Rachelle se detuvo al alcance del brazo. Lo miró a los ojos.
– Creo que fue un juego maravilloso. Eres un hombre misterioso. Me gusta eso. Quizá más tarde podamos continuarlo. Adiós, Thomas Hunter.
Ella dio media vuelta y se alejó.
¿Sólo así? Ella no se podía alejar sencillamente así, no ahora.
– ¡Espera! -exclamó él, y corrió hacia ella-. ¿Adónde vas?
– A la aldea.
El interés de ella pareció haberse evaporado. Quizá este asunto de escoger y cortejar era más complicado de lo que él creía.
– ¿Puedo ir contigo?
– Claro. Tal vez en el camino pueda ayudarte a recordar algunas cosas.
Sin duda es necesario presionar un poco tu memoria.
Antes de que él pudiera responder a esa clara presión, una enorme bestia blanca salió de los árboles en dirección a ellos. Un tigre, blanco puro con los verdes. Tom se detuvo bruscamente.
Rachelle lo miró, luego miró al tigre.
Ese, por ejemplo, es un tigre blanco.
Un tigre. Recuerdo eso.
– Bueno.
Ella caminó hasta donde el animal, lo abrazó por el cuello y le alborotó las orejas. El tigre le lamió la mejilla con una lengua larga, y ella le acarició nariz. Pareció haberlo domado en el transcurso de un rato. Luego ella insistió en que él se acercara y rascara el cuello del tigre con ella. Sería fácil para él recordar si engranara activamente el mundo.
Tom no estaba seguro de cómo interpretar los comentarios de Rachelle quien los hacía con una sonrisa y con aparente sinceridad, pero él no podía dejar de pensar que ella lo estaba apremiando o censurando por la forma mediocre de él de enamorarla.
O ella podría estar esforzándose por lograrlo. ¿Sería eso parte del Gran Romance?
Por otro lado, ella quizá ya había decidido que él no era del todo lo que ella había esperado. Quizá el juego había concluido. ¿Se podría cancelar una elección, una vez que se hubiera escogido?
Caminaron juntos unos cuantos pasos con el tigre a la zaga. Rachelle arrancó una fruta amarilla de un arbolito lleno de hojas.
– ¿Qué es esto? -preguntó ella.
– Yo… no sé.
– Un limón.
– Un limón, sí, desde luego. Eso también lo recuerdo.
– ¿Y qué pasa si pones jugo de este limón en una cortada?
– ¿Sana?
– Muy bien -contestó Rachelle haciendo una reverencia; siguieron caminando y ella recogió de un árbol bajito con ramas anchas una fruta morada del tamaño de una cereza-. ¿Y esta?
– No creo conocerla.
– Trata de recordar -lo retó ella girando alrededor de él sosteniendo en alto la fruta-. Te daré una pista. Su pulpa es acida. A nadie le gusta mucho.
– No. No me suena -contestó él sonriendo y negando con la cabeza.
– Si la comes -dijo ella, imitando un pequeño mordisco con una dentadura perfectamente blanca-, tu mente reacciona.
– No, no. Aún nada.
– Rambután -informó ella-. Te pone a dormir. Ni siquiera sueñas.
Ella tiró atrás la fruta, hacia el tigre, pero la bestia no le hizo caso.
Habían llegado a la orilla del bosque. La aldea se asentaba pacíficamente en el valle, resplandeciendo con las brillantes casas coloridas destacándose de manera concéntrica hacia el gran Thrall.
Eres aún más misterioso y maravilloso de lo que me imaginé cuando le conocí -expresó Rachelle observando la colina hacia abajo y sin mirarlo.
– ¿Lo soy?
– Lo eres.
Él debería responder algo amable, pero no le salieron las palabras.
– Tal vez quieras trabajar en tu memoria, por supuesto -enunció ella.
– La verdad es que mi memoria funciona bien en algunas áreas.
– ¡No me digas! -exclamó ella, mirándolo-. ¿Qué áreas son esas?
– En mis sueños. Estoy teniendo sueños vividos que vivo en las historias. Y allí recuerdo todo. Es casi tan real como este lugar.
– ¿Y recuerdas cómo tener amores en ese lugar? -preguntó ella escudriñándole los ojos.
– ¿Amores? Bueno, no tengo novia ni algo así, si eso es lo que quieres decir, no. Pero quizá si sé algunas cosas -explicó, recordando el consejo de Kara sobre el romance; ahora sería un buen momento para sacar a relucir el cociente de cortejo-. Pero nada como esto. Nada tan maravilloso y hermoso como tú. Nadie que atraiga mi corazón de forma tan completa con un simple toque o una sonrisa al pasar.
– ¡Caramba! Estás recordando -expresó ella esbozando una débil sonrisa-. Podrías soñar todo lo que quieras, cariño.
– Sólo si puedo soñar respecto de ti -contestó él.
– Adiós, Thomas Hunter -manifestó ella, levantándose y tocándole la barbilla-. Hasta pronto.
– Adiós -contestó él, tragando saliva.
Entonces ella bajó por la colina.
Tom se volvió de la cima para no ser visible desde el valle. Lo que menos Quería en este instante era que Tanis o Palus vinieran volando a pedir un informe.
Él sabía que no estaría soñando con Rachelle, a pesar de su sentir. Estará soñando con Bangkok, donde se esperaba que revelara alguna información crítica sobre la variedad Raison.
Se detuvo ante un enorme árbol verde y miró al oriente. El bosque negro estaba como a una hora de camino. Allí podrían estar las respuestas a una docena de preguntas. Preguntas acerca de lo que le había sucedido en el bosque negro. De dónele había venido él. Preguntas respecto de las historias La variedad Raison.
¿Y si iba? Sólo una rápida visita, para satisfacerse. Quizá los demás ni siquiera se enterarían de su desaparición. Tal vez Michal. Pero Tom no podía continuar con estos sueños imposibles, o sin saber exactamente cómo había venido en primer lugar a parar al bosque negro. De un modo u otro, él debía saber con precisión qué le había ocurrido, qué le estaba ocurriendo. Sólo en el bosque negro encontraría esas respuestas, así como Tanis sólo encontraría satisfacción en una expedición allá.
Pero no ahora.
Se inclinó en el verde tronco y cruzó los brazos. Sus piernas tenían una sensación gomosa, como fideos. No se había dado cuenta de que tener amoríos requería tanta energía.
17
POR SUPUESTO que ella me gusta -indicó Tom. Había dormido la mitad de la noche, pero se sentía como si estuviera aquí sobre nubes.
Kara lo miró al otro lado de la mesa de hierro forjado.
– Creo a ciencia cierta querido hermano que esa hermosa cabeza se está engañando. Que yo sepa, hacer un guiño significa «vete a pasear».
Estaban sentados en la cafetería al lado del recinto donde Farmacéutica Raison haría su gran anuncio tan pronto como llegara el séquito. El patio principal estaba abarrotado con docenas de periodistas y funcionarios locales en espera de esta memorable ocasión. Se pensaría que estaban recibiendo al presidente. Cualquier cosa era una excusa en el sudeste asiático para una ceremonia. A Tom le sorprendió que no tuvieran una cinta para cortar. Cualquier excusa para cortar una cinta.
Él examinó la multitud por centésima vez, volviendo a considerar sus opciones. Comunicarse con Monique de Raison no debería ser problema. Convencerla de que ordene pruebas adicionales de la droga tampoco parecía irrazonable. El verdadero reto sería el momento. Comunicarse con Monique antes del anuncio de ser posible; convencerla de hacer más pruebas antes de distribuirla.
– Tengo un mal presagio de esto -confesó Tom; se sentía como una suela gastada de cuero. Le dolían los ojos y le vibraban las sienes.