– No. Sólo sigo las indicaciones del empleado. Esto es… espeluznante-Bien dicho.
El complejo surgió del delta como un espectro en la noche. La selva se despejaba directamente al frente. Había una entrada. Dos o tres guardias. Césped arreglado. Y un enorme edificio blanco que se extendía a través de varias hectáreas. Detrás del edificio la selva recuperaba el terreno.
– ¿Es aquí? -averiguó Tom deteniendo el auto a menos de cien metros del portón de entrada.
– Farmacéutica Raison -informó ella asintiendo con la cabeza al ver un letrero a la izquierda que él no había visto.
Tom abrió su puerta, bajó un pie, y salió. La selva chillaba a su alrededor. Mil millones de chicharras que lanzaban a gritos sus advertencias. La humedad dificultaba la respiración.
Entró de nuevo, cerró la puerta, y volvió a poner el auto en movimiento. Se acercaron sin hablar al portón.
– Bueno -comentó Tom; un guardia vestido en uniforme gris completo con pistola brillante vino hacia ellos-. ¿Por qué estás tan callada?
– ¿Qué se supone que deba decir: «Regresemos, esto para mí no es correcto. Por favor, no hagas nada estúpido»?
– Por favor, se trata de mí -recriminó él, bajando la ventanilla.
– Exactamente.
– ¿Qué se les ofrece? -inquirió el guardia mirando la placa y dando un paso adelante.
– Estamos aquí para ver a Monique de Raison. O a Jacques de Raison. Es muy importante verlos.
– No tengo visitas programadas -informó el hombre revisando su tablilla con sujetapapeles-. ¿Cuál es su nombre?
– Thomas Hunter.
El guardia hojeó una página y bajó la tablilla.
– ¿Tiene cita?
– Por supuesto que la tenemos -terció Kara inclinándose hacia delante-. Acabamos de llegar de Estados Unidos. Los Centros para el Control de Enfermedades. Revise otra vez; tenemos que estar ahí.
– ¿Y su nombre?
– Kara Hunter.
Tampoco la tengo en mi lista. Esta es una instalación con seguridad. 0 entra nadie sin un nombre en la lista.
– No hay problema -asintió Tom pacientemente-. Simplemente llámelos. Dígales que Thomas Hunter de los CDC está aquí. Es absolutamente imperativo que vea a Monique de Raison. Hoy. No volamos desde Atlanta hasta aquí para nada. Estoy seguro de que usted entiende.
Esto último lo dijo forzando una sonrisa.
El hombre titubeó, luego caminó hasta la caseta.
– ¿Y si no nos deja entrar? -indagó Tom.
– Yo sabía que esto podría suceder.
– Quizá seríamos más convincentes en un Mercedes.
– Aquí viene tu respuesta.
El guardia se acercó.
– No tenemos registro de una visita hoy día. Mañana habría un evento en el Sheraton Grande Sukhumvit. Ustedes podrían verla entonces.
– No creo que usted comprenda. Necesito verla hoy, no mañana. Es crítico, amigo. ¿Me oye? ¡Crítico!
El hombre titubeó, y Tom pensó por un instante que había hecho la impresión correcta. Él levantó una radio y habló en voz baja. La puerta de la guardianía se abrió y se acercó un segundo guardia. Más pequeño que el otro, pero tenía las mangas arremangadas sobre músculos sobresalientes. Lentes oscuros. De los que les encantaban las camisetas estadounidenses con Sylvester Stallone Rambo impresas en el pecho.
– Váyanse por favor -ordenó el primer guardia.
Tom lo miró. Luego al otro, quien se detuvo ante el capó. Subió la ventanilla.
– ¿Alguna sugerencia?
Kara se estaba mordiendo una de sus uñas. Pero no exigió que se retiraran.
El guardia delante del capó señaló que dieran vuelta al vehículo.
– ¿Cuán importante es que detengamos este anuncio de ellos? -inquirió Kara.
– Depende de si crees que podemos cambiar realmente la historia.
– Ya superamos eso -afirmó ella-. La respuesta es sí. Enfócate, ¿recuerdas? Esto es real. Por eso estamos aquí.
– Entonces depende de que si detenemos el anuncio cambiará la historia-
El guardia estaba empezando a animarse un poco. Tom estiró la mano y apagó el auto.
– Depende de que ellos planeen de verdad enviar la vacuna mañana -concluyó Tom.
– ¿Podemos suponer algo más? Este no es un juego que podamos llevar a cabo si perdemos de entrada.
Un puño golpeó la ventanilla. Ahora los dos guardias se movían vigorosamente. El de músculos sobresalientes puso la mano en la funda del revólver.
– Ellos no matarían a un estadounidense, ¿o sí? -cuestionó Tom.
– No lo sé, pero creo que esto se está saliendo de las manos, Thomas. Debemos irnos.
Tom lanzó un gruñido y le dio un manotazo al volante. Tal vez eran impotentes para cambiar la historia. Quizá eran los dos mártires que habían tratado de cambiar la historia pero resultaron abatidos a tiros en los portones de Farmacéutica Raison. O es posible que cambiar la historia requiriera medidas extraordinarias.
– Thomas…
Los guardias estaban ahora golpeando el capó.
– Espera.
El quitó el seguro, abrió la puerta, y se bajó del auto. Ambos guardias sacaron las pistolas.
– Vaya -exclamó Tom, levantando las manos-. Tranquilos. Sólo quiero hablar. Sólo una cosa, lo prometo. Soy funcionario comercial del gobierno de Estados Unidos. Créanme, no tienen que lastimarme.
– ¡Vuelva a entrar en el auto, señor!
– Voy a entrar, pero primero quiero decir algo. Los Centros para el Control de Enfermedades acaban de enterarse que la vacuna que esta compañía está planeando anunciar mañana tiene un defecto mortal. Muta bajo calor extremo y se convierte en un virus que creemos que podría tener repercusiones de gran alcance.
Caminó hacia el guardia bajito con grandes músculos.
– ¡Usted tiene que escucharme! -le habló fuerte y lentamente-. Esta aquí para detener un desastre. Ustedes dos, Fong y Wong, quedarán como los dos imbéciles que no escucharon cuando los estadounidenses vinieron a advertir a Monique de Raison. ¡Usted tendrá que decirle esto a ella!
Los dos guardias retrocedieron, pistolas en mano, resueltos pero a |as claras agarrados desprevenidos por la audacia de Tom. Curiosamente, él n0 estaba tan asustado por las pistolas. Es cierto, ellos tenían el estómago hecho un nudo, pero él no estaba temblando de miedo. Toda la escena le recordó la lección en la colina que le habían dado Tanis y Palus. Derrotar a cien shataikis con unas pocas patadas bien asentadas.
El miró de un guardia al otro y contuvo un fuerte impulso de intentar la patada que había aprendido de Tanis: la de doble repliegue que al principio le pareció imposible. También podía hacerla. Ellos estaban perfectamente colocados. La boca se le hizo agua. Él supo que podía lograrlo. Así de simple: uno, ¡zas! Dos, ¡zas! Exactamente como Tanis le había enseñado. Antes de que pudieran reaccionar.
Desde luego que esto era absurdo. ¿Y si, solamente si, ese hubiera sido sólo un sueño? Estaría haciendo volteretas en su mente, pero en la realidad cayendo de bruces sobre el asfalto.
– ¿Me oyen? -preguntó-. Tengo que hablar con alguien.
Ellos se mantuvieron firmes, agachados, listos para cualquier cosa.
– ¿Les gusta Jet Li, muchachos?
– ¡Atrás! -gritó el de bíceps inflados-. ¡Atrás, atrás!
– ¡Escúcheme! -gritó a su vez Tom con un repentino ataque de frustración.
– Atrás, atrás, ¡atrás o disparo! -chilló Bíceps. Tom le guiñó un ojo al tipo. ¿Y qué diría Tanis a eso?
– Está bien. Tranquilo -expresó, dando media vuelta para subir al auto.
Perfecto.
Exactamente ahora, en este mismo instante, la situación era perfecta para esa patada particular. Si disparaban, se habrían dado entre sí. Si ¿\ sólo…
Tom colocó la mano izquierda en el capó, hizo una tijereta en el aire-¡Zas!, pistola. ¡Zas!, cabeza. Siguió el movimiento con el impulso, pirueta. Ese fue uno. El otro miró con ojos abiertos de par en par. Una pistola tronó. Falló.