– Uf -exclamó Alba, visiblemente conmocionada. Cuando Gabriel la cogió del brazo, pudo sentir que temblaba como lo haría una caña en un caudaloso río.
– ¿Estás bien? -preguntó el muchacho.
– Tengo miedo -reconoció.
– Yo también -dijo Gabriel, echando un vistazo a través del ventanuco. El humo se retiraba lentamente pero aún no se podía ver gran cosa.
– ¿Para qué hicimos eso?
– Porque -empezó a decir, pero la angustia se apoderó de ella y se quedó callada pasándose una mano temblorosa por la frente.
No es así como debería ser, se dijo Gabriel experimentando una súbita oleada de furia en su interior. Solo tiene ocho años, por el amor de Dios. No debería estar aquí, no deberíamos estar aquí. No tendría que tener visiones. Es Enero, y el mes que viene será la Semana Blanca y papá prometió que iríamos a Euro Disney con el dinero de aquel trabajo extra, y mamá dijo que compraría una cámara de fotos nueva, una digital, para hacer fotos de Mickey y el castillo de la Bella Durmiente; pero nada de eso pasará porque estamos en un sótano donde encierran a las chicas y acabamos de tirar una granada. Mamá nos castigaría un año entero si supiera que he tirado una granada.
– ¿Y Gulich? -preguntó Alba, inquieta.
– ¿Qué le pasa?
– La explosión, ¿y si le ha…?
Gabriel pestañeó unos instantes.
– Na, seguro que no -dijo. -Ya verás. Él estaba al otro lado del muro, por la parte de atrás, y éste da a un lateral.
– Bueno. Pero la chica -dijo la pequeña después-, está arriba.
Gabriel miró hacia las escaleras. En su parte más alta, la puerta, en apariencia cerrada parecía devolverles la mirada con indiferencia. Caminó hasta allí y ascendió por los escalones que crujieron amenazadoramente. Descubrió que las piernas le temblaban; la escena le traía recuerdos de la casa del Hombre Andrajoso. Sin embargo sacudió la cabeza para sacárselos, intentando concentrarse en una cosa cada vez. Ver si la puerta estaba cerrada con llave, eso era todo lo que tenía que hacer.
Y descubrió que estaba abierta: el pomo giró sin ofrecer resistencia. Con exquisito cuidado volvió a girarlo en sentido contrario y regresó junto a Alba que le esperaba todavía junto a las granadas.
– ¡Está abierta! -dijo.
Pero en ese momento escucharon un ruido fuerte, como el de un petardo. El sonido se propagó por el sótano, retumbante. Los niños dieron un respingo; parecía venir directamente del otro lado del ventanuco. Alba se acercó a su hermano y lo abrazó.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Gabriel, en voz baja. -Parecía… ¿podría ser un disparo?
Entonces hubo un par de disparos más, y Alba se apretó a él aún con más fuerza. Gabriel le levantó la cabeza para que lo mirara. Las lágrimas asomaban en sus ojos, y su boca estaba curvada por un puchero.
– Alba ¿viste algo de esto? -preguntó con un susurro.
Alba negó vigorosamente con la cabeza.
– Vale. Espera aquí, voy a mirar.
– ¡No! -pidió Alba.
– Solo voy a mirar por la ventana.
Gabriel se acercó con prudencia al ventanuco y lo vio inmediatamente, a pocos metros de donde él estaba. Era un hombre arrodillado en el suelo, con un fusil en las manos. Disparaba contra una brecha que se había abierto en el muro, por donde -ahora lo veía- intentaban cruzar los monstruos; pero le daba la espalda de manera que Gabriel retrocedió rápidamente hacia atrás con el temor de ser descubierto.
– Hay un hombre ahí -le dijo al oído, preso de la excitación-. Y la granada ha roto el muro ¡está disparando contra los monstruos!
– ¿Un hombre? -preguntó Alba, con los ojos iluminados.
– Sí.
– Pues, ¡vamos a ayudar a la chica, Gaby!
– Pero, ¿cómo?
– Si el Hombre Malo está fuera, nosotros podemos subir.
Gabriel tragó el exceso de saliva que se había formado en su boca. Se daba cuenta de que finalmente, había un motivo para la peripecia de la granada, como parecía haberlo para todo lo demás. De nuevo se sintió como una marioneta, un títere en manos de algún destino que se le escapaba y sintió miedo; un miedo que le agarraba el pecho como una garra invisible y tiraba de él como si colgara de una soga. Sin embargo, vio un atisbo de determinación en los ojos de su hermana y eso le infundió renovados ánimos.
– Bueno, de acuerdo -accedió Gabriel.
Abrieron la puerta y se encontraron en una especie de salón diáfano bajo unas escaleras que ascendían al piso de arriba. Una luz trémula y dorada hacía cimbrear las sombras en un lado de la habitación que no podían ver, pero ambos supieron que se trataba de una chimenea. En frente de ellos se encontraba la puerta principal, abierta de par en par. La luz de la luna, de un azul brillante, bañaba toda la entrada.
– ¡Arriba, Gaby! -dijo Alba, señalando las escaleras.
Subieron rápidamente sin hacer ruido, y descubrieron un largo pasillo sumido en penumbras, flanqueado por puertas. La única luz disponible llegaba de una ventana ubicada al final del corredor.
– ¿Dónde está la chica? -susurró Gabriel, pero Alba no lo sabía. El muchacho hizo un cálculo, basándose en lo que la pequeña le había dicho cuando estaban en el jardín. Ésa es la ventana, Gaby. Se orientó, y probó una de las puertas.
En el exterior se escucharon dos disparos más. Amortiguados por la estructura de la casa, sin embargo, sonaron más bien como las campanadas de un reloj apremiante que repiquetea un réquiem por los difuntos.
Isabel vagaba por las tinieblas de sus recuerdos cuando la puerta se abrió con un chasquido. Atada a la cama dio un respingo y cerró las piernas de forma instintiva, recorrida por un calambre de pánico. Levantó la cabeza, y lo que vio era con toda probabilidad, lo último que hubiera esperado ver en un lugar como aquel.
Eran dos niños. Él parecía mayor, quizá doce años, pero ella no tendría más de nueve. Parecían asustados y desaliñados, y sus ropas estaban manchadas como si acabasen de sobrevivir a un terremoto. Ella llevaba un chándal en cuya parte delantera había bordado un pequeño gatito, y tenía una expresión desconcertante, dulce y triste a un mismo tiempo. Se quedó mirándolos sin decir nada, intentando encontrar una explicación para lo que veía. Si se trataba de prisioneros como ella, no sabía si podría soportarlo; gritaría hasta morir antes que ver a una niña como aquella sufrir algún daño.
Sin embargo, no entró nadie más en la habitación tras ellos.
– Desátala, Gaby, desátala -dijo la pequeña.
Gabriel estaba confuso. La mujer estaba atada a la cama con los brazos extendidos por encima de su cabeza, pero su cuerpo estaba desnudo. A la luz de la luna éste parecía brillar con luz propia; tan blanco era. El pantalón colgaba de uno de sus pies como una complicada madeja de telas. Ella flexionó sus piernas en un vano intento de cubrirse, y él leyó su miedo en su rostro de hermosas facciones. La coleta colgaba a un lado, por encima del brazo.
– S-sí -dijo, y se acercó a ella, dubitativo. -Voy a desatarla -explicó, señalando la cuerda.
– ¿Quiénes sois? -preguntó Isabel, mientras Gabriel empezaba a trastear con los nudos.
– Yo me llamo Alba -dijo la niña, acercándose al pie de la cama. -Y mi hermano se llama Gaby.
– Gabriel -corrigió el muchacho.
– Pero, ¿de dónde habéis salido? -preguntó Isabel, todavía perpleja.
– ¡Hemos venido a salvarte! -anunció la niña, y cuando una sonrisa iluminó su rostro infantil Isabel no pudo más y rompió a llorar. Gabriel se detuvo, sin saber qué hacer. A salvarte. A salvarte. Quiso parar para no asustarlos, pero no pudo; las lágrimas caían como manantiales por sus mejillas escocidas, pero al mismo tiempo, sentía que con cada una de ellas se liberaba las miserias contenidas en su interior, como el agua de un río que arrastra la porquería acumulada en tiempos de sequía.