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Cariño, las cosas pasan porque tienen que pasar. Tú no las provocas, en la misma medida que no puedes evitarlas. Puede que Dios haya querido que veas pequeños fragmentos de esas cosas futuras para que puedas crecer personalmente. Ya eres muy especial, mucho más madura que cualquier otra niña de tu edad, y sospecho que eso al menos no tiene nada que ver con las cosas que ves. Quizá algún día, puedas usar ese don que llevas dentro para hacer el bien. No lo sé. Pero no olvides nunca que uno no es bueno ni malo por las cosas que ve, sino por las cosas que hace.

Alba quería ser buena; quería que su papá estuviera orgulloso, y quería hacerle saber donde quiera que estuviese ahora, que aunque había visto el mal absoluto, utilizaría su don para hacer el bien.

– No parece cerrada -dijo Gabriel echando un vistazo a la verja de entrada. No se puso frente a ella para no ser visto, pero desde el lateral pudo comprobar que solo una rudimentaria cerradura de pestillo parecía ser lo que mantenía la verja cerrada. Echó un vistazo al interior, pero la casa aún no era visible; quedaba oculta por la vegetación que adornaba el camino de entrada, suficientemente ancho para permitir el paso de un vehículo y que describía un recodo hacia la derecha. Adelantó la mano, la pasó por entre los barrotes, y retiró el pestillo con facilidad.

– ¡Ya está! -dijo en voz baja, sorprendido. Sin embargo, el oscuro camino le producía una extraña tensión en la base del estómago. -¿Demasiado fácil, dónde nos llevará ese camino, a la puerta principal?

Alba le devolvió la mirada, indecisa.

– No estoy seguro de que sea una buena idea -dijo, pensativo- aunque creo que es bueno que tengamos ya una entrada. ¿Sabes qué? Vamos a dar la vuelta a la casa primero, luego ya veremos. El muro es alto, y no nos verán.

Caminaron entonces en silencio pegados al alto muro de piedra que rodeaba todo el perímetro de la villa. No bien habían dado la vuelta al primer recodo, encontraron un coche volcado apoyado sobre el techo. Había ardido completamente y las llantas de las ruedas, impregnados de restos de goma, despuntaban como extraños derelictos metálicos. Las marcas de neumáticos en el asfalto se habían borrado hacía tiempo, pero todavía se veían los rasponazos de la carrocería contra la estrecha acera y el muro de la casa: laceraciones profundas y delgadas por la fricción del metal, y un rastro de piedras arrancadas del muro por obra del impacto.

Gabriel se acercó al lugar donde el coche había chocado antes de voltearse y volver a caer. Había dos grietas que recorrían la pared en zigzag hacia arriba, y en la parte inferior había un hueco. Era en verdad muy pequeño incluso para dos niños, pero empujando las piedras que sobresalían a ambos lados, no tardó en hacerlo un poco mayor.

– ¿Qué haces? -preguntó Alba, alarmada.

– Mira esto, ¡es perfecto!

– ¿Quieres que pasemos por ahí?

– Nadie esperará que entremos por aquí, ¡vamos!

Y pasó por el hueco, tumbándose en el suelo y pegando los brazos al cuerpo. En esa postura, y valiéndose de los pies para impulsarse, Alba pensó en un gusano de desproporcionadas dimensiones internándose en su madriguera; pero cuando su hermano hubo pasado ella lo siguió.

Estaban ahora en lo que parecía ser la parte trasera de un jardín, que a Alba le trajo recuerdos del Escondite por la cantidad de vegetación que les rodeaba. La Casa del Miedo se levantaba, majestuosa, a apenas veinte metros de donde estaban. Ahora que la tenía tan cerca reconoció sus formas angulosas, sus ventanas con rejas curvas y sinuosas, y sus paredes lisas de color tierra clara.

Un bufido áspero y sonoro les hizo darse la vuelta. Era Gulich asomando la cabeza por la abertura; el mastín era demasiado grande para pasar por el hueco.

– ¡Gulich! -exclamó Alba dejándose caer de rodillas para acariciarle. El perro le lamió la mano; su hocico era también frío y húmedo.

– No había pensado en Gulich -admitió Gabriel- pero quizá sea mejor así, ¿no crees?

– Pobrecito -dijo Alba.

Gabriel se acuclilló junto al perro.

– Gulich quédate aquí, ¿me entiendes? quédate aquí y espéranos. ¡Buen perro!

El mastín resopló de nuevo mirándoles con ojos de cordero; luego retiró la cabeza y no le escucharon más.

– Debemos de estar locos -dijo entonces Gabriel, volviéndose de nuevo en dirección a la casa-. ¿Qué haremos ahora?

– ¡Hay un sitio, Gaby! -dijo Alba y empezó a avanzar hacia la casa. Por un instante el muchacho levantó un brazo para detenerla, pero se contuvo casi al instante. Era allí donde iban, definitivamente, a pesar de las luces que indicaban muy a las claras, que había gente dentro.

El Hombre Malo.

Caminaron unos metros pegados a la pared, hasta que Alba le tiró de los faldones de la camisa. Cuando se giró para mirarla, ella había vuelto la cabeza hacia arriba.

– ¿Qué pasa? -musitó Gabriel.

– ¡Gaby! -dijo la pequeña- ¡creo que es esa ventana!

– ¡Vas a volverme loco! -exclamó Gabriel, mirando alrededor para asegurarse de que nadie les acechaba. -¿Quieres que subamos allí? ¡Es imposible!

– ¡No! Ahí es donde tienen a una chica.

Gabriel pestañeó varias veces, intentando decidir si estaba enfadado o perplejo.

– Alba ¡tienes que contarme las cosas! -dijo al fin- ¡no puedo con esto!

– Gaby -gimió Alba, agachando la cabeza- es que ahora es más difícil, ¡te lo dije! Las cosas que he visto no sabía si eran de antes o de después, no estaba segura.

Gabriel detectó la voz temblorosa, y su enfado pasó como una mala nube en mitad de un cielo despejado. Otra vez se le antojó muy pequeña, y probablemente tan asustada como él. Intentó imaginarse con ocho años y la cabeza llena de imágenes extrañas insufladas entre su línea normal de pensamientos, y concluyó que su hermana, probablemente, estaba pasando un verdadero calvario.

Se acercó a ella y le cogió las manos, chasqueando la lengua y recuperando el tono de voz calmo.

– A ver tonta, ¿qué chica?

– Una chica, el Hombre Malo se la llevó y la tienen ahí, Gaby.

– ¿En serio? Uf -miró hacia la ventana anónima y anodina, y de repente, titular de oscuros secretos. Le resultaba extraño estar a tan pocos metros e imaginar que al otro lado, pudiera haber alguien sufriendo.

– Podías habérmelo dicho antes, de todas maneras.

Alba asintió vigorosamente.

– Vale -dijo entonces Gabriel. -Pero dijiste que había un sitio.

– ¡Sí, es aquí mismo!

– ¿Eso también lo has visto?

– Sí. ¡Vamos!

Reanudaron el paso hasta que encontraron un tragaluz que quedaba a la altura del suelo. Tenía apenas unos ochenta centímetros de alto por algo más de un metro. El cristal estaba tan sucio y el interior tan oscuro, que les fue imposible ver el interior.

– ¿Por aquí? -susurró Gabriel.

Alba asintió con los ojos muy abiertos.

– No se puede abrir, ¡habrá que romper el cristal!

– ¿Sí? Bueno.

Gabriel examinó el vidrio.

– Hará ruido ¿seguro?

– S-sí -dijo Alba sin dejar de mirar el pequeño ventanuco. Sabía lo que encontrarían detrás, y de repente sintió un miedo tan tangible que parecía masajearle la parte trasera de la nuca.

Gabriel asintió, apoyó las manos contra la pared y propinó una patada al cristal haciendo que el vidrio saltara por los aires hacia dentro. El tintín fue breve, pero intenso. Esperó un poco como si temiera que unas voces graves dieran la voz de alarma en el interior, pero luego se agachó para examinar el ventanuco.

Había numerosos dientes afilados y angulosos, con extremos cortantes. Los quitó con cuidado dejándolos sobre la hierba, hasta despejar el camino. Sin embargo, quedaban todavía bastantes puntas cortantes adheridas a la masilla, de modo que el muchacho se quitó la camisa y la dobló sobre la parte inferior para que pudieran pasar.