión y el miedo que pulsaban intermitentes como la luz de un faro, en las zonas más ancestrales de su cerebro. No había dolor, solo miedo; una suerte de tristeza interior tan honda y atroz que impregnaba el aire y se mezclaba con el olor de la sangre.
Y los veía también entregados a sus juegos de guerra por las calles de la urbanización, subidos a su vehículo todo terreno y disparando contra los monstruos; nunca iban al centro de Marbella donde el número de espectros los habría puesto en un aprieto, siempre en las calles vacías donde los muertos a veces se internaban, siguiendo sus propios pasos erráticos.
– Hay luces encendidas -dijo Gabriel, con la boca pastosa.
– Es la Casa del Miedo -anunció Alba, hipnotizada.
– ¿Qué tontería es esa? -preguntó Gabriel, pero su voz era débil e insegura; de alguna forma, también a él la visión del espectacular chalet iluminado bajo el manto de estrellas, le imponía cierto respeto. El mirador que se levantaba en una de las alas del edificio se asemejaba al campanario de una iglesia, pero las paredes oscuras unidas a las tinieblas de la noche le conferían un aire tenebroso y maléfico, como si lo que tuvieran delante fuera algún templo construido para adorar a un demonio.
– ¿Vamos allí, entonces? -preguntó Gabriel con desaliento.
Alba asintió, aunque no inmediatamente. Gulich, siempre a su lado, miraba hacia las casas con las orejas gachas, expectante.
Tenían que recorrer aún un buen trecho, descendiendo por una ladera pelada donde crecían apenas unos arbustos raquíticos, así que se pusieron en marcha con los pies doloridos por la caminata. Junto al muro de la casa discurría una pequeña carretera, que ni en tiempos conoció mucho tráfico de coches y que se hallaba ahora vacía.
No había, al menos, ni rastro de muertos vivientes.
Cuando estaban ya a escasa distancia, Gabriel se detuvo.
– ¿Y ahora? El muro es bastante alto, y la verja de entrada parece cerrada -dijo. -¿Qué hay que hacer, llamamos a la puerta?
Alba miró hacia las ventanas del piso superior. Casi todas estaban iluminadas, excepto una, y era precisamente ésta la que ejercía una poderosa fascinación sobre ella. Gulich, mientras tanto, olisqueaba el pavimento de la acera con el rabo entre las piernas, lenta y cuidadosamente, como si estuviera clasificando multitud de olores nuevos y diferentes.
– No sé cómo entraremos -dijo Alba, mirando alrededor.
– Si nos acercamos más, ¿nos verán? -preguntó Gabriel.
– No lo sé -preguntó Alba, indecisa.
Gabriel dejó escapar un exabrupto entre dientes, y empezaron a cruzar la carretera para acercarse a la casa. El silencio era casi tangible, omnipresente, roto solamente por las pisadas de los niños en el asfalto. Gulich se detenía constantemente olfateando el aire. Los niños no lo sabían, pero aunque no veía ninguno, él podía oler el profundo hedor de los muertos a su alrededor. A no demasiada distancia, pensaba. Sentía el instinto natural de ladrar y dar la voz de alarma, pero en sus días de solitaria supervivencia había aprendido que los ladridos eran siempre mala idea; siempre los atraían hacia él.
Alba por su parte, comenzaba a sentirse arrastrada por una tumultuosa sensación de miedo. El Hombre Malo era en verdad muy malo, y en sus visiones siempre aparecía cubierto por una especie de manto negro que le impedía ver sus facciones con claridad; pero de ninguna forma quería encontrárselo de cara.
Sabía lo de Isabel. Sabía que la habían traído en una especie de motos que flotaban sobre el agua, y que luego la habían llevado por caminos que cruzaban parcelas desnudas entre los chalets, hasta la casa. Allí la mantenían contra su voluntad, y en sus mentes oscuras y terribles trazaban planes abominables que ella sentía en sus visiones, como las gélidas emanaciones de un congelador abierto.
Pero no había tenido ninguna visión como las de antes, ninguna experiencia tarta de coco, y por lo tanto, sus propios destinos y el de la mujer prisionera eran inciertos. Eso alimentaba su miedo, sí, pero en su mente infantil no había cabida para la opción del fracaso. Ella no visualizaba al Hombre Malo capturándolos y encerrándolos en el sótano, de modo que todavía conseguía encaminar sus pies hacia la Casa. Solo sabía que se le había permitido viajar con su mente hasta allí, y que esas cosas terribles le habían sido mostradas por algún motivo como dijo su padre. Él habló con ella sobre sus visiones cuando lloraba pensando que era ella misma la que provocaba que las cosas pasaran. Él la abrazó fuertemente y la colmó de besos mientras le susurraba al oído: