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¿Podría él ser el hombre? Este pensamiento la sorprendió aún más. ¿Cómo podía ella atreverse a pensar en elegir para casarse a un hombre que no conocía?

Michal había agarrado el botellón de cuero de Gabil y sacado el corcho del cuello.

Cuan absurdo que ella pensara en este hombre maltratado como algo más que alguien que necesitara con desesperación el agua y el amor de Elyon. Pero el pensamiento se le fortaleció en la mente. Ella se sintió irrevocablemente atraída, como la sangre al corazón. ¿Desde cuándo hombres y mujeres calificaban a quienes escogían? Todos los hombres eran buenos, todas las mujeres eran buenas, todos los matrimonios perfectos. ¿Por qué entonces no este hombre si tan de repente ella se sintió atraída por compasión hacia él? Él era el primero que había visto en tan desesperada necesidad del agua de Elyon.

Michal caminó hacia adelante bamboleándose. Inclinó el botellón.

– Espera -ordenó Rachelle levantando la mano.

– ¿Esperar?

Ella no estaba segura qué le había pasado, pero la emoción le haló fuertemente el corazón en una forma que nunca antes había sentido. Miró a Michal.

– ¿Está… crees que él esté marcado?

Los dos roushes intercambiaron otra mirada.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Michal.

La frente del hombre, la cual llevaría la marca de unión, se hallaba cubierta de sangre. De pronto Rachelle se desesperó por limpiar la sangre y ver si él llevaba el revelador círculo de dos centímetros y medio que señalaba su unión con otra mujer. O el medio círculo que significaba que estaba prometido. Pero ella vaciló; sangre derramada era la ruina de la creación de Elyon, y se debía evitar o restaurar de inmediato.

– Por favor, no puedes estar pensando seriamente… -objetó Michal mientras bajaba la bolsa de agua.

– ¡Es una idea maravillosa! -exclamó Gabil, brincando de arriba abajo-. Maravillosamente romántica.

– ¿Por qué no? -le preguntó Rachelle a Michal.

– ¡Ni siquiera lo conoces!

– ¿Desde cuándo eso ha sido concluyente para alguna mujer? ¿Ejerce Elyon tal discriminación? Además, yo lo encontré.

– Lo que estás sintiendo es empatía, con seguridad no…

– No seas tan rápido para decidir lo que estoy sintiendo -le interrumpió Rachelle-. Te estoy afirmando que tengo un fuerte sentimiento por este hombre. La pobre alma ha estado pasando la más horrible prueba imaginable.

– Pero no es la peor imaginable -cuestionó Michal-. Créeme.

– Pero eso no es lo importante. Lo importante es que siento una atracción muy fuerte por este hombre, y creo que tengo la intención de escogerlo. ¿Es eso tan irrazonable?

– No, no creo que sea irrazonable del todo -anunció el roush más pequeño-. ¡Es muy, muy, pero muy romántico! No seas tan cauteloso, Michal, ¡es una idea extraordinaria!

– No tengo idea si está marcado -advirtió Michal, no obstante parecía haberse suavizado.

Rachelle tenía veintiún años, y nunca antes había sentido un deseo tan fuerte de escoger un hombre. La mayoría de mujeres de su edad ya habían elegido y sido escogidas. Ella sin duda era elegible. Y en realidad no importaba a quién eligiera sino que eligiera. Esa era la costumbre.

Ella arrancó un puñado de hierba y lo llevó hasta la frente del hombre. Limpió la sangre, cuidando de no tener ningún contacto con la sangre.

¡Ninguna marca!

El corazón le palpitó con fuerza. La costumbre era rara pero clara. Cualquier mujer elegible que trajera sanidad a un hombre elegible le mostraba su invitación. Ella lo estaba escogiendo. El hombre entonces le aceptaría la invitación y la elegiría persiguiéndola.

– No hay marca -anunció Rachelle, parándose lentamente.

– Es perfecto, ¡perfecto! -exclamó Gabil, dando brincos.

– Parece muy insólito, sin siquiera saber de qué aldea viene -comentó Michal, mirando primero a Rachelle y luego al hombre-. Pero supongo que tienes razón. Es tu decisión. ¿Te gustaría traerle sanidad?

Los huesos de ella temblaron. Parecía muy osado. Muy audaz. Pero al mirar al hombre, ella supo que hasta hoy no había tomado su decisión porque era más audaz que la mayoría. ¿Era él un hombre bueno? Por supuesto. Todos los hombres eran buenos. ¿La perseguiría él? ¿Qué hombre no tendría amores con una mujer que lo hubiera invitado? ¿Y qué mujer no tendría amores con un hombre que la hubiera escogido? Esa era la naturaleza del Gran Romance. Todos lo sabían. Estupendamente.

En esta situación de lo más extraordinaria y atrevida, Rachelle estaba lista para escoger a este hombre. De repente ella estaba más lista para elegir a este hombre y ser elegida por él de lo que podría expresar cualquier roush, incluso los más sabios, como Michal. ¿Cómo podrían ellos entender? No eran humanos.

– Me gustaría -contestó Rachelle-. Sí, lo haría.

Ella alargó una mano temblorosa hacia la bolsa.

– Dame el agua -pidió.

– ¿Estás segura? -preguntó Michal con una sonrisa en los labios y una ceja arqueada.

– Dame la bolsa. ¡Estoy muy segura!

– Aquí la tienes -contestó él pasándole el agua.

Rachelle agarró la alforja. Impulsivamente se llevó la bolsa a los labios y sorbió la dulce agua verde. Una oleada de poder le recorrió el vientre y la hizo estremecer.

– Bien, vamos, Gabil -expresó Michal-. Gíralo.

Gabil dejó de brincar de un lado a otro, agarró el brazo del hombre, y lo hizo rodar sobre su espalda.

– Oh querido -pronunció-. Sí señor. Él está mal, ¿no es así? Sí señor. Oh, que Elyon tenga misericordia de este pobre ser.

El brazo roto del hombre yacía ahora doblado sobre sí mismo.

La emoción que la había forzado envolvió a Rachelle. Le costaba esperar otro segundo para traerle sanidad a este hombre. Cayó de rodillas, inclinó la bolsa sobre el rostro de él, y dejó que la clara agua verde le corriera por los labios. El agua pareció brillar un poco y luego se extendió sobre el rostro del hombre, como buscando la clase correcta de sanidad para esta carne. Al instante las inflamaciones rojas en la carne empezaron a desvanecerse y a armonizar con la piel rosada. La piel se le tensó. Del rostro surgieron formas de una nariz, labios y párpados.

Rachelle vertió ahora el agua sobre el resto del cuerpo del hombre, y tan rápidamente como el agua se extendía sobre su piel, la sangre se desvanecía, la rojez desaparecía, y los cortes se rellenaban de carne nueva. Los moretones debajo de la piel perdieron su color morado. De pronto el antebrazo fracturado del hombre se zarandeó de donde se hallaba y comenzó a enderezarse. Gabil lanzó un aullido y dio un paso atrás por el apéndice que se agitaba. El brazo se restableció de súbito con un fuerte estallido.

Rachelle miró al hombre transformado frente a ella, asombrada de la belleza de él. Piel dorada, rostro firme, músculos tensos, venas brotadas en sus brazos. El agua de Elyon lo había sanado por completo.

Ella acababa de escoger a este hombre como su compañero, ¿no es así? El pensamiento casi era más de lo que podía comprender. ¡Acababa de escoger realmente a un hombre! Aún faltaba que él la escogiera, naturalmente, pero…

El hombre aspiró una tremenda bocanada. Gabil profirió un corto grito, que inquietó a Rachelle aún más que el repentino movimiento del hombre. Ella se echó hacia atrás y se paró de un salto.

Los ojos del hombre parpadearon hasta abrirse.

***

LA BRILLANTE LUZ se filtró dentro de los ojos de Tom, y lentamente volvió en sí. Su mente luchó por orientarse. Por encima un cielo azul. Brillante follaje verde titilaba en la brisa. Este no era Denver.

Después de todo, no se hallaba tendido en el sofá luego de consumir Demerol. Todo en Denver había sido un sueño. Gracias a Dios. Lo cual significaba…